La conquista española del nuevo mundo,  marcó un proceso de transculturación entre el mundo europeo y el indoamericano, que se materializa en el mestizaje racial y cultural,  al mismo tiempo que a cambios en forma de vida, organización social, política y religiosa.

La vida en nuestra isla caribeña, supuso un proceso de destrucción y  transformación,  en donde los conquistadores erigieron nuevas construcciones, fortificaciones y templos, al mismo tiempo que instauraron una explotación esclavista para trabajar la minería, los ingenios y puertos necesarios,  para que sus barcos retornaran a la metrópoli con las preciadas cargas de materias y productos, del territorio ocupado.

Collar de Larimar

En los necesarios talleres de la colonia, hábiles manos de nativos, españoles, mestizos, negros y criollos, se convierten en diestros carpinteros, herreros, fundidores de metales, canteros y tallistas de imágenes, en labradores de artesonados, altares, coros, pulpitos, balcones y muebles. En talabarteros y tejedores de nuevas fibras y diseños.

Aunque la independencia de España, represento un cambio significativo en la categorización económica  con la liberación de los esclavos, las formas de tenencias de las tierras y los instrumentos del poder económico y cultural, siguieron en manos de una clase criolla y mestiza,  que en cierta forma continuó con el modelo de gobierno español.

Algunos hechos de transculturación social,  así como un mayor poder de la nueva clase criolla y mestiza,  influyeron en el uso de la vestimenta, que dejó libertad a la mayoría de la población, a llevar prendas de vestir  reservadas durante la colonia a la clase dominante.

La demanda de ciertos productos y servicios aumento el número  de artesanos urbanos dedicados a los oficios de sastrería, bordados, zapatería, ebanistería, carpintería, cerámica, joyería, cerrajería, forja, en perjuicio de las artesanías de textiles, tejedores de fibras,  imaginería, tallistas de madera y piedra, especialmente las rurales,  que decayeron notablemente.

La labor artesanal en sus inicios, estuvo determinada por la carencia de productos para suplir necesidades utilitarias de la sociedad. Con el posterior  desarrollo de la industria,  a partir de la Revolución Industrial, el producto hecho a mano fue decayendo,  para dar paso a una producción mecánica serial masiva,  necesaria para suplir la demanda intensiva de bienes y servicios por parte de una sociedad cada vez mas consumista.

Es a partir de la creación en nuestro país de la Cooperativa de Industrias Artesanales (COINDARTE), en la década de los cincuenta,  donde comienza a tomarse conciencia y potenciarse la elaboración del producto artesanal,  hecho a mano, utilizando materiales nativos, con concepciones de diseños que explotaron  nuestras raíces autóctonas, para la creación de una artesanía de cierta calidad,  que fue exhibida,  en su momento culminante, en la denominada “Feria de la Paz y Confraternidad del Nuevo Mundo”, evento organizado en 1955  por la dictadura trujillista.

En 1965, el gobierno dominicano crea el Centro Nacional de Artesanía (CENADARTE), institución concebida esencialmente para la capacitación y formación de artesanos, la que desdichadamente por la poca visión, carencia de gestión y peores administraciones,  ha venido languideciendo paulatinamente,  hasta convertirse en un deposito de equipos y mobiliarios obsoletos, en donde medran las consabidas botellas designadas por los Ministros de Cultura de turno, quienes no han realizado el suficiente esfuerzo para importantizar una industria cultural que camina al unísono con el avance turístico dominicano.

Careta

La artesanía dominicana, con un relativo volumen de producción en cerámica, orfebrería, caretas, muñequería, pinturas,  textiles, fibras, madera y cuero, entre otras;  dada la importancia y  la cantidad de fuentes de empleos  que puede propiciar su dinamismo, para la incubación de micro, pequeñas y medianas empresas, y advirtiendo su vinculación económica con la industria turística, sector en continuo crecimiento económico, que ha pasado a ser una de las primordiales fuentes de ingresos de la nación, amerita de una atención puntual que revierta el estado de desamparo y desinterés por parte de las instituciones estatales responsables de propiciar un salto cualitativo y cuantitativo del sector.

Las posibilidades  del mercado artesanal se evidencian con  algunos datos:

  • En República Dominicana la artesanía origina ingresos para más de 7,000 mil familias, situadas geográficamente y principalmente en: Santo Domingo, Puerto Plata, Cibao Central, Santiago, Monseñor Nouel, Samaná, Espaillat, Región Este (Bávaro, Punta Cana, Macao, La Romana, Higuey-La Otra Banda) San Pedro de Macorís, Juan Dolio, Boca Chica y La Caleta.
  • Según cifras del Banco Central, durante el año 2014, arribaron al país un total de 5,141,377 turistas extranjeros, dejando ingresos al estado por RD$6.811.470,205.
  • . La producción y venta de objetos artesanales destinados al turismo movieron más de 500 millones de dólares durante ese año.
  • Las obras de artesanías también son consumidas por un mercado nacional, que las adquiere en tiendas de estos productos, vendedores ambulantes, y ferias artesanales organizadas por el sector público o privado.
  • Otro componente a tener en cuenta,  dentro de las posibilidades y viabilidad de mercado,  es el de las exportaciones hacia los Estados Unidos y países de Europa en donde viven más de dos millones de dominicanos,  potenciales compradores de productos artesanales generados por manos criollas, dentro de una estrategia de identificación con sus raíces.

La significación de la artesanía para los valores culturales tradicionales y su influencia en el proceso de desarrollo como  medio para combatir los problemas del desempleo de nuestra población, merece ser objeto de primerísima atención por parte de los sectores responsables de contribuir con el bienestar de la sociedad dominicana; ya que ante la carencia de planes indispensables para combatir el letargo en que se encuentra la artesanía dominicana, la necesidad de propiciar nuevas líneas de productos y diseños, la falta de una  marca-país que certifique su  autenticidad y calidad,  el uso limitado de una gran disponibilidad de materias primas  y la carencia de una legislación que obligue a la

Cerámica

identificación del país de origen, han empujado a conocidos empresarios (dominicanos y extranjeros) del sector, a la dañina practica de importación,  en enormes cantidades, de artesanías producidas en centros industriales de otras naciones (China, Indonesia, Filipina, Haití, Perú, Colombia), a las cuales se le coloca el sello de “República Dominicana”, para ser vendidas, falsamente, como artesanía dominicana.

El daño que se ocasiona con esta práctica ilegal, a las posibilidades del desarrollo de una industria artesanal nacional, debe ser sujeto de atención por parte del estado dominicano y las entidades de la sociedad civil,  quienes deben propiciar la capacitación, diversificación, mejora,  financiamiento y legislaciones adecuadas, para proteger e impulsar el desarrollo y la creatividad de una genuina artesanía dominicana.