GRECIA, Atenas.-A  diferencia de la mayoría de las capitales europeas, es inútil buscar en Atenas la existencia de amplios boulevards idóneos para el paseo y realización de grandes desfiles, espaciosas plazas para la celebración de ceremonias o manifestaciones, así como de ornamentales espacios comunitarios de utilidad diversa.

Plazas como Omonia, Syntagma, Klafthmonos y Kolokotroni y avenidas como Leoforos Vasilissis Sofías, Alexandras, Amalias y Venizelou, no pueden bajo ninguna circunstancia aspirar a la categoría de espectaculares, pensando que la ausencia de lugares abiertos de una cierta majestuosidad, es consecuencia de aquellos que saben –como los griegos- que todo verdor perecerá, todo esplendor declinará.

Aunque el downtown –centro no geográfico de la ciudad – es el sitio donde acostumbro alojarme y satisfacer el estómago, en numerosas ocasiones he visitado los barrios céntricos y del extrarradio, recordando a gusto Kolonaki, considerado uno de los más elegantes, Kifissia de arboladas calles, y desde luego el más típico y concurrido: Plaka  Este último situado al pie del Acrópolis merece el calificativo de original, no por el hecho de ser único, sino más bien, por la imposibilidad de ser imitado, caracterizado por callejuelas empinadas –la calle Diogenous debe visitarse -, iglesias bizantinas, orquestinas de buzuki, casas con balcones de madera, en definitiva, el color local ateniense.

En las noches primaverales, estivales y otoñales, las mesas de los restaurantes de Plaka y los escabeles de las barras son disputadas como en un show de Sinatra o una gala en un famoso café-concert de París, y en la multitud que por allí se pasea hasta altas horas de la madrugada, muchas celebridades mundiales vagan de incógnito.

Junto al malecón de éste y por espacio de más de un kilómetro, se alínean uno junto a otro decenas de restaurantes con especialidades en pescado, y durante el recorrido el paseante es constantemente abordado por los mozos para que entre a degustar los platos

Plaka es en verdad único y en sus mesones, tascas, tabernas, plazoletas, boites y clubes allí existentes, es posible encontrarse con una escritora malgache, un contrabandista malayo, una prostituta etíope, un gigoló armenio, una azafata croata, un ganadero argentino, una astróloga letona o un ciego boliviano.

En medio del área metropolitana hay una colina –mucho más alta que el Acrópolis – en forma de cono llamada Lykavitus, a la que se accede por una vía en espiral de abruptas curvas, siendo luego necesario hacer uso de una escalera de muchos peldaños en zigzag para finalmente llegar a la cúspide.

En la cima encontramos una pequeña capilla bajo la advocación de San Jorge pudiendo el viajero desde sus alrededores contemplar durante las noches una magnífica vista panorámica que abarca los más lejanos suburbios de la ciudad, disfrutando a la vez de una buena temperatura y una refrescante brisa.

Entre El Pireo y Atenas no existen en la actualidad espacios libres de edificaciones y calles, y a este puerto podemos llegar sin dificultad desde el Centro mediante el tren metropolitano; desde que arribamos al mismo nos arropa una multitud que invade sus calles y muelles de embarque.

La iglesia de la Santísima Trinidad – Agía Tría – es a mi juicio su principal atracción inmobiliaria, frente a la cual hay un parque que fuera huérfano de todo encanto si no tuviera sobre un pedestal la pequeña estatua de un hombre desnudo, con la insólita peculiaridad de mostrar su miembro en estado de franca erección.

Es una delicia internarse sin plan por las calles de este viejo puerto ya conocido desde la época clásica, pasar horas muertas en sus mercados y en particular en sus añosas tabernas en compañía de parlanchines parroquianos, observándose detrás del mostrador fotos de familia del propietario, y en las paredes, candorosas marinas.

Si descendemos en la estación de trenes anterior al Pireo denominada Fáliro, tenemos la oportunidad de conocer el moderno e impresionante Estadio de la Paz y la Amistad, y si continuamos hacia el mar llegamos a Microlímano o Turcolímano, nombre actual del antiguo puerto llamado Munikia.

Junto al malecón de éste y por espacio de más de un kilómetro, se alínean uno junto a otro decenas de restaurantes con especialidades en pescado, y durante el recorrido el paseante es constantemente abordado por los mozos para que entre a degustar los platos que ofrecen.

Es una experiencia inolvidable un paseo nocturno por aquí.   En obediencia a mi costumbre he visitado varias veces el gran cementerio de las proximidades del Stadio, que es en realidad una ciudadela de mármol, sombras y hojarasca, con abundantes templetes griegos y graciosas esculturas, que convierten en una grata caminata su visita a comienzos de la mañana o final de la tarde.

Llama la atención la colocación de fotografías fijas en la lápida sepulcral, lamentándose el viandante de que muchas personas tan bien parecidas hayan dejado el mundo de los vivos, y de que el crecimiento de las raíces haya provocado la deformación de algunas sepulturas de finísimo mármol y elegante factura.

En este blanco y silencioso reino de la muerte, me he entregado a largas reflexiones en torno a la finalidad de la vida, y al abandonarlo me invade por lo general el mismo pensamiento: jamás envidiarán los vivos la suerte de los muertos, pero éstos últimos ya tienen resuelto el problema que más atormenta a los vivos: la muerte.