Corría lenta una calurosa mañana de inicios del mes de noviembre del 1988, cuando acompañado de cerca por una  joven amiga alemana y varios ujieres dominicanos, cruzó el umbral de la puerta de mí estudio,  el  importante pintor ecuatoriano y del mundo: Oswaldo Guayasamín (1919–1999).1  Bajo de estatura,  con rostro duro al igual que el trazo de sus pinturas, irradiaba en su fisonomía la marca distintiva de los genes del indígena sudamericano. Cara regordeta coronada por un pelo lacio, ya grisáceo por el tinte de sus sesenta y nueve años, en donde enfatizaban unos ojos grandes e inquisidores, como si quisieran taladrar mas allá de lo visual externo para llegar a la esencia fundamental  de lo percibido.

Oswaldo Guayasamín

Guayasamín había llegado por primera vez a Santo Domingo, como parte importante de los actos de festejos de uno de los tantos años aniversarios de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Su rector,  para ese entonces Franklin Almeyda, había logrado por intermediación del Prof. Juan Bosch, gran amigo del artista, que este realizara para la ocasión,  su primera y única gran exposición en la ciudad de Santo Domingo. La importante  muestra de Oswaldo Guayasamín, efectuada en los salones de exposiciones de Casa de Bastida, mostró una amplia y exquisita selección de dibujos, litografías,  serigrafías y pinturas, entre las que destacaban piezas de la famosa serie “La Edad de la Ira”. Conjunto de obras realizadas en la década del sesenta,  en la que se expresan con la genialidad característica de su pincel, los horrores de los conflictos bélicos, las dictaduras, las torturas y el dolor humano bajo el imperio de los dictadores.  

Mientras observaba detenidamente los trabajos gráficos que se  realizaban en mí atelier, exponía con voz pausada sus concepciones estéticas sobre el arte, refería anécdotas sobre sus inicios en la pintura y concluía por lo general con comentarios auténticos sobre las obras que se le mostraban. Con toda naturalidad se acomodo en una banqueta del estudio, desde donde mantuvo un florido diálogo sobre su vida y obra, mientras aspiraba con deleite el humo de un cigarro que había encendido. En algún momento, mientras lo escuchaba, cavilaba sobre los intricados problemas relacionados con la naturaleza y la personalidad de los artistas, de como aquel alter deux  (otro dios), a que hacia referencia Alberti, enlaza íntimamente el proceso creativo a la divinidad propia de dioses, o la entrampan al necesario toque de locura que acompaña al genio, según el celebre aforismo tantas veces citado de Séneca: “nullum magnum ingenieum sine mixtura fuit”  –jamás ha habido un gran talento sin algún toque de locura. 

Manos de la Protesta.La Edad de la Ira. Óleo sobre tela

Con la fuerza y pasión que desborda en sus cuadros, así supo encandilarnos con sorprendentes anécdotas de sus inicios en la pintura de su Ecuador; donde dada la pobreza y miseria en que vivían,  le obligó en cierto momento, según narró, –“a llegar a utilizar la leche de su madre que amamantaba a unos de sus diez hermanos, como sustituto del color blanco que necesitaba para sus primeras pinturas como estudiante de arte, ya que no tenían dinero para adquirir materiales pictóricos”; pasando por contar la prodigiosa sorpresa recibida en Santo Domingo, al poder volver a contemplar una de cinco obras suyas adquiridas por Nelson Rockefeller, de su primera exposición en Ecuador, en la pinacoteca de un coleccionista dominicano. Para finalizar, narrando la enorme satisfacción vivida al realizar su primer retrato.

–1961– al  líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro;  quien relatara ese encuentro,  posteriormente, en un discurso al inaugurarse la “Capilla del Hombre”, obra del artista visual. Dice Fidel :–Por primera vez, me vi sometido a la torturante tarea. Tenia que estar de pie y quieto, según me indicaba.  No sabia si duraría una hora o un siglo. Nunca había visto a alguien moverse a tal velocidad, mezclar pinturas que venían en tubos de aluminio como pastas de dientes, revolver, añadir líquidos, mirar persistente con ojos de águila, dar brochazos a diestra y siniestra sobre un lienzo, en lo que dura un relámpago, y volver sus ojos sobre el asombrado objeto viviente de su febril actividad, respirando fuerte como un atleta sobre la pista, en una carrera de velocidad. Al final observaba lo que salía de todo aquello. No era yo, era lo que él deseaba que fuera, tal como quería verme; una mezcla de Quijote con rasgos de personajes famosos de las guerras independentistas de Bolívar.

Con el precedente de la fama que ya entonces gozaba el pintor, no me atreví a pronunciar una palabra. Quizás le dije finalmente que el cuadro era excelente. Sentí vergüenza de mi ignorancia sobre las artes plásticas. Estaba nada menos que en presencia de un gran maestro y una persona excepcional, que después conocería con creciente admiración y profundo afecto, Oswaldo Guayasamín.2

Al final de la tarde, de ese memorable día, marchaba del estudio el gran maestro latinoamericano y del mundo.  Extendiéndome,  con la franqueza que le precedía, invitación para ir a trabajar con él en su taller gráfico de la Fundación Guayasamín; algo que nunca me cruzó por la mente materializar, pero que lo justiprecié siempre, inmensamente,  por lo que simbolizaba ese coloso del arte universal.   

  1. https://es.wikipedia.org/wiki/Oswaldo_Guayasam%C3%ADn
  2. Fragmento del discurso de Fidel Castro, en la ceremonia de inauguración de la “Capilla del Hombre”, en noviembre de 2002.

https://www.youtube.com/watch?v=dAZNx3r5GYo