El amor, madre, a la patria

no es el amor ridículo a la tierra

ni a la yerba que pisan nuestras plantas;

es el odio invencible a quien la oprime,

es el rencor eterno a quien la ataca.

José Martí

 I.

27 de febrero: aniversario de la Patria

La patria está de aniversario, y aunque nuestro sistema político anda muy lejos de nuestras aspiraciones y de quienes dieron origen al Estado dominicano, se vale celebrar. Sí, celebrar los ideales y sueños de nuestros padres fundadores, que siempre habrán de ser el punto de partida de nuestras utopías y de nuestras ambiciones republicanas. Celebrar el espíritu inconformista de una gran cantidad de hijos de esta tierra, expresado una y otra vez en diversos escenarios: la lucha amarilla por el 4% para Educación, la Marcha Verde contra la corrupción, la resistencia a la depredación de Loma Miranda, las movilizaciones en la Plaza de la Bandera… Cada una de esas manifestaciones cívicas nos dice que hay un espíritu ciudadano activo, apostando al adecentamiento y engrandecimiento de la República. Lo demás es retórica y demagogia, es decir, lo demás corresponde al reino falsario de nuestros políticos, que con muy contadas excepciones siguen tramando y fraguando iniquidades contra el presente y el porvenir de la patria.

Desde los primeros años de nuestra niñez se nos habla insistentemente de la patria, pero rara vez se le define. De todos modos, por simple intuición desde nuestros primeros años todos sabemos en qué consiste, pues ella se hace concreta y tangible en diferentes esferas de nuestra cotidianidad. El Diccionario de la Real Academia la identifica como “Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”. Pero da igual que sepamos o no definir el concepto de patria; basta con sentirla y con amarla. No con ese amor enfermizo de quienes pretenden apropiársela para vivir de sus rentas, sino acatando la sentencia de Martí: “la patria necesita sacrificios. Es ara y no pedestal. Se la sirve, pero no se la toma para servirse de ella” (Martí, 2011: pág. 196).

El tema de la patria ha tenido mucha repercusión en la poesía. Lo han cultivado profusamente los poetas militantes de las causas políticas y sociales, pero también los poetas más alejados de esos tópicos. Veamos algunos casos.

El amor a la patria fue lo que llevó a Pedro Mir a plantear:

Don Pedro Mir, poeta de la patria dominicana.

Si alguien quiere saber cuál es mi patria

no la busque,

no pregunte por ella.

Siga el rostro goteante por el mapa

y su efigie de patas imperfectas…

(“Si alguien quiere saber cuál es mi patria”, Mir, 2013: pág. 24).

 

Amor doloroso el que cifra nuestro Poeta Nacional en este poema, eso que se siente al ver cómo ultrajan a la patria. También Héctor Incháustegui Cabral nos habla de una patria oprimida, con una naturaleza fuertemente agredida, donde un pueblo languidece, víctima de la injusticia social.

Héctor Incháustegui Cabral
Héctor Incháustegui Cabral

Patria,
jaula de bambúes
para un pájaro mudo que no tiene alas,
Patria,
palabra hueca y torpe
para mí, mientras los hombres
miren con desprecio las pies sucios y arrugados,
y maldigan las proles largas,
y en cada cruce de caminos claven una bandera
para lucir sus colores nada más…

(“Canto triste a la patria bien amada”, en Gutiérrez, 1995, págs. 152-153).

 

Y Rafael Valera Benítez, entre tierno y sufriente, se dirige a la patria en estos términos:

Rafael Valera Benítez
Rafael Valera Benítez

Patria mía en la sed, soy sólo un hijo

tuyo golpeado. No deseo ser nada sino una parte

blanda, pequeña de tu pobre pan. Sólo querría

ser la hierba tocada por tu mano dulce. Yo no

deseo nada sino mirarte, vivir en los escombros

de tu pelo. Sólo quiero tocarte la soledad

en medio de la noche, cerrar la puerta

por donde entra sin pausa tu martirio.

(“Balada para la patria inocente”, en Rueda, 1996, pág. 338).

 

Y esta interesante conclusión de Borges, con que cierra su “Oda escrita en 1966”:

Jorge Luis Borges.
Jorge Luis Borges.

Nadie es la patria, pero todos lo somos.

Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,

ese límpido fuego misterioso.

(Borges, 1999: págs. 177-178).

Sólo hemos citado algunos poemas dedicados a la patria. Exhortamos a nuestros lectores a completar la lectura de esos textos (aparecen en Internet) y a buscar otros que tratan esta misma temática.

 

II. Salomé Ureña (1850-1897): “27 de Febrero

Salomé Ureña.

No mucho tiempo después de que la patria iniciara su azarosa andadura por la historia republicana, el 27 de febrero de 1877, nuestra ilustre poeta de ese siglo compuso un poema dedicado a esa conmemoración. Lo tituló, precisamente, “27 de Febrero”. Apenas habían transcurrido 33 años de vida independiente; sin embargo, la jovencita República había pasado por el duro trauma de una ocupación extranjera (Anexión a España –1861–) y una nueva guerra independentista (Restauración –1865–). Mal inicio tuvimos, la adversidad nunca nos dio tregua; mejor dicho: es lo que menos nos ha faltado en este periplo de vida independiente que dentro de poco más de dos décadas cumplirá dos siglos. Transcribimos el poema de manera íntegra, tras lo cual haremos un comentario general sobre el mismo.

Juan Pablo Duarte. Pinturas de Miguel Nuñez.

¡Oh fecha generosa

que el patriota saluda y reverencia;

en que libre flotara victoriosa

la enseña de la patria independencia!

 

En que a la voz de fama

de Dios y Libertad, el fuerte acero

requiriendo a la lid, que el pecho inflama,

triunfar o perecer juró el guerrero.

 

Y la servil librea

al desechar audaz, con ira santa,

entre aplausos de asombro, gigantea,

espléndida, Quisqueya se levanta.

 

¡Venciste, oh Dios, qué gloria!

Venciste, Patria, y tu preclaro nombre

con destellos de luz graba la historia,

y te tributa admiración el hombre.

 

Mas ¡ah! ¿piensas que basta

ese triunfo de hazañas y grandezas?

¡A más altura tu bandera enasta!

De otra lucha te aguardan las proezas.

 

Convoca tus legiones,

no ya al festín de la matanza fiera,

sino a la santa lid de las naciones

donde el talento vencedor impera;

 

donde el soldado errante

su ingénito valor, su fuerza augusta,

templa del orden al respeto amante

y del trabajo en la gallarda justa.

 

Tus campos sin cultivo,

que se dilatan bajo un sol de fuego,

en su vigor aguardan primitivo

de fecundante paz el blando riego.

 

Aguardan, del celoso

y activo agricultor, vastos plantíos

que tu crédito alzando poderoso

te den aliento y esperanza y bríos.

 

De la segur al filo

dobleguen la cerviz tus selvas graves,

para dar a los pueblos un asilo,

vida al comercio, y a los puertos naves.

 

¡Ay, abre nuevas sendas;

que se levanta el sol, y el iris raya,

y el progreso benéfico sus tiendas

viene a sentar en tu desierta playa!

Acoge al huésped regio

que a ti se acerca recorriendo climas,

y albergue digno a su esplendor egregio

presurosa levántale en tus cimas.

 

Acude, que la suerte

le conduce feliz a tus regiones;

y grande, y libre, y poderosa, y fuerte,

de la industria llevando los blasones,

 

la que hoy en tus baluartes

enseña nacional la brisa ondea,

tremolando en el templo de las artes,

de nueva gloria monumento sea.

(Febrero de 1877).

Las primeras tres estrofas constituyen una alborozada celebración del momento en que se produjo la proclamación de nuestra independencia, hito que marca el final de un largo período en que los gobiernos eran impuestos desde fuera, y el inicio de nuestra historia republicana, independiente. Nuestra poeta expresa emocionada la euforia de ese primer momento en que nace la patria, trémula y balbuciente, de las rudas manos de nuestros primeros patriotas. La voz narrativa, haciendo uso del recurso de la apóstrofe, se dirige a la fecha conmemorativa, al 27 de febrero, para ensalzar el fausto acontecimiento del nacimiento del Estado dominicano.

A partir de la cuarta estrofa la voz lírica continúa apostrofando, pero esta vez su interpelación va dirigida a la patria, volviendo a resaltar la gloria alcanzada con el triunfo del proyecto de autodeterminación política. Luego pasa a advertir que no basta con ese primer logro, obtenido mediante el uso de la fuerza; que a partir de ese momento se precisa de otras grandes batallas, no violentas, sino aquellas donde el trabajo y el talento se articulan para impulsar un estadio de progreso y civilización. Para ello se necesitaba de nuevos soldados que armados de instrumentos de labranza pusieran a producir la tierra para arrancarle toda la riqueza que sólo ella era capaz de dar. Hay que tener en cuenta que este llamado se producía en el último tercio del siglo XIX y que en esos años el principal medio de producción de riqueza en el país era la agricultura. Pero había mucha tierra sin cultivar y se precisaba de manos que más que el fusil de la guerra asieran la segur (el hacha) y el machete para convertir los bosques y terrenos baldíos en plantaciones y en centros poblacionales donde se acrecentara el comercio y, en consecuencia, los puertos se activaran con la entrada y salida de productos y mercancías.

También pide que se abra el país a la entrada de extranjeros que desearan emigrar a nuestra tierra (“Acoge al huésped regio…”). La idea era que llegaran inmigrantes de otras naciones más desarrolladas, que trajeran experiencias, conocimientos y, sobre todo, recursos económicos para emprender proyectos que pudieran resultar beneficiosos para la República. En esos años de escasa producción el comercio era muy limitado y se necesitaban industrias que convirtieran en mercancía manufacturada la materia prima que generaba el cultivo de la tierra. Y en cuanto al aspecto poblacional, el territorio dominicano había sufrido una considerable merma en años anteriores. Humberto García Muñiz (2005: pág. 3) revela que: “Entre 1795 y 1819 Santo Domingo sufrió una catástrofe demográfica al perder por muerte y emigración entre un 35 y un 50% de su población. Como resultado quedaron 71.223 habitantes en 1819, frente a los 119.600 censados en 1782”. Así que, aunque nuestra poeta se refiriera a la acogida de inmigrantes con posibilidad de implementar iniciativas de orden económico, la entrada de inmigrantes en general no podía ser más oportuna.

Y, ciertamente, no faltaron extranjeros que contribuyeron al progreso del país. Por ejemplo, a finales de ese siglo comenzaron a llegar inversionistas, principalmente cubanos, que instauraron ingenios azucareros modernos. Así empezó la industrialización azucarera dominicana. Asimismo, llegaron ciudadanos de otras naciones que contribuyeron al desarrollo de otros importantes renglones. Tal es el caso del portorriqueño Eugenio María de Hostos, fundador de la educación moderna en nuestro país, quien contó con el concurso entusiasta de hombres y mujeres, como nuestra autora, Salomé Ureña, quien inspirada en el modelo educativo hostosiano fundó una escuela femenina. Allí se formaron nuestras primeras maestras normales.

El poema cierra con un fuerte hipérbaton (“la que hoy en tus baluartes / enseña nacional la brisa ondea”, que devuelto a su orden natural sería: “la enseña (bandera) nacional que hoy ondea en tus baluartes”). En esta estrofa final la voz poética expresa su deseo de ver resplandeciente la bandera dominicana como señal de triunfo, ya no sólo político y económico, sino de las obras que nacen como producto de la creatividad humana, aquellas que se realizan mediante el cultivo de las bellas artes para el más elevado goce espiritual.

Como podemos observar, Salomé Ureña no sólo propugnó por el asentamiento de las bases para el desarrollo económico de nuestro país, sino que su visión de la patria iba mucho más allá, era más abarcador: concebía un país económicamente desarrollado y, al mismo tiempo, que ese progreso material se complementara con el desarrollo de nuestras potencialidades artísticas y culturales. Ni que decir que aún estamos lejos de alcanzar ese sueño poético, ese ideal, tal vez utópico, pero irrenunciable, de constituir una República Dominicana próspera, fuerte y civilizada. 

III. Epílogo patrióticamente festivo

Plaza de la Bandera, Santo Domingo, República Dominicana.

La Patria

Ese hogar protector que nos guarece; ese techo común que cada noche se llena de estrellas para iluminar nuestros sueños; ese espacio donde sufrimos, luchamos, resistimos y nos alegramos juntos o dispersos.

Patria común de anhelos, de esperanzas, de desengaños y de sueños rotos. Patria de ríos donde bañamos nuestros descansos; de montañas donde junto a las aves montaraces anidan nuestros más elevados ideales; de playa, arena y sol donde muchos ciudadanos del mundo vienen a ahogar su estrés acumulado en largas jornadas de trabajo.

Patria de poetas que cantan al amor, a la libertad, al esfuerzo, a la naturaleza pródiga con que Dios o el Divino Azar nos premió. Salomé, Gastón Deligne, José Joaquín Pérez, Pedro Mir, Manuel del Cabral, Franklin Mieses Burgos, René del Risco…

Patria de apacibles cocoteros que dormitan a orillas del mar azul.

Patria de Duarte, de Sánchez, de Mella, de Luperón, de Espaillat, de Hostos, de los Henríquez y Carvajal, de Salomé, de Américo Lugo, de Gregorio Urbano Gilbert, de las hermanas Mirabal, de Tavárez Justo, de Caamaño, de Juan Bosch…

Patria de Juan Luis Guerra, que ha ido de un extremo al otro del mundo a representarnos con los vivos colores de nuestra música.

Patria de la guerra, Patria de la paz. Patria mía, tuya. Patria que no es de nadie y es de todos. Patria dominicana, la más hermosa a los ojos de quienes hemos nacido y seguimos respirando bajo su cielo. Patria paradisíaca para los ojos enamorados que la contemplan.

Patria para amarla, Patria para defenderla, Patria para protegerla.

Mi orgulloso corazón dominicano te saluda, oh Patria dominicana.

Bibliografía

Borges, Jorge Luis (1999). Antología poética. Alianza Editorial.

García Muñiz, Humberto (2005). “La plantación que no se repite: Las historias azucareras de la República Dominicana y Puerto Rico, 1870-1930”. Revista de Indias, 2005, vol. LXV, núm. 233, Págs. 173-192, ISSN: 0034-8341.

Incháustegui Cabral, Héctor. “Canto triste a la patria bien amada” en Gutiérrez, Franklin (1995). Antología histórica de la poesía dominicana. Nueva York: Ediciones Alcance.

Martí, José (2011). “Carta a Ricardo Rodríguez Otero”. Obras completas. Volumen I. La Habana: Centro de Estudios Martianos.

Martí, José (2011). Abdala. Obras completas. Vol. 18. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Mir, Pedro (2013). Sol para las doceAntología poética– Santo Domingo: Editora Alfaguara.

Ureña, Salomé (1997), Poesías completas. Santo Domingo: Comisión Permanente de la Feria del Libro.

Rueda, Manuel (1996). Dos siglos de literatura dominicana (S. XIX – XX). Poesía II. Santo Domingo: Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos. Colección Sesquicentenario de la Independencia Nacional.