De una u otra manera el costumbrismo sigue vigente en la literatura dominicana. El énfasis en lo folclórico, en las costumbres y el quehacer de una sociedad son elementos que alimentan de lleno la novela de Roa Ogando, que muestra una preocupación por representar lo característico de su sociedad. Incluso se apodera del tropo tradicional de un personaje que emigra del campo a la ciudad, típico de dicha corriente literaria. A pesar de ello, el autor también mezcla algunos aspectos del Naturalismo, vertiente casi hermana del Realismo, visible en la lucha entre el registro general y el especializado que enfrenta uno de sus personajes al educarse y ver su sociolecto transformarse y expandirse una vez que sale de su pueblo natal y consigue una educación. Al estudiar la biografía del autor, es evidente que esta amalgama no surge de manera espontánea: Gerardo Roa Ogando nace en el año 1975 en Las Matas de Farfán, y realizaría una travesía no muy distinta que la que su novela presenta, al menos desde el punto de vista lingüístico; se graduaría de una licenciatura en Educación mención Letras y posteriormente de una Especialidad y una Maestría en Lingüística Aplicada en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Luego incurriría en una prolífera carrera académica hasta llegar al nivel de doctorado. Estas experiencias marcarían la literatura de Roa Ogando a tal punto que lograrían entrecruzarse en su peculiar expresión literaria, en ese matrimonio que une al costumbrismo y naturalismo mediante la evolución del sociolecto, y que jugará un rol crucial en la sensibilidad artística de la novela.

El primer conflicto que nos presenta la novela empieza en su narración: el autor emplea un enfoque narrativo múltiple que varía de capítulo en capítulo. Por ejemplo, en el capítulo seis se narra en primera persona utilizando al personaje principal como narrador homodiegético, específicamente el narrador protagonista. Escribe en el primer párrafo de la página dieciocho: “Luego sentía que mi piel se engranujaba cuando siquiera el viento soplaba por esos lugares. Transcurría el tiempo y mi monólogo era cada vez más intenso” (Roa Ogando, 2020). Por otro lado, en el capítulo ocho se cambia a una perspectiva de la tercera persona, utilizando al narrador heterodiegético omnisciente: “Tony Rajoña de Gomorra era un hombre presumido. Gozaba siempre de criticar la forma de vida del campesino sureño, aún cuando su propia vida dependía del Sur” (Roa Ogando, 2020). Vemos que la narración no sólo pasó a otra vista, sino que también incorpora elementos del narrador omnisciente como es el hecho de conocer todos los detalles sobre el personaje Tony Rajoña y pasar juicio sobre su persona. Y por supuesto, tampoco puede quedar fuera el papel de Justin, que es el que inicia y da conclusión a toda la narración, aunque la mayoría de los capítulos estén escritos desde las perspectivas anteriormente mencionadas. Esta lucha de puntos de vista es representativa del combativo entorno de la novela, y sirve como eje del tema principal que pone en compromiso la naturaleza criolla de Enrique con su provenir académico que adquirirá en el transcurso de la historia. Así como Enrique busca comprender su identidad desde campesino a intelectual, de la misma forma la narración busca su identidad entre la primera y tercera persona, al igual que entre distintos narradores, como es el caso de Tony Rajoña quien también llega a narrar en primera persona.

El sociolecto que el autor emplea en la novela utiliza tanto un registro general como uno especializado. Este puede ser académico como también regional. Sin embargo, debido al uso de metaplasmos y de regionalismos,ese registro general puede resultar tan enrevesado y distinto para el lector como el especializado, aunque por razones distintas. Con el empleo de un lenguaje académico, la barrera es obvia:

La desaparición de Maruca me hizo investigar más sobre el corazón y sus funciones, pensando que si volviera a pasar una enfermedad similar a la que mató a mi gallina, no me agarraría desprevenido. Entonces comprendí que el corazón, en anatomía, es un órgano muscular hueco que recibe sangre de las venas y la impulsa hacia las arterias. Por eso era que mi gallina expulsaba tanta sangre de su arteria. De igual manera, me di cuenta que el  corazón humano tiene el tamaño aproximado de un puño, me  imaginé que el de una gallina debe tener el tamaño de una canica;  que se localiza por detrás de la parte inferior del esternón, y se  extiende hacia la izquierda de la línea media del cuerpo; que es  de forma más o menos cónica, con la base dirigida hacia arriba,  hacia el lado derecho y algo hacia atrás; la punta está en contacto  con la pared del tórax en el quinto espacio intercostal; que se  mantiene en esta posición gracias a su unión a las grandes venas  y arterias, y a estar incluido en el pericardio, que es un saco de  pared doble con una capa que envuelve al corazón y otra que se  une al esternón, al diafragma y a las membranas del tórax; que  en el interior del corazón del adulto, sea pollo, gallina, becerro  o persona, hay dos sistemas paralelos independientes, cada uno  formado por una aurícula y un ventrículo. Respecto a su posición anatómica, estos sistemas reciben el nombre de corazón derecho y corazón izquierdo. Esta es parte de la información que pude recaudar consultando al médico del pueblo, el doctor Espaillat” (Roa Ogando, 2020).

En el fragmento anterior, encontrado en la página sesenta y cinco, se utilizan varios términos especializados que, aunque desglosados, requieren de un cierto saber científico. Por ejemplo, requiere de investigación comprender qué es el quinto espacio intercostal, qué son las arterias, el esternón, el pericardio y qué significa que el corazón adulto de un ser vivo esté formado por una aurícula y un ventrículo. Por supuesto, un lector culto puede tener una idea general de la mayoría de estos conceptos, pero su familiarización con ellos no significa que sean accesible para el resto de los lectores. El escritor recurre a este cientificismo literario con frecuencia, lo que dota a su novela de un aspecto naturalista cargado de racionalismo, contrapuesto al costumbrismo que predomina en el entorno social capturado por la obra. La relación que comparten a pesar de ser propuestas literarias prácticamente contrarias es que tanto el costumbrismo como el naturalismo tratan a la literatura como un ejercicio social. En El regreso de Justin, sea desde lo académico, desde lo pueblerino o incluso desde las indagaciones autorreflexivas, el elemento consolidador es el hecho de que lo social es correlativo a todos los aspectos anteriores. Después de todo, las academias no son ajenas a las sociedades de las cuales surgen, ni se rigen de manera autóctona; que se hayan separado en una categoría cultural distinta no las elimina de ser regidas por individuos que crecieron, se desarrollaron, interactúan y son productos directos del factor social al que pertenecen.

La decodificación de términos especializados resulta más simple que las de los metaplasmos, que son específicos de una región en particular, y mucho más herméticos para hablantes que no comparten esta realidad lingüística. La página veinticinco tiene un ejemplo de un intercambio de diálogo entre dos personajes donde se muestra un dialecto menos accesible para los que no son originarios de esta región, y mucho menos para los que no son originarios de República Dominicana:

“—En eta década no ha vueito a lloveimá. Vea, en ei Cibao no eiguai, poique allá Dio se secó eisudoi, si no vea la montaña que son maveide, y la vaca y hata la chiva dan ma leche que aquí.
—¿Oh, y poqué uted vinu a viví pacá, adonde hay tanta jambre? ¡Maragradecío, carajo!—respondió don Obdulio Montero, un campesino lugareño, alto y fortachón
” (Roa Ogando, 2020).

Irónicamente, resulta mucho más complejo y menos descifrable el sociolecto regional que el académico, no por su especialización en términos formales, sino por su total carencia de éstos. Vemos el uso de apócope, como cuando se dice “ma” en lugar de “más” o “e” en lugar de es; el uso de síncopas tales como “poqué”, “uted” y “hata”; y, por supuesto, una gran cantidad de epéntesis y paragoges, particularmente con la letra “i”. “Poique”, “veide”, “vueito”, “llovei”, entre otros. La intención de Roa Ogando es exponer la complejidad de este sociolecto al romper con el mito de que es menos valioso, complicado o rico en cultura porque proviene del vulgo, y de una región en particular que es vista como marginalizada. Es esta extraña relación entre lo académico y lo folclórico por lo que se puede ubicar esta novela en una corriente literaria que he decidido llamar costumbrismo naturalista. Se trata de una amalgama entre el cientificismo racionalista del naturalismo y el retrato cultural y social del costumbrismo, aunque con mucha más crítica de la acostumbrada para este movimiento, lo que lo acerca un tanto al realismo literario y, por consecuencia, al naturalismo que también emplea.

La experiencia del autor como educador, lingüista y académico, queda capturada por completo en el personaje de Enrique, independientemente de si este representa a Roa Ogando o no. Si personifica algo, sería más la visión del autor que a su persona misma. Por supuesto que el personaje es retratado desde un contexto social y cultural muy apegado al trasfondo del escritor, a tal punto de que puede ser confundido con una inserción de su persona en la obra. Sin embargo, el personaje es representativo de un individuo cuyo sociolecto evoluciona partiendo desde el que ha asumido en su región, hasta llegar al que adquiere como parte de su formación. En otras palabras, logra romper con el encasillamiento insular de su sociolecto y aprende a pensar de manera más amplia:

Intentaba aplicar las estrategias del lingüista español Daniel Cassany, quien por medio de sus textos una y otra vez le recordaba que “A leer se aprende leyendo y a escribir escribiendo”. Aunque Enrique no lograba entender a profundidad la esencia misma de estas palabras, pudo grabar en su memoria la fluidez de aquellas proposiciones bien pronunciadas por esos astros de la lengua hispana. Aparentemente, la ambición de aprender a pensar, a través de la adquisición de la lectura y la escritura, le estaban haciendo soportar el dolor que aún sentía por la pérdida de sus padres y los pocos bienes que estos poseían” (Roa Ogando, 2020).

Vemos la importancia de aprender a pensar en Enrique cuando incluso logra mitigar el dolor de perder a sus padres, que es una parte crucial de la historia relatada en El regreso de Justin. Esto se debe a que marca la evolución del personaje no solo desde un punto de vista formal/educacional, sino hasta espiritual en sentido poético si consideramos que su capacidad de pensamiento le permite reconocer y comprender finalmente las cosas que acontecieron en su vida y poder refugiarse en un punto de vista más allegado a una objetividad particular del pensamiento científico. Para Enrique, su pena, su sufrimiento, es algo que se puede diseccionar como si se tratase de una rana en un laboratorio. Su búsqueda a través del conocimiento es por la necesidad de comprender la tragedia; al catalogarla y desglosarla de manera estudiosa, piensa que puede ejercer control de ella de una u otra forma. El incidente con su gallina Maruca es algo que marca al personaje y lo obliga a cambiar, a iniciar esa búsqueda de conocimiento. Su muerte lo obsesiona, y lo lleva a querer analizar y descomponer la tragedia como lo hiciera un químicocon un compuesto.Esto queda demostrado cuando, al morir Maruca, lo primero que hace es consultar a un médico veterinario al respecto:

Visité esa misma noche al médico Tufí para ver si era posible analizar su cuerpo, pero sólo dijo que me explicaría en qué consisten los problemas del corazón de las aves. Me dijo que probablemente mi gallina había muerto de asma y no del corazón”. (Roa Ogando, 2020).

Desde entonces, su curiosidad por comprender la muerte de su gallina se convirtió en una especie de cruzada que lo obliga a apoderarse de toda la información posible al respecto. Es su manera de procesar y poder asimilar la tragedia, aquel monstruo desconocido que desde pequeño azotó su vida.Ahora por fin la entendía yse daba cuenta que solo podía enfrentarla con la inteligencia y no la fuerza bruta como trataba de hacerlo con frecuencia durante su niñez.

La misma estructura de la novela es representativa del conflicto en el sociolecto de Enrique, pues cuenta de una secuencia desorganizada con cambios temporeros, de puntos de vista e incluso de personajes. Por ejemplo, en el capítulo diez, Tony Rajoña de Gomorra empieza a narrar, cuando anteriormente los narradores fueron Justin en el primer capítulo, Enrique en varios subsecuentes e incluso un narrador omnisciente en tercera persona en el capítulo anterior al diez:

El tiempo avanza. Enrique había llegado al potrero donde recogería la leña de la casa. En ese momento observaba cómo el burro de la comadre Angélica brincaba encima de la asna de Tony Rajoña, el cibaeño. Cuanto más se acercaba a las bestias, más comprendía que estaban participando de un acto normal de todos los animales, una vez hayan contraído contrato matrimonial, el cual como en este caso, puede ser simbólico” (Roa Ogando, 2020).

Vemos claramente la utilización de un narrador omnisciente que ahora relata desde un punto de vista alejado lo que acontecía a Enrique, como cuando expone que “había llegado al potrero”. Además, conoce todo acerca de él, puesto que también explica lo que procesaba su mente al indicar que “comprendía que estaban participando de un acto normal de todos los animales”.Cabe destacar que esta desorganización tanto en la estructura como en la secuencia empieza a desaparecer cuando Enrique logra obtener su educación. Es como si esta simbólicamente trajera orden a cómo percibe las cosas, un entendimiento más racional y por lo tanto estructurado de lo que acontece a su alrededor. Esto se ata con su deseo anterior de comprender su miseria, de científicamente inquirir sobre cada aspecto de su niñez, o de la situación con su gallina Maruca. Vemos en el segundo párrafo del capítulo veintidós el siguiente fragmento:

Era extraño que durante más de un año no le hubiera torturado en su memoria la tragedia que hizo desaparecer a sus padres de su presencia. Hoy el recuerdo se paseaba en su reminiscencia.  La imagen enhiesta de sus campesinos progenitores era su vitalidad. Se sentía profundamente agradecido de ellos. Sus padres le habían entregado todo lo que poseían. No obstante, esto no lo consternó hasta el extremo, ya que sabía que sólo la remembranza no lograría zanjar su situación. En las siguientes horas se hallaba en un sueño, muy dormido, en el que escuchaba gritos desde lejos. Se levantó con mucho esfuerzo del asiento del bus y se fue al baño, entró caminando y corriendo. Esto sucedió cuando llegaba al cruce de Ocoa. Era claro que el llanto se iba haciendo cada vez más intenso(Roa Ogando, 2020).

El autor nos presenta ahora una narrativa mucho más cerrada y menos trastornada, con cierto aire de pragmatismo, lo que refleja ahora el estado mental de Enrique al regresar a su punto de origen ahora armado de una educación formal, de conocimiento y de mayor experiencia de vida. Esto no significa que haya solucionado sus problemas, sino que ahora no vive en una angustia eterna por problemas no resueltos; aún reflexiona sobre la tragedia de haber perdido a su familia, pero ahora no tiene miedo ni es azotado con tanta frecuencia por su memoria. Es porque en su nuevo yo, posee las herramientas necesarias para sobrevivir, porque puede respaldar su natural curiosidad intelectual y a la vez conciliarla con su trasfondo pueblerino y campestre. De esto se trata el costumbrismo naturalista de Roa Ogando, de una avenencia entre lo rural y lo citadino, entre lo general y lo especializado, lo formal e informal. Pero no únicamente desde un punto de vista de clases sino de distintas realidades sociales que interactúan y luchan por acomodarse dentro de la esencia de Enrique.

El regreso de Justin es una novela que emplea el sociolecto tanto regional como académico para mostrar la evolución de un personaje desde un punto de vista social y lingüístico que va más allá de una simple formación educacional; es una ampliación de su realidad, a tal punto que logra despertarlo de un letargo existencial que le permite incorporar sus orígenes, el folclor, la influencia de su sociedad en su pensamiento intelectual. Le provee de las herramientas necesarias para poder rescatar a su familia, que alegóricamente se encuentra presa de la pobreza y la miseria, de años de una opresión sistemática producto de un gobierno siempre cambiante, pero nunca renovador e innovador. El cruce de caminos que concilia el costumbrismo y el naturalismo en la obra de Roa Ogando resulta ser el sociolecto mismo, instrumento que blande en su texto con tanta firmeza intelectual como lo hace con delicadeza literaria. En la página ciento cuarenta y dos vemos la reacción de Enrique al emprender su viaje a Juana Méndez en busca de sus familiares:

Su vida, su esperanza y su sentir lo habían cambiado. Sus ojos le brillaron durante la madrugada y no hubo nada que lo hiciera parar. Ahora vivía un inmenso mundo de alegría, confianza, aliento y perseverancia. Corría, saltaba, lloraba de alegría y sus pies no se cansaban de correr y sus manos de palpar” (Roa Ogando, 2020).

En muchos aspectos, sus familiares representan un rescate de su origen, de su sociolecto innato que adquirió de la mano de su sociedad, de su padre y madre, de aquellos que lo rodearon durante su infancia. Esta novela es mucho más que una fría y proclamada narración producto de un escritor que es educador y académico; debe ser leída, releída y estudiada ya que existe como un honesto y solemne ejercicio literario que recoge amplias dimensiones tales como variaciones lingüísticas, manifestaciones poéticas, pero, sobre todo, exposiciones socioculturales antedichas con una sensibilidad artística digna de un verdadero Cosmolingüista.

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