BUENOS AIRES, Argentina.- Las experiencias de los festivales, en muchas ocasiones, son gratificantes y reponen la certeza de un cinéfilo y, crítico a la vez, de que en el cine son muchas las historias que se pueden contar, sin importar las intenciones y la dirección del autor.

Aunque todo está dicho en el cine, este arte que hace 116 años iluminó por primera vez una pantalla blanca dirigida hacia un público espectador, todavía me puede ilusionar y hasta conmover.

Las experiencias  que este crítico de cine ha podido acumular en todos los festivales internacionales que ha podido asistir, por distintas causas y funciones, han servido para corroborar el gran camino que tiene que recorrer el cine dominicano.

Por una parte, el desarrollo de un público que tiene que empezar a apreciar otros valores del cine criollo, aceptar las deficiencias que se tiene y alentar a exigir mejores productos.

Por el otro lado, también elevar la calidad del ethos en el discurso criollo y aumentar su rango de acción de temas con el mayor rigor cinematográfico.

Estar en el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI) me ha dado la razón de lo mucho que nos falta por trabajar en materia de producción cinematográfica. Estar en un festival, caracterizado por una propuesta programática alucinante y amplia, permite tener una visión más elemental de la capacidad creativa de esa nueva generación de cineastas que está relevando a los más veteranos del sector.

El cine dominicano está en una etapa larvaria, difícil de comparar con los demás productos que se están haciendo en Latinoamérica o en el resto del mundo

Y lo importante es la revelación fílmica de estar anclado a corrientes estéticas muy diversas y actualizadas. El cine dominicano no está insertado en ninguna corriente presente en la cinematografía mundial.

Ella transita por un mar solitario, caribeño y poco definido. El problema es que estamos dentro de un amasijo sin sentido, donde lo amateur y lo profesional se mezclan sin ayuda ninguna dentro de una cartelera que poco se sostiene.

Actualmente se encuentran “El rey de Najayo”, “La casa del kilómetro 5” y “Jaque Mate”. Tres producciones cinematográficas que se desvanecen en una pantalla que poco importará después.

La primera hace un esfuerzo por aparentar aleccionadora, pero sus fallas en ritmo y credibilidad afectan su discurso, la otra es un pastiche vergonzoso y nada profesional que nunca debió salir a la luz pública; y la tercera, la reconozco más bien como un ejercicio de aula académica y nada más.

Espero que “La lucha de Ana” o “Del color de la noche” traigan un aire de buen cine para aplaudir y premiar

Estas tres cintas anuncian un 2012 lastimero y extenuante para alcanzar algún peldaño de progreso. Espero que “La lucha de Ana” o “Del color de la noche” traigan un aire de buen cine para aplaudir y premiar.

Estando en el BAFICI de Buenos Aires, me he dado cuenta de que el cine dominicano es poco o nada competitivo. No puede ser comparado con algún producto visto aquí. Lo que nos vanagloriamos como progreso, puede ser visto aquí como una risotada insignificante.

Ver cintas como “Policeman” (Israel), “Los salvajes” (Argentina), “Francine” (Canadá), “La mujer en un pozo séptico” (Filipinas) o “Hemel” (Holanda), me han producido una especie de marasmo por lo que se está filmando en República Dominicana.

El cine dominicano está en una etapa larvaria, difícil de comparar con los demás productos que se están haciendo en Latinoamérica o en el resto del mundo.

Por eso considero que hay que encerrarlo en una burbuja, dejarlo en un corral de experimentación hasta vislumbrar un atisbo de profesionalidad, rigor y, más que todo, de seriedad.

Solo así nos daremos cuenta de que este arte hay que tomarlo en serio hasta en las más baratas de las comedias.