A pesar de que nuestra retina es una lámina bidimensional, proyectamos en ella una infinidad de posibles imágenes relacionadas con la orientación de la profundidad de un objeto, cuya percepción visual, según la Física, se transforma en una impresión bastante diferente de lo que percibimos. Por consiguiente, lo que “vemos” constituye una abstracción que penetra en la parte atrás del ojo para recobrar, íntegro, el mundo tridimensional de los objetos.

 

De igual manera, si observamos el cuadro fotorrealista Sunlight in a Cafeteria (La luz del sol en una Cafeteria) de Edward Hopper, asociado al “clic” de una cámara, podríamos obviamente concluir que los elementos constitutivos de la obra artística dependen de la información sensorial, abstraída de un mundo verídico pautado por el constructo de la perspectiva, pero correspondiente a determinadas características físicas, inherentes a los objetos y a la naturaleza de nuestro sistema visual. Por ejemplo, la figura del tarro, al igual que los mantelillos, la percibimos de forma circular a partir de una imagen elíptica. Igualmente, el contorno de las mesas lo percibimos de forma rectangular a partir de una imagen trapezoidal.

Ahora bien, si el realismo pictórico está supeditado a la abstracción, consustancial a todo acto de percepción, ¿cómo podríamos definir, entonces, el llamado Arte Abstracto? Para Pablo Picasso no existe tal cosa como pintura “abstracta”. Entendía que todo arte está sujeto a sus cualidades abstractas, ya sea en su forma figurativa o no-figurativa. En ese sentido, las representaciones pictóricas de los artistas dominicanos Alberto Bass, Guillo Pérez, Ramón Oviedo, y escultóricas de Pedro Méndez y José Antonio Almánzar, transponen, bajo el dominio de variados niveles o  grados de abstracción, los atributos de los objetos al escenario, interpretativo, del universo de las artes plásticas.

Izquierda, obra del escultor José Antonio Almánzar. Derecha, obra del escultor Pedro Méndez

Bien visto el punto, cabe destacar, para una visión más abarcadora, la percepción desemejante a la “realidad” contentiva en los elementos eco-localizadores de los murciélagos, la reacción de las abejas a las frecuencias de la luz, y la respuesta de los peces a las frecuencias del sonido y los olores. ¿Constituyen estas percepciones algún tipo de abstracción para las criaturas  salvaguardar su supervivencia? ¿Y qué decir de la percepción de las amebas? Hemos de suponer ciertos niveles de abstracción vinculados a su constitución biológica, instintiva. En el caso de la especie humana, los niveles de abstracción trascienden los mecanismos puramente biológicos, instintivos. De hecho, albergamos una visión cognitiva en términos de niveles superiores, o facultades mentales, tal como la consciencia y la auto-consciencia que experimentamos.

En definitiva, es de nuestra creencia que el Arte Realista y el Arte Abstracto, en cuanto a la percepción de la realidad o representación de los objetos visuales y sus formas, coexisten bajo distintos niveles o grados de abstracción pictóricos. Forzosamente, ambas representaciones están sujetas a la percepción abstracta  de nuestras experiencias, dada la imposibilidad de percibir, idénticamente, el mundo real que existe, pero que, día a día, manipulamos.