I. ¿Ausencia de literatura confesional en nuestras letras?

Siempre me ha parecido extraña la reticencia –o, más propiamente, el desinterés– de los escritores dominicanos por escribir sus memorias, como lo hacen tantos de sus homólogos del mundo. Poetas, narradores, ensayistas, dramaturgos de otras latitudes… gratísimamente nos sorprenden con un libro en el que nos cuentan sus experiencias vitales. Es la voz oficial del escritor sobre aspectos personales que, de no ser contados por él, podrían desvirtuarse en voz de otro escritor ajeno a esos hechos, el cual narrará desde fuera acontecimientos de la más estricta intimidad.Leyendo esas biografías “apócrifas” corremos el riesgo de ser sorprendidos en nuestra buena fe por biógrafos fabuladores o mal informados. Por otra parte, tampoco dejamos de lado que quienes cuentan sus experiencias pueden modificar a su voluntad determinados pasajes para salvar ciertos vacíos de su historia personal o para conseguir la ansiada aprobación del lector. Con todo, siempre es preferible un testimonio de viva voz de su protagonista a una crónica novelesca que pretende hacerse pasar por una auténtica biografía.

A causa de esa vocación por la discreción, muchas experiencias valiosas se han perdido. Conocer de primera mano las primeras lecturas de un escritor, el proceso en que se fue gestando su vocación escritural, su relación con otros escritores, sus tropiezos iniciales, las circunstancias que lo llevaron a escribir sus libros, las coyunturas que le favorecieron o desfavorecieron… todo ello salpicado de anécdotas personales o relacionadas con otros escritores… son aspectos de una indiscutible relevancia. Ciertamente, cuántas vivencias interesantes se han perdido porque nuestros escritores no han querido abrir las puertas de su intimidad para hablarnos francamente de sí mismos y de su obra. Esto vale también para nuestros políticos, músicos, cantantes, artistas plásticos, y para toda persona que descuella en una u otra esfera del conocimiento o de las artes. La literatura autorreferencial no ha echado raíces entre nosotros, por lo que el renglón de memorias, diario, y autobiografíaesprácticamente un terreno yelmo en nuestras letras.

Pero nuestro artículo va más allá de lo dicho hasta aquí sobre lo inhabitual que es la práctica de escritos de tipo confesionalen nuestra historia literaria. Hoy quiero centrarme en el autorretrato literario, que –por su brevedad–es la forma más simple de hacer literatura centrada en el autor. No conozco en nuestras letras un autorretrato literario, aunque advierto que no tengo la última palabra en este aspecto, por lo que no seré categórico, ya que para determinarlo haría falta un estudio más exhaustivo a este respecto. Por lo menos, si existen esos textos, no son de amplio conocimiento.

Hoy les invito a queechemos un vistazo ligero a las referencias que de sí mismos dieron algunos escritores de nuestra lengua. Aparte del mérito propiamente estético, son textosvaliosos en el sentido de queconstituyen testimonios vivos deesos autores, los cuales debieronrealizar un honesto ejercicio de introspección. Esto nos permite a nosotros, lectores de hoy, comprender cómo se veían a sí mismos: conocer de viva voz las inclinaciones y desafecciones de su ser recóndito.

II. Miguel de Cervantes (1547-1616): “Este que veis aquí

Miguel de Cervantes.

En julio de 1613, Miguel de Cervantes daba a la luz un libro en el que incluía varias novelas cortas, a las cuales bautizó como Novelas Ejemplares. La publicación estaba encabezada por un prólogo donde el autor trazaba una descripción muy pintoresca de sí mismo;tan pintoresca que casi puede leerse como una caricatura antes que como un retrato propiamente dicho. En esta auto-presentación, hecha en tercera persona,aparece un Cervantes viejo, casi desdentado, con la barba canosa. La descripción es tan penosa que de haberlo hecho otro autor seguramente se hubiera considerado ofensiva. Pero Cervantesno pretendió idealizarse ante sus lectores, por lo que prefirió ofrecer un retrato realista de sus rasgos físicos y morales, sin ocultar los estragos corporales propios de su avanzada edad y de las azarosas experiencias que había padecido. Contaba con 66 años, y entre sus muchas peripecias figuran el haber sido soldado en Lepanto y haber padecido cautiverio durante cinco años y medio. Lo único que expresa con cierta altivez el autor del Quijote es, precisamente, su participación como soldado en esa célebre batalla de Lepanto, al servicio del emperador Carlos V. Leamos:

Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, y las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria.

III. Luis de Góngora (1561-1627): “Hanme dicho, hermanas

Luis de Góngora
Luis de Góngora

Antes de que Cervantesescribiera su famosa auto-presentación en tercera persona, su compatriota, el poeta culterano Luis de Góngora, escribió un romance en el que se retrata a sí mismo. El texto, titulado “Hanme dicho, hermanas”, fue escrito en 1587, cuando el poeta contaba con 26 años de edad. Es bastante largo (260 versos) para el tema del que se ocupa.En él el poeta sevillano se mofa de sí mismo empleando los sutiles (y no tan sutiles) recursos del sarcasmo y la ironía. Verso a verso, el humor satírico de Góngora va trazando un perfil físico y psicológico sobre un personaje que él asume como su representación personal, pero que debido al alto nivel de jocosidad,no nos lo tomamosdemasiado en serio.

Dada la razón ya citada: la amplitud del texto, no podemos citar más que algunos versos a manera de muestra. Tampoco nos extenderemos en consideraciones de carácter interpretativo, que por sí solas ocuparían la totalidad de este artículo. Remitimos a los lectores interesados a buscar el poema en Internet para que puedan realizar una lectura completa.

..abierto de sienes, / cerrado de encías; /no es grande de cuerpo, / pero bien podría/

de cualquier higuera /alcanzaros higas; /la cabeza al uso, /muy bien repartida,

el cogote atrás, /la corona encima, /la frente espaciosa, /escombrada y limpia…

 

…los ojos son grandes, /y mayor, la vista, /pues conoce un galgo /entre cien gallinas;/la nariz es corva, /tal, que bien podría /servir de alquitara /en una botica;

la boca no es buena, /pero, al mediodía, / le da ella más gusto /que la de su ninfa;

la barba, ni corta /ni mucho crecida, /porque así se ahorran /cuellos de camisa…

 

IV. Rubén Darío (1867-1916): “Yo soy aquel que ayer no más decía

Rubén Darío
Rubén Darío

El fundador y figura principal del Modernismo, Rubén Darío, no nos dejó un autorretrato per se. Sin embargo, en los 112 versos endecasílabos, agrupados en 28 estrofas (serventesios) que conforman su poema “Yo soy aquel que ayer no más decía” hace un recuento de su vida en el que se hallan muchos detalles de su experiencia vital. El poema fue escrito en París, en 1904, según constancia dejada por el propio Darío, cuando contaba con 37 años de una vida que sería relativamente breve, pues moriría doce años después, cuando apenas contaba con 49 años de edad. Se ha dicho que murió de cirrosis hepática, debido a su inveterada afición a las bebidas alcohólicas.

En “Yo soy aquel…” el poeta hace un recorrido simbólico por su vida y su obra, pero haciendo énfasis en la primera. Es una sincera reflexión, en la que asume con honestidad los extravíos de su juventud y relata cómo su vida fue oscilando entre los arrebatos del placer corporal y la búsqueda de otras satisfacciones de carácter más espiritual, sobre todo aquellas que se relacionan con su ideario estético. En ese recuento de su experiencia vital y poética el autor cita algunos de sus símbolos más socorridos: rosas, góndolas, liras, cisnes… y al menos dos de los poetas que admiró y que influyeron en su cosmovisión poética (los franceses Víctor Hugo y Paul Verlaine).

El dueño fui de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño
de góndolas y liras en los lagos;

y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinita.

Asimismo, menciona –aunque no se extiende en ello– las peripecias que marcaron su infancia, entre las que se destacan el haberse criado con sus abuelos, ya que sus padres se desentendieron de él, lo cual se tradujo en una niñez difícil, con carencias afectivas. Posteriormente, vivió una etapa juvenil desenfrenada, al dejarse arrastrar por las pasiones mundanas.

Yo supe del dolor desde mi infancia,
mi Juventud… ¿fue juventud la mía?
Sus rosas aún me dejan su fragancia,
una fragancia de melancolía…

Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto;
si no cayó, fue porque Dios es bueno.

Mas aunque nos cuenta su inclinación hacia los arrebatosjuveniles, que si bien alcanzaron a doblegar su espíritu, no privaron a su conciencia de la capacidad de discernir entre el bien y el mal. Refiere que sufrió en los momentos en que las circunstancias le desfavorecieron, pero tuvo la fortuna de edulcorar las amarguras de la vida con las satisfacciones que proporciona el arte. Gran privilegio el de los artistas, el de poder trasmutar en goce espiritual las desventuras que acarrean las circunstancias adversas.

Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia
el Bien supo elegir la mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el Arte.

Hay autores que prefierenun ejercicio ascético de la vocación literaria, en la que el escritor se encierra en una especie de torre de marfil, desvinculándose de la sociedad. Para tal escritor lo que importa es su mundo interior, sus vivencias espirituales, todo aquello que se opone a los placeres que deleitan el cuerpo. Rubén Darío dice que alguna vez tuvo esa tentación, pero al sentirse encerrado sintió “hambre de espacio y sed de cielo”, lo cual acabó alejándolo de esa inclinación. Su rechazo al aislamiento sociallo situó en el centro de un submundo dominado por las pasiones: ese abismo al que el poeta identifica como el infierno.

La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.

Como la esponja que la sal satura
en el jugo del mar, fue el dulce y tierno
corazón mío, henchido de amargura
por el mundo, la carne y el infierno.

Darío usa un símbolo para caracterizar la dimensión interior del artista: la selva sagrada o bosque ideal que es una dimensión espiritual en la que el poeta encuentra los materiales y los motivos que requiere su arte. Pero en esa interioridad no sólo están la pureza y la armonía: están también las flaquezas humanas. En “el reino interior” (que, por otra parte, es título de otro poema de Darío) también se concretiza una lucha entre el bien y el mal. Están los nobles impulsos que propenden a la virtud, y también las inclinaciones que arrastran al vicio:

Bosque ideal que lo real complica,
allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;
mientras abajo el sátiro fornica,
ebria de azul deslíe Filomela.

En la estrofa precedente el poeta presenta la oposición que se da en los recintos del espíritu: la lucha entre lo ideal y lo real, el cuerpo y el alma (Psiquis). El poeta simboliza esta antítesis en dos imágenes muy sugerentes: un sátiro, ser mitológico con cuerpo velludo, figura de hombre y cuernos y patas de macho cabrío. Este se encuentra fornicando, es decir, sosteniendo relaciones sexuales ilícitas; al mismo tiempo, hay un ruiseñor (Filomela), que se presenta desliendo la claridad azul del éter. No es casualidad el contraste entre las posiciones del sátiro (abajo) y el ruiseñor (arriba). La oposición equivale a la antítesis tierra/cielo, o espíritu/materia. Si la acción del sátiro representa los placeres corporales, y él, por otra parte, encierra en sí mismo el concepto de lo grotesco y lo feo, el ruiseñor y el azul en que se encuentra simbolizan la pureza y la belleza; dosatributos del espíritu.

Perla de ensueño y música amorosa
en la cúpula en flor del laurel verde,
Hipsipila sutil liba en la rosa,
y la boca del fauno el pezón muerde.

Pero aunque el poeta ha dejado claro su natural inclinación hacia el bien (como ya vimos más arriba), admite que su literatura se alimenta de esa eterna tensión que representa la dualidad cuerpo/alma, espíritu y materia. Asume, pues, una conciliación entre esas antitéticas inclinaciones humanas: las de orden material y las espirituales, los valores del espíritu y las apetencias corporales. La poesía, su poesía, parece moverse entre ambas coordenadas. De esas fuerzas contradictorias que rigen los estados del alma y que condicionan las acciones humanas debe surgir un necesario equilibrio, la armonía universal (“del gran todo”):

Allí va el dios en celo tras la hembra,
y la caña de Pan se alza del lodo;
la eterna Vida sus semillas siembra,
y brota la armonía del gran Todo.

La idea que queda al concluir la lectura del texto es que para el escritor valen todas las experiencias humanas: las que enaltecen el espíritu y las que satisfacen el cuerpo. Todas son aprovechables como materia prima para la elaboración de la obra artística. El poeta insiste en ello, por eso aparece también en la siguiente estrofa: “y la caña de Pan se alza del lodo (es decir, el instrumento con que se hace música divina suele brotar de uno de los más groseros elementos materiales, el cieno).

La dualidad se repite en muchas de las estrofas. Está bastante explícita en la estrofa número once:

Como la Galatea gongorina
me encantó la marquesa verleniana,
y así juntaba a la pasión divina
una sensual hiperestesia humana.

En “Yo soy aquel que ayer no más decía” hay una confesión sincera de Darío sobre sus motivos, obsesiones y credo estético. En él aparecen íntimamente enlazadas su vida y su obra. Por la amplia ringlera de versos que lo componen desfilan algunos de sus símbolos más recurrentes, trabajados con todo el rigor del preciosismo que caracteriza su poética.

Antonio Machado(1875-1939): “Retrato

Antonio Machado.

En 1912 el poeta español Antonio Machado publicó su libro Campos de Castilla, en el que aparece, encabezándolo, uno de sus poemas emblemáticos: “Retrato”. El texto había sido escrito en el año 1906. Está compuesto por nueve estrofas de versos alejandrinos (14 sílabas) que riman de manera alterna, siguiendo el esquema ABAB (serventesio). Como los hechos que refiere el poeta coinciden con los de su biografía personal, aun él lo titulara “Retrato”, más bien se trata de un autorretrato.

El autor comienza hablando de su niñez, que tuvo como escenario la ciudad de Sevilla (España). Lo que en él se presenta es una visión fugaz de la tierra natal, en la que evoca un huerto familiar, donde “madura un limonero”. De inmediato da un salto a su juventud, la cual resume en “veinte años en tierra de Castilla”, además de unos recuerdos que, o no le son gratos,o no vienen al caso:

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

De inmediato pasa a abordar el tema de su vida sentimental. De ella destaca que no ha sido un seductor del tipo que fueron don Juan de Mañara(noble español al que se le atribuye haber sido muy mujeriego) y el marqués de Bradomín (personaje literario, especie de Don Juanque protagoniza las Sonatas, novelas del escritor Ramón de Valle-Inclán). Sin embargo, las experiencias sentimentales no le fueron ajenas, pues afirma que él también recibió las flechas de Cupido, y con algo de discreta picardía confiesa que amó “cuanto ellas pueden tener de hospitalario”. Si hospitalario es una persona o lugar que recibe o acoge agradablemente a quien de manera temporal le visita, y esto lo aplicamos al cuerpo femenino, ya podemos imaginar cuánto hay de sugerencia en el citado verso.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

En la tercera estrofa, la voz poética (que atribuimos a la del propio autor, ya que se trata de un autorretrato), hace algunas precisiones. Si bien en el primer verso asume que por sus venas corre sangre jacobina (jacobinos: revolucionarios franceses del tiempo de la Revolución de 1789, se destacaron por su radicalidad y exaltación), sus versos son apacibles como agua de manantial, es decir, no hay en ellos atisbos de rebeldía o exaltación. Asimismo, advierte que más que un hombre poseído por una doctrina, él, por convicción propia, jamás inducido por ideologías y corrientes de pensamiento, escogió ser un hombre de bien. En pocas palabras, el poeta asume que es bueno por convicción propia y que aunque hay en su ser algo de rebeldía, su poesía no se alimenta de ello, sino que es pura y sosegada como agua remansada.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

De inmediato, nuestro bardo pasa a fijar una posición sobre las corrientes estéticas de su época. Afirma que adora la belleza, lo cual es natural en todo cultivador del arte literario ocualquier clase, admite que fue partidario del poeta francés Pierre Ronsard del siglo XVI, pero no le seducen los excesivos refinamientos de las poéticas en boga. Ronsard, es un poeta muy del gusto de los modernistas, especialmente de Rubén Darío, que lo menciona en varios de sus versos. Machadohace notar que ha marcado distancia con relación a esas tempranas inclinaciones, pues los dos últimos versos de la cuarta estrofa implican una censura al esteticismo excesivamente refinado que dominaba las letras hispanoamericanas.  El tercer verso de dicha estrofa rechaza esos ornamentos excesivos, y lo hace llamándolos despectivamente “afeites de cosmética”. Es fácil comprender la intención despreciativa si tenemos en cuenta que un afeite es un producto de embellecimiento de la piel o del pelo, usado principalmente en la cosmética femenina. Por tanto, la comparación es menospreciativa. De igual manera, con el cuarto verso el poeta procura marcar aun más la distancia con relación a los poetas adscritos al Modernismo al advertir que él no es ave “del nuevo gay-trinar”.

La desdeñosa expresión se refiere a los poetas que se acogían devotamente al movimiento liderado por Rubén Darío. Puede que alguno piense que se trata de una alusión a la homosexualidad, no obstante, el término gay, que en las últimas décadas ha pasado a referirse a la relación homosexual, hasta hace unos años significaba, entre otras acepciones, divertido, alegre. Parece que este es el sentido más próximo al verso machadiano. No olvidemos que el Modernismo celebra los placeres de la vida bajo el influjo del epicureísmo griego, como el mismo Darío admitió en unos de sus escritos: “Tengo, sí, un epicureísmo a mi manera: gocen todo lo posible el alma y el cuerpo sobre la tierra, y hágase lo posible para seguir gozando la otra vida” (citado por Díaz de Revenga, 2007: 234). A ese contextose ajustan los adjetivos señalados.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

La estrofa cinco es una prolongación temática de la anterior. En ella, Machado expresa su menosprecio a los que escriben poemas de gran sonoridad, pero vacíos de contenido, textos intranscendentes, que sólo se sostienen por el barniz de la forma. El segundo verso reafirma el rechazo a una poética ocupada en naderías, puro artificio verbal y retórico que él compara con los cantos que los grillosdirigen a la luna. Los dos versos restantes de la estrofa afirman el discernimiento del bardo en cuanto a saber diferenciar entre las voces originales y las que sólo repiten las formas y los procedimientos ajenos, los cuales considera ecos. Así, entre todas esas voces (escrituras) sólo se detiene a escuchar (a leer) una: la original, la que traza las pautas al resto de los que integran la cofradía. También podría referirse a su propia voz, en un gesto de reafirmación de su individualidad personal y creadora.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

La sexta estrofa inicia con una pregunta retórica. En ella, el bardo se muestradubitativorespecto al lugar que le corresponde dentro de la nomenclatura de las letras españolas: ¿pertenece al renglón de los clásicos o al de los románticos? Después de todo, no es algo que le preocupe, más bien procura que la eficacia de su poética, y por tanto su trascendencia y legado, dependa más del sello personal que imprima a su escritura que el haber estado afiliado a tal o cual corriente artística.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

La séptima estrofa la reserva Machado a hablar de la relación consigo mismo. En ella se reafirma su vocación solitaria. Al leerla pensamos en ese estado contemplativo en que la mirada del poeta se dirige hacia su interioridad, modo de procurarse el autoconocimiento. Ello lo acerca a la vida ascética, que es una forma de búsqueda espiritual en solitario, aunque los fines del poeta sean más estéticos que motivados por alguna aspiración de tipo religioso o místico. Allí, en su intimidad, se ha encontrado con un buen amigo: una proyección del yo del autor, ese que le “enseñó el secreto de la filantropía. Lo contradictorio es que la filantropía nos hace amar al prójimo, y en este caso el bardo se refiere a sí mismo. Se trata, pues, de un desdoblamiento psíquico. Sin embargo, no hay contradicción, porque el amor hacia los demás debe partir de un sano y auténtico amor propio. Sólo quien se ama a sí mismo está en condiciones de amar a los demás.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

En la octava y penúltima estrofa el autor quiere dejar establecida su independencia. No ha recibido el beneficio de un mecenazgo, por lo que ha debido generarse los ingresos para cubrir su subsistencia y todas sus necesidades. Frente a tantos intelectuales que andan mendigando un cargo oficial u otro tipo de prebendas, Machado se erige como un intelectual digno, honrado, absolutamente independiente.

Y al cabo, nada os debo; me debéis cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Finalmente, en la novena estrofa nuestro poeta aborda el tema de la muerte –es decir, de su muerte–. Y lo hace con una hermosa metáfora: la de la nave que parte rumbo a lo desconocido, el último viaje, el cual guarda una relación de intertextualidad con otro poema: “El viaje definitivo”, de un poeta contemporáneo de Machado: Juan Ramón Jiménez. En ese viaje final de la vida, el poeta irá “ligero de equipaje”, casi desnudo como los peces. Versos que vienen muy a propósito a quienes se pasan la vida atesorando riqueza y fama, olvidando que al partir de este mundo nada nos llevamos. Machado estuvo claro: fama y fortuna se quedan aquí, que al final todos nos vamos “ligeros de equipaje”.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Continuará

Bibliografía

Cervantes, Miguel (2001). Novelas Ejemplares. Madrid: Editorial Alba.

Darío, Rubén (1990). Antología poética. Bogotá: Editorial Norma, S. A.

Díaz de Revenga, Francisco J. “Los poemas filosóficos de Rubén Darío”. Revista Monteagudo, 3ª Época –N° 12. 2007, págs. 233-236.

Góngora, Luis y Quevedo, Francisco (1992). Lírica barroca española. Quito: Editora Libresa.

Góngora, Luis (2008). Obras completas. Edición de Antonio Carreira. Madrid: Fundación José Antonio de Castro.

Machado, Antonio (1999). Campos de Castilla. Madrid: El Mundo, Unidad Editorial, S. A. Colección Millenium, las 100 joyas del milenio.