
(AM): En la obra La memoria incautada (2007), explicas que, cuando se es joven, la muerte del otro casi siempre está ausente, ya que el tiempo nos sobra y a fin de cuentas los que se mueren son los otros. Lectura que con el tiempo se vuelve más cercana a nuestro tiempo de vida. La reflexión no se detiene y va acompañada de lo que a uno le queda de vida en este mundo y cibermundo. Este tipo de reflexión en ti es reiterativa. Pensar la vida implica darle una ojeada a la muerte porque forma parte de la existencia. En la medida que vivimos vamos perdiendo parte de lo que hemos sido, nos queda menos tiempo para reflexionarla. Otros leerán estos diálogos, cuando ya no estemos en este mundo: ” En vano trato de buscar entre mis lecturas y mis estudios una explicación racional al hecho. Pero ni aquellas ni estos me pueden ofrecer una respuesta definitiva y convincente. Entonces confirmo que no me equivoqué al haber elegido estudiar filosofía en lugar de alguna otra carrera más perspectiva o lucrativa: ella me ha ayudado a vivir y a soportar lo trágico de la existencia” (p.35). ¿La filosofía te ha ayudado a vivir lo transido de la condición humana?
(FM): Definitivamente. Sin ella no habría podido sobrevivir a mis épocas de crisis, a la soledad y al desarraigo, a los momentos de angustia y desesperación. Pero ella no se lleva todo el trofeo: tampoco lo hubiera logrado sin el arte ni la literatura. Por eso insisto con mis estudiantes que creen que la filosofía es algo “bonito”. Les digo que ella no es nada “bonita”. Que la filosofía nos ayuda a dos cosas: a pensar y a vivir.
(AM): El filosofar que asumes va por un NO a la indiferencia de la vida, que es a la vez una indiferencia ante la muerte, como bien señala Paz, a quien citas, de su obra El laberinto de la soledad: “Nuestra muerte ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida (…). Hay que morir como se vive” (ibíd. 37). Esto se articula con el tiempo, que implica un vivir el presente, en un aquí y ahora, como diría el mismo Paz, ya que de esa forma no edificamos una cárcel para nuestra vida presente, si dejamos de pensar en el futuro, que nos proyecta hacia algo que no existe y que aún no es ahora. Tiempo, vida…¿cómo lo asumes de cara a la conciencia del morir?

(FM): Esa frase de Paz que cito en mi libro La memoria incautada viene seguida de otra de Maurice Blanchot: “Se muere, pero se muere mal porque se ha vivido mal”. Siempre me ha obsesionado la idea de la muerte. Y ahora de mayor ya no es una obsesión, sino una evidencia aplastante. En cuanto al tiempo y la vida…La vida como dato esencial, radical, según Ortega, pero también como tarea, como apuesta, como proyecto. Apostar a vivir. Afirmar la vida, aun en su condición trágica. Afirmar la joie de vivre, aunque vivamos en angustia. El tiempo como límite, como conciencia de finitud, pero también como apertura a posibilidades, como posibilidad de plenitud.

(AM). El filósofo Epicuro, en Carta a Meneceo (1993), decía que no había que preocuparse por la muerte, porque cuando nos llega, no sabemos de ella, porque para saberlo tendríamos que estar vivos, y si estamos vivos no sabemos de esta porque tendríamos que estar muertos, y si estamos muertos no podríamos decir nada. Por lo que lo ideal es vivir pensado en la vida y olvidarse de la muerte, ya que nadie vive su muerte y ni la siente. De ahí que diga este filosofo del placer: “Así que el más espantoso de los males, la muerte, nada es para nosotros, puesto que mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta, entonces no existimos”. (p. 136). ¿Realmente debemos preocuparnos por la muerte o por el hecho de que somos mortales, que la vida se nos va en cualquier momento?
(FM): Deberíamos preocuparnos por la vida y por el mundo, por cómo vivimos y debemos vivir en esta vida, en este mundo. La lógica de Epicuro sobre la muerte es implacable, irrebatible. ¡Cuánta sabiduría en la filosofía pagana, tan incomprensible para nosotros! Vivir la vida sin pensar en la muerte, vivir llenos de vida y olvidar la muerte, vivir como si ella no existiera, como si nunca fuésemos a morir. Confieso ser un estoico frustrado. Con todo, la angustia es insuprimible. Pascal, que vivió poco, escribió en sus Pensamientos: “Todo lo que yo sé es que debo morir pronto; pero lo que más ignoro es precisamente esa muerte que no sabré evitar”. Memento mori. La pandemia ha venido a recordárnoslo.
(AM): El ensayo La condición rebelde (2010) va por la línea de Camus en cuanto que la rebelión es el movimiento mismo de la vida. Dices que se es rebelde por “vocación, por indignación, por ruptura con el mundo”. Razonas: si esta condición de rebeldía entra en el plano de la racionalidad, de una explicación del porqué de la rebelión “deja de ser un movimiento voluntario, un acto puro de voluntad, para convertirse en rebelión razonada” (p.101). Asumes que esa rebeldía es nuestra condición filosófica, ya que “la condición humana es una condición rebelde contra el orden cósmico, divino y humano, y aun contra sí misma” (ídem). ¿El hombre rebelde es una condición de una especificidad de sujeto y no del hombre en abstracto? ¿No hay una especie de hombre rebaño o mediocre, como diría José Ingenieros?
(FM): Pienso que es una condición más metafísica que histórica, más ontológica que política o social. Está en los mitos y las leyendas, desde el origen mismo de los tiempos. Camus afirma que el hombre rebelde es un hombre que dice NO. La rebeldía es una condición filosófica porque surge de un cuestionamiento racional, de una puesta en cuestión de todo, de un acto de insurgencia contra el orden establecido, humano o divino, de un gesto radicalmente subversivo. El hombre rebaño, mediocre, el hombre-masa, la masa anónima e impersonal, que impera hoy como ayer, no están en el origen de los tiempos, son el resultado de la domesticación social y cultural, del instinto reprimido y domesticado. Prometeo no era rebaño ni era mediocre. No es un ser humano, pero es una figura prototípica de la humanidad rebelde.