SANTO DOMINGO, República Dominicana.- A la sombra de uno de los arboles que rodea la Basílica Catedral Metropolitana Santa María de la Encarnación Primada de América, se encuentra uno de los personajes anónimos de la Ciudad Colonial.
Vestido con un overall caqui, con cicatrices coloridas como prueba de su labor y camisa azul, con peces como rayas: amarillos, azules y purpuras, Alejandro Alsina sonríe al escuchar las preguntas y hablar sobre su trabajo, que lleva desarrollando en las cercanías del Parque Colón desde los 19 años.
El “Van Gogh” dominicano, lo llaman y a ese nombre responde sin dudar.
“Tengo mucho tiempo pintando aquí. Estuve en la escuela, también, pero no terminé, seguí solo trabajando. Me desenvolví mucho en el dibujo y de ahí comprendí que podía seguir solo. Hasta el momento me defiendo pintando. Tengo mi habilidad”, asegura, dirigiendo la mirada hacia los turistas que se acercan frente a él.
Vive, según dice, de lo que “pica” de la venta de sus cuadros, los cuales pueden costar entre cinco y 10 mil pesos, valor que él coloca a quienes estén interesados en adquirir sus obras, aunque asegura, el “arte no tiene precio”.
“A veces no hay nada, pero de vez en cuando se pica algo. Hay cuadros de dos mil, tres mil, cinco mil, 10 mil… El arte no tiene precio, es de acuerdo a lo que uno realiza. La pintura que uno realiza: ese es el valor que tiene el arte”.
Los collares de cuencas permanecen imperturbables en su cuello. Su cabello rubio y largo, enmarañado y su barba incipiente, van dando paso a las canas, que junto a sus arrugas en sus mejillas y su frente, sirven como evidencia innegable de su edad.
Diariamente, se desplaza desde San Isidro, en Santo Domingo Este hacia “La Zona”, que sirve como un estudio al aire libre, donde le da rienda suelta a su arte, así como de galería, en la que exhibe a los turistas (su principal clientela), sus pintorescas composiciones.
Van Gogh.
“Me dicen el Van Gogh dominicano porque pinto rápido y trabajo aquí. Soy expresionista y en mis trabajos lo que más destaco son los movimientos y el dibujo de la pintura de la obra… Que se ven las pinceladas y no es una cosa fingida, ‘carqueada’, sino una cosa real, hecha a mano: con pinceladas reales”, explica Alsina.
Levanta uno de los cuadros acomodados en la acera, reclinados de la jardinera que contiene la tierra del árbol.
“Por ejemplo, este cuadrito se ve una morenita muy alegre que tiene unas frutas en la cabeza, pero con motivo carnavalesco. Yo realicé este diseño de esta morenita. La Tomasita, le puse, porque vende tomates y muchas frutas”, explica. “Es una mujer dominicana, original. Ese es un folclore dominicano. En vez de tener uvas, lo que tiene son limoncillos. Por eso es folclórica”, asevera, acompañado por la música de un saxofón.
¿Indigente o bohemio?
Oriundo de la Ciudad Capital, Alsina – Van Gogh – detalla sobre el personaje del cual recibe su apodo y los motivos por los cual le fue otorgado el mote, que es debido a que el famoso pintor neerlandés, estaba en la calle, “pasando trabajo”.
“Pasó muchas cosas, entonces lo relacionan más o menos con eso”, revela. “Pinto los cuadros aquí mismo, mirándome la gente. O sea que, lo mío es “no bulto”, lo mío es ahí, pintao”.
Alsina nunca se ha casado, ni tenido hijos. “Van Gogh no se casa”, asegura, esbozando una enorme sonrisa. Tampoco le falta una oreja, ni siquiera parte del lóbulo. No se ha deprimido y no se puede deprimir, asegura.
“No me falta ninguna oreja. No puedo ser como él. Eso fue en esa época que él se deprimió demasiado. No me puedo deprimir así”.
La música del saxofón sigue sonando en el fondo. Los turistas sentados en la terraza, disfrutan de un café y fuman cigarros, observando a los niños de escuelas, quienes corren de un lado a otro persiguiendo a las palomas que vuelan asustadas.
“Ya tengo 62, es justo que me la den, la pensión” grita entre carcajadas, este personaje anónimo de la Zona Colonial (como tantos otros) y que le suministra un toque pintoresco a la vieja ciudad del Nuevo Mundo.