ATENAS, Grecia.-Contrariamente a sus hermanos cronológicos  – el  presente y el futuro- el pasado siempre ha tenido, según ahora se dice, muy mala prensa, siendo considerado por la generalidad de los mortales como un tiempo del cual no hay necesidad de preocuparse, porque lo importante es lo que está sucediendo o sucederá.

Expresiones cargadas de altas dosis de rechazo y desestimación, son empleadas habitualmente por la población para referirse al mismo, recordando por el momento las siguientes: “eso es cosa del pasado”, “borrón y cuenta nueva”, “lo que pasó, pasó”, “olvídate de lo ocurrido”, y otras de idéntica significación.

Dentro del unánime concierto de juicios desvalorizantes concernientes al pretérito, adquiere perfiles de una contradicción lo dicho por el español Jorge Manrique cuando en sus célebres coplas escritas antes del descubrimiento de América aseguró con vehemencia que "cualquier tiempo pasado fue mejor".

Aunque lo de mejor o peor dependerá de la historia personal de cada individuo o del destino final de una cultura o civilización, lo cierto es que el pasado es el único tiempo que tiene su propia identidad, el único al que uno puede referirse con absoluta seguridad.

Si nos entregamos en brazos de la reflexión descubrimos, que el presente está constantemente dejando de serlo, o sea transformándose en pasado, en tanto que el porvenir carece de existencia, de referencia, razón por lo que muchos filósofos estiman que solo el pasado tiene realidad.  Estas especulaciones relativas al tiempo y su devenir, me son sugeridas al tomar la determinación de escribir sobre la capital de Grecia, cuya atracción principal, a diferencia de las ciudades norteamericanas y similar al de Roma, Jerusalén, Machu Picchu  y Alejandría, es precisamente su pasado.

Los trompeteros de la actualidad y del mañana que con frecuencia les restan valor al ayer, tienen forzosamente que aceptar que el mayor encanto de las urbes antes mencionadas y de otras ampliamente conocidas, reside a lo en ellas acontecido durante remotas épocas de su historia.

Lo acaecido en Atenas en los Siglos V y IV antes de Cristo fue tan asombroso y maravilloso, que cualesquiera que sean las sorpresas reservadas por el porvenir, quienes hacia ella se desplacen en plan de paseo lo harán atraído por las ruinas y despojos de su antiguo esplendor.

El modelo democrático concebido en ella y el intenso florecimiento cultural y artístico que sentaron las bases del teatro, la filosofía, la escultura y la arquitectura, o sea, de las bellas artes en general, representan los valores que invitan a las multitudes rendirse a sus añejas seducciones.

Es por consiguiente lo antiguo y no lo moderno la causa de la fascinación que despierta en todo el mundo la capital de Atica, y fue lógicamente el motivo que me hizo viajar por vez primera a esta metrópoli en los años setenta del Siglo XX, e hicieron reiterativa su periódica visita.

Lo acaecido en Atenas en los Siglos V y IV antes de Cristo fue tan asombroso y maravilloso, que cualesquiera que sean las sorpresas reservadas por el porvenir, quienes hacia ella se desplacen en plan de paseo lo harán atraído por las ruinas y despojos de su antiguo esplendor

Existen varias maneras de ir a Grecia entre las que podemos citar la vía automotríz, férrea, marítima y aérea, constituyendo esta última – con cielo despejado claro está – la más interesante para hacerse una idea de su singular configuración, de su insólita conformación.  Siempre que ingreso en el espacio aéreo griego observo lo mismo: debajo, la corteza sólida del globo terrestre parece recién acabada de emerger mediante la acción de colosales fuerzas plutónicas  y gigantescas convulsiones neptúnicas, ofreciendo el aspecto de un catastrófico evento telúrico.

Un interminable rosario de islas, isletas y cayos; un inacabable número de escotaduras formando caletas, radas, bahías y golfos, y sobre todo, una inagotable cantidad de montañas, montes y colinas totalmente desnudas, desprovistas de vegetación.

Por esto la cartografía griega recuerda la radiografía de una gigantesca mano o pie deformados. Este extraño panorama de apariencia cósmica o fin de mundo, le da la bienvenida a los que llegan por avión a la sede de una de las más grandes civilizaciones que han existido en la historia de la humanidad, de la cual aún somos, no solo herederos, sino también, morosos deudores.

Para mi gusto hubiese preferido, que una verde cobertura como la de los campos de Escocia con azuladas montañas como las de Jamaica, hubiesen representado el geológico comité de recibimiento, en lugar de la inhóspita aridez y escarpada topografía avistada desde la ventanilla de la aeronave.

De acuerdo a las obras consultadas al respecto, esta indigencia vegetal en el Atica y la mayor parte del Peloponeso, no es el resultado de una contínua deforestación sino el escenario original que sirvió de marco natural a los acontecimientos históricos y mitológicos conocidos.

Quienes pregonan que la sequedad y aspereza del ambiente influyen negativamente en el temperamento de los que en el residen, son desmentidos al llegar a la terminal aeroportuaria de Atenas, que por su agitación y algarabía parece pertenecer a la de un pueblo con abundantes humedales y copiosa vegetación.   De inmediato el extranjero se apercibe de la vitalidad y hospitalidad que distingue a los helenos en general, de su mediterránea locuacidad y expansividad y también, de que el físico de Irene Pappas y Giorgios Seferis en sus años primaverales, no son nada excepcionales en la población.

Parakaló, parakaló – palabra griega que significa por favor – es un vocablo que se escucha por doquier, y desde un principio este idioma me pareció familiar, pues aunque no lo hablo, su fonética me recordaba a cada instante el español por tener este en su vocabulario muchas raíces griegas.

En mis primeros viajes acostumbraba tomar un taxi para ir hasta la ciudad, pero luego hice uso del moderno autobús – el 91 creo – que por menos de dos dólares conduce a la céntrica plaza de Omonia, en cuyas vecindades me alojo en hoteles de tres, dos, una y hasta de media estrella según las circunstancias.

Al igual que con la plaza de la Concordia la primera vez que estuve en París, mi mayor deseo al debutar en la capital griega era conocer su Acrópolis, término que como supe luego designa el sitio más alto y fortificado de las ciudades antiguas, o sea, que pueden haber acrópolis en Corinto, Esparta o Tebas.

El más célebre desde luego es el ateniense avistado con facilidad desde diversos puntos de la urbe, al que se puede acceder a pie o en vehículos, disfrutando en sus proximidades de una estupenda perspectiva, no sólo del área metropolitana, sino de El Pireo y el golfo Salónico con sus islas.