SANTO DOMINGO, República Dominicana.- Soledad Álvarez es la autora del tercer y último libro de la colección que conmemora los 10 años de la empresa Odebrecht en la República Dominicana. República Dominicana, paisaje-cultura es el globalizante título de este hermoso volumen que tiene como antecedentes los volúmenes 1: Taínos, de varios autores, y 2: Invasión y conquista de la Española, de Frank Moya Pons.

El libro de Soledad Álvarez, de 288 páginas, tiene fotografías de 8 profesionales del lente, arquitectos, ecologistas y artistas que han recorrido el territorio dominicano por los más recónditos parajes, secciones o distritos municipales, en donde pudieron captar la hermosura de una geografía bendecida por el esplendor de sus paisajes, sus ríos, montañas, cosechas, con el agregado de la idiosincrasia e identidad cultural que se fue forjando con el paso de los años, entre aborígenes taínos y caribes, europeos blancos y negros africanos.

El libro es una combinación de creatividades. Por un lado el texto, fundamental y sencillo, sin mayores pretensiones que un recuento visual de lo que se observa al visitar cada una de las regiones y sus respectivos pueblos, por las carreteras y caminos que los definen como parte de una geografía bendita. Y de  la otra parte, un componte gráfico de la mayor calidad y con el rigor del curador que conoce su trabajo a profundidad. Cada uno de los fotógrafos que se integró a este proyecto conoció de las intenciones de la autora, o sencillamente fue parte del proceso creativo, a pie juntillas con la autora. O viceversa.

El paisajismo del sur, del norte, del Cibao, de la costa atlántica, de Santo Domingo y del Este en un texto maravilloso, casi poético de la escritora Soledad Álvarez que mira la estética y el movimiento de la isla, en sus más entrañables rincones, como antes intentaron hacerlo Cristóbal Colón en su diario, Gonzalo Fernández de Oviedo, o más recientemente Félix Servio Ducoudray, en sus reportajes semanales en El Caribe, recogidos en cinco tomos por el Grupo León Jimenes, y denominados en conjunto La Naturaleza Dominicana.

Este libro es una bendición. Pocas veces una escritora de la calidad y sensibilidad de Soledad Álvarez, por demás poeta, tuvo la oportunidad de tomar un recorrido por cada rincón del país y contar, con su visión y calidad, lo que sus ojos registran. Al momento de transmitir lo que ve, por supuesto, nos encontramos con parte del sentido vivencial y el alma de la escritora.

Usted podría conocer los lugares que ella describe, sea un río, una montaña, una planicie o cualquier recodo pueblerino, y volver a verlo o revivirlo. Pero la descripción que logra Soledad Álvarez le adiciona un toque, un colorido, un olor y un sabor que lo enriquecen. Es mi sensación al volver a encontrarme con rincones de la isla visitado alguna vez, o sencillamente exponerme a lo que nunca he conocido, y ser acompañado a conocerlo por la prosa poética de Soledad Álvarez.

Quién, por ejemplo, no ha pasado por la Autopista Duarte, camino al Cibao, por la Cumbre. Observe la forma en que la autora describe lo que es común ver cada vez que usted se adentra al Cibao por la carretera principal hacia el norte:

“Después de pasar La Cumbre, casi siempre lluviosa, y de disfrutar el rico queso de hojas –obligada parada gastronómica del trayecto junto a “Miguelina” y “El Típico Bonao”-, entre el verde de los árboles y el asfalto de la carretera irrumpe la algarabía de colores de las alfombras pellizas confeccionadas por las campesinas con los sacos de arroz y trozos de tela, señal de que estamos llegando a Piedra Blanca y a la primera provincia del Cibao, Monseñor Nouel, fértil y rica en oro y ferroníquel, de clima tropical húmedo en el Valle de Bonao”.

La geografía no es sólo los ríos, los árboles, las ondulaciones y montañas. En el concepto de Soledad Álvarez es también los hechos históricos que se sucedieron en los lugares de esa geografía. Nizaíto es un lugar de las montañas de San José de Ocoa vinculado a Francis Caamaño, como Las Manaclas es el lugar donde “fue fusilado en 1963 el héroe nacional Manuel Aurelio Tavares Justo, quien junto a un grupo de guerrilleros había escalado “las escalpadas montañas de Quisqueya” para combatir el golpe de estado contra el gobierno del presidente constitucionalmente elegido Juan Bosch”.

Aunque puede ser considerado un libro de geografía, el de Soledad Álvarez es un libro de viaje, porque es una crónica, en el mejor sentido de la palabra, de cuanto vio y palpó en su recorrido por la media isla. Por un lado una explicación del por qué en Monción hacen el mejor casabe del mundo, y luego la descripción de Bahía de Las Águilas, o cómo en Pedernales se juntan las historias de Enriquillo y Sebastián Lemba, o sencillamente nos actualiza con el Museo que ha dedicado Las Matas de Farfán a su hijo Orlando Martínez, periodista asesinado durante los doce años de Balaguer.

Cabrera, entre Puerto Plata y Nagua, es “una esquina de la Patria”, y Samaná es única entre todas las provincias, porque “ninguna se le parece en la fidelidad a sus herencias taína, española, africana, europea”. La Matica, en Boca Chica, era el lugar “donde cuando éramos niños imaginábamos ver salir del laberinto de mangles deidades marinas y sirenas”, dejando a un lado las muchas otras significaciones de esa pequeña covacha de Santo Domingo.

Las zonas turísticas y sus proyectos emblemáticos, las grandes carreteras, las infraestructuras arquitectónicas del nuevo Santo Domingo no se quedan ocultos ante la mirada de Soledad Álvarez, quien observa y cuenta casi todo, en un compromiso por dejar un legado de lo que es y ha sido esta media isla llena de largos y lagos, montañas y ríos, y especialmente de gentes que se mezcló y construyó una identidad propia, entre descendientes de taínos, europeos y africanos, que tiene por nombre dominicano.

“Una lagartija nos mira, curiosa, desde la hoja peciolada y gruesa del mangle rojo. Conversan las ranas. Anuncian el aguacero. Aquí, acunados por el agua y la quietud, quisiéramos quedarnos. Pero otro viaje nos espera. El que nos llevará al hombre y al corazón de la Patria”. Así cierra Soledad la primera parte de su libro República Dominicana, paisaje-cultura, el tercero de la serie de Odebrecht.

Y exactamente comienza a describirnos en esta segunda parte un país plural, de confluencias raciales y culturales, con un aborigen taíno, blanco europeo y negro africano, todo mezclado, entreverado en la urdimbre de la explotación y la conquista. Y entre las dificultades de ese proceso, se hizo lo que no se planificó, y surgió un ser concreto, mulato, mestizo, que todo el mundo conoce como dominicano.

Y vienen los textos sobre los rostros del dominicano, en todas sus facetas de persona de bien, trabajador, organizado, tramposo, haragán, fiestero, creyente en deidades católicas y del vudú, sin olvidar al turpén político y corrupto, al tíguere, al barbarazo, al mayimbe, al vacano y al matatán.

Y vienen la casa y la vida cotidiana, la cocina y costumbres culinarias. Este último es uno de los más interesantes y sincréticos capítulos sobre la identidad, y la forma en que se forjó la identidad, que generalmente se define por lo que se come. Por supuesto, la religiosidad popular y los ritos que definen cada una de las regiones del país, con un énfasis en ciertas fiestas que son emblemáticas y definitorias.

Un libro que debe conservarse y divulgarse, ampliamente, porque recoge lo que no imaginábamos que era posible encuadernar en un tomo: el resumen, en texto y gráfico, de los factores que definen, histórica y antropológicamente la identidad del dominicano, tan debatida y discutirá a propósito de la sentencia 168/13, que intenta acorralar lo dominicano a un precario racionamiento jurídico, excluyendo y salvaje, que deja detrás lo que Soledad Álvarez ha descrito como el ser que es resultado de la mezcla, la pluralidad, la inclusión y el aprovechamiento de lo que nos llegó como comunidad taína, con lo blanco de Europa y lo negro esclavo que nos trajeron de África.

Un libro que es una fiesta de la cultura.