El libro electrónico está con nosotros desde hace tiempo, nada más que no habíamos notado su presencia ni mucho menos sentido su “amenaza”. Versiones prototípicas de las que ahora se confeccionan para las llamadas “tabletas” circulaban desde finales de la década de los 90’s bajo la forma de libros burdamente digitalizados. El Kindle, el Nook y el Kobe han significado una revolución para la cual no sabíamos que estábamos preparados. Esto nos ha tomado aparentemente por sorpresa y ahora no hay más remedio que pensar en las consecuencias de una adaptación acelerada a esta nueva forma de consumo.
Más que un medio de difusión de la cultura, el libro electrónico se ha convertido en un medio de consumo. Así lo expone El País, en un reciente artículo que acaba de publicarse en la edición matutina de ese diario. “Entre atemorizada y excitada está la industria del libro en Estados Unidos ante los meteóricos avances de los contenidos digitales. La progresión en el mercado es mucho mayor que la que pronosticaban los expertos. En 2010, las ventas de contenidos para dispositivos electrónicos se dispararon hasta en un 10%. El crecimiento al que los editores y libreros estaban acostumbrados era del 1% o el 2% y ahora han alcanzado un 15% del total” (“El libro digital explota en los Estados Unidos”, 25 de octubre de 2011). Según los datos que están arrojando estas nuevas mediciones, los libros que más se consumen en Estados Unidos son los de ciencia ficción, novelas románticas y best sellers. Contrariamente a lo que se pensó en un principio, los nuevos consumidores han dejado de lado —por el momento— las descargas de libros de contenido académico y humanístico. Se trata de lectores más cultos que sus progenitores, que pueden alternar lecturas en español y en inglés, que consumen un libro por semana y que cuentan con el mínimo capital económico para darse este tipo de “gusto”. Es decir, se trata de consumidores, no de investigadores, ni estudiosos, ni profesores, ni nada que tenga que ver con la especie académica. Ni tampoco, hay que decirlo, con la difusión masiva de la cultura y el conocimiento libresco.
Entre las ventajas que se le veían al libro electrónico por encima del libro convencional se encontraba precisamente el ahorro de tiempo y dinero. Un libro electrónico podría viajar mucho más rápido que un libro impreso y estar disponible en cualquier parte del mundo. Los viajes transatlánticos que los profesores universitarios realizaban antaño para consultar un manuscrito perdido en una biblioteca del viejo continente serían innecesarios gracias a las bondades de la digitalización y del comercio electrónico a través de internet.
Viajar para consultar un manuscrito, en efecto, ya no es tan necesario como todavía lo era hace treinta o cuarenta años; pero el libro electrónico no ha terminado de satisfacer la función de convertir al libro —y a la cultura en general— en un producto menos arcano. Las mediciones que se han realizado en los últimos meses sobre el comportamiento de los nuevos lectores hablan de una tendencia al alza que no se debe tanto a los mandatos de la necesidad sino a los de una moda. Una moda que ha comenzado a transformar el mundo en el mismo sentido en que el aeroplano y el automóvil contribuyeron a transformarlo significativamente en los primeros años del siglo XX.
Futuro del paradigma impreso
Los expertos estiman que en el año 2020 se producirán tantos libros electrónicos como libros impresos. El mercado registrará, según estas previsiones, un cincuenta por ciento de libros electrónicos por un cincuenta por ciento de libros impresos en papel. Los editores tienen “miedo” porque suponen que esta paridad acabará por eliminar el paradigma del libro tal y como lo conocemos ahora. Le temen, además, a no tener la suficiente flexibilidad para adaptarse a un mundo cuyas reglas no parecen del todo claras.
Como editor, no me veo editando libros impresos hacia el año 2020. Tampoco me veo editando libros en formato electrónico. No hago estas afirmaciones ni por necedad ni por nostalgia, sino simplemente porque no observo en mí el más mínimo espíritu de competencia mercantil que se necesitará para sobrevivir en una nueva jungla, más despiadada que las anteriores. Los monopolios internacionales se dedicarán a la distribución masiva y controlada de los e-books. Amazon, Barnes & Noble y otras compañías están determinadas a ejercer el control en este nuevo mercado. La exquisitez de catálogos editoriales como los Gallimard y Suhrkamp Verlag, que definieron el rumbo de la historia de la literatura durante la primera mitad del siglo XX, está siendo desplazada por la idea de la venta masiva de los portales electrónicos de la era digital.
En un futuro próximo, los libros de autoayuda, las novelas románticas y las historias de ciencia ficción se venderán al por mayor en formatos electrónicos accesibles en cualquier parte del mundo. Esto supone la transformación de una industria que tendrá que adaptarse a una nueva forma de trabajo, correspondiente a los nuevos usos. Diseñadores, tipógrafos, correctores tendrán que adaptarse al nuevo paradigma. Los intermediarios serán eliminados. No existirán más las compañías distribuidoras y, con el tiempo, los editores serán reemplazados por los ejecutivos de cuenta de los grandes consorcios, los cuales están encaminándose a establecer formas de trato directo con los escritores para continuar disminuyendo los costos de la nueva industria maquiladora de “libros”.
¿Qué pasará, sin embargo, con los libros de bajo consumo, los libros que no se piensan para venderse bajo ninguno de los nuevos formatos y que siguen obedeciendo a los modos tradicionales de concebir el fenómeno estético que denominamos literatura? ¿El libro impreso se conservará como el nuevo samiszdat de la era digital en cuyos umbrales nos encontramos en este momento?
Hay todavía mucho que decir al respecto. El libro impreso llegó a significar un momento clave en la historia de la coronación del intelectual y el escritor moderno. La era digital supone el fin de este capítulo en la historia de la cultura. El asunto es complejo y merece una reflexión en toda forma. A partir de ahora, no sabemos cuál será el papel que le corresponda al productor de bienes culturales frente a la sociedad que constituye su receptor y su reflejo.
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Gabriel Bernal Granados nació en la ciudad de México en 1973. Escritor, traductor y editor, ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, el Centro Mexicano de Escritores y la Fundación Rockefeller. Actualmente es editor en México de la revista Mandorla: New Writing from the Americas. Con Ana Rosa González Matute, dirige la editorial Libros Magenta. Su libro más reciente se titula Viaje al País de la Errata.