Cultura

África, tierra de riquezas, sueños, bellezas y contrastes

Por Gustavo Olivo Peña


MARRAKECH, Marruecos.-Aquella espina apretaba cada vez más. Pasaban años, lustros, décadas y a pesar de ser considerado un viajero de aventuras, no acababa de poner un pie en África. Quizás por ello, mientras cruzaba el Mediterráneo, estaba pegado a la ventanilla, esperanzado en que apareciese aquel continente que tanto anhelaba conocer.

No concebía que la mayoría de los pasajeros estuviesen indiferentes, conversando como si nada estuviese sucediendo, yo tenía mi cámara cerca, pero lo que mas quería era sentir el momento que me había eludido por tanto tiempo. Entonces apareció el verde de una vegetación que no era lo que esperaba encontrar, agarré la cámara y obturé varias veces grabando el mar, la tierra y un ala de el avión de Easy Jet. Por un tiempo fue así hasta que la vegetación se hizo cada vez más escasa y apareció el desierto, y teniendo algo nuevo frente a mí, me sentí mas vivo.

El descenso fue incómodo con los oídos y el estómago fuera de sí mientras comenzaba a divisar el color de las edificaciones de la llamada Ciudad Roja, aquella que Churchill adoraba visitar aun en plena segunda guerra mundial y que le da nombre a su país: Marrakech.

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Ibtissam me respondió: “siempre hago lo mismo, pero tengo varios años trabajando en ese hotel y tu eres el único huésped con el que he salido a tomar algo y pasear”

El aeropuerto de Menara me transportó a mi infancia y adolescencia , aquellos momentos divinos en los que uno subía y bajaba del avión con escalerillas y caminaba por la pista de aterrizaje hasta llegar a los puestos de inmigración. El “progreso” nos ha robado a los dominicanos que amamos el contacto con la tierra esas estampas inolvidables, en las que uno se despedía o volvía a abrazarse con esa esencia del lugar donde nació y ha vivido por mucho tiempo. En Marrakech casi no llueve, así que no hay excusas para arreglar lo que está bien.

En el  puesto de inmigración el agente me preguntó que donde iba a hospedarme, le respondí que no sabia, puso cara de perplejidad, pero me selló el pasaporte. Como solo llevaba mi mochila fui directamente a cambiar unos euros a dirhams. Cuando llegó mi turno la mujer que estaba detrás de  mí se adelantó y se paró en el mostrador, pero el joven que trabajaba allí se había dado cuenta y le dijo que era mi turno. Ella adoptó un semblante femenino, como esperando a que diera alguna muestra de caballerosidad, ese culto a la dama que existe en occidente y del cual se burlan los orientales, pero yo que nunca he creído en este fenómeno irracional que beneficia e idiotiza a unas y somete a otros sin necesidad, tomé mi turno,  evitando así una injusticia más.

En el aeropuerto comencé a darme cuenta de cómo aquella gente, viviendo en una geografía adversa, creaba espacios bellos y útiles para hacer la vida más llevadera y feliz. Me acerqué al centro de información y pregunté dónde podía tomar el autobús al centro de la ciudad, me dijeron  que afuera estaba el número 19 que hacía el recorrido por unos 20 dirhams. Comprobé con el conductor y en unos minutos comenzaba a conocer aquel lugar exótico, de grandes camellos y palmeras.

Le solicité al conductor que me avisase cuando llegara a la plaza Jemaa el Fna, ubicada en la medina de la ciudad. Así lo hizo, me dijo hacia donde caminar, le agradecí, me desmonte como un autómata y comencé a caminar como si conociese el lugar, sin detenerme, sin mirar como extranjero, para evitar en la medida de lo posible la enorme cantidad de gente que se le acerca a uno ofreciendo un servicio o pidiendo algo.

Hacía calor, no había nubes, el sol radiante, pocas sombras, “esto es África”, pensé. Por ello la plaza enorme como pocas todavía tenía poca gente, aunque algunos hombres ya comenzaban a colocar sus establecimientos. Seguí caminando con cierta rapidez, había entrado en las callejuelas llenas de mercados al aire libre que rodean la plaza y no me detenía mucho a mirar los artículos, en el mundo árabe esto suele ser  una invitación a que el vendedor te asedie. En una calle que llegaba a su fin quise doblar a la izquierda para tomar otra, pero un joven que conducía un motor me dijo que por ahí no había mas mercados; al principio pensé que el joven quería que visitase algún negocio propio, pero fue una ayuda gratuita, sin interés. No le dije gracias, no quería llamar la atención delatándome por mi idioma, pero se lo agradecí con la mirada y a partir del gesto de aquel motorista me sentí mejor, mas relajado.

Salí a la plaza nuevamente y aunque eran solo cerca de la seis de la tarde y el sol brillaba con fuerza, recordé experiencias anteriores en otros países en las que había amanecido en la calle o había tenido muchos problemas para conseguir donde dormir, así que comencé a pensar en un hotel u hostal para pasar la noche. No había visto uno solo en aquella zona, que lucía tan comercial y hasta turística, pero muy intranquila para ser hotelera. Pregunté y me hablaron de otro sector pero yo no quería irme de la plaza. Se respiraba tanta vida que aplace la búsqueda y comencé a caminar por una calle peatonal repleta de tiendas.

Observaba gente de todo tipo cuando me encontré con  el letrero de un riad, lugar de hospedaje muy común en Marruecos que los extranjeros suelen adorar. Suele consistir en un edificio antiguo remodelado, que conserva el arte propio del mundo árabe y un patio central con una piscina o un spa en él, con las habitaciones a los lados. Nunca había visto uno en persona así que entre a ver y a averiguar los precios.

En la recepción había una joven con el pelo alborotado y una túnica y maquillaje propios de aquel mundo realmente exótico. Al verme se paro rápidamente y me saludó de manera cordial, me enseñó una tabla con los  precios y preguntó que si quería que me mostrara el lugar. Aunque el precio lucía algo alto, le dije que si. Tomó varias llaves y me pidió que la siguiera y ahí comenzó un viaje por un laberinto de escaleras, habitaciones, aceites, perfumes y belleza  que me transportó a otro mundo.

Ibtissam hablaba árabe y francés, como miles de marroquíes, pero dado que mi francés tenía rasgos portuarios muy acentuados, hacía un esfuerzo por comunicarse en inglés o español. Era fácil adivinar que esta joven tenía debajo de aquella túnica y a pesar de sus anchos pantalones, un cuerpo bien dibujado. Comenzó mostrándome una habitación y al poco tiempo percibía unas esencias nuevas para mis que impregnaban el aire, sábanas y cortinas. Le pregunté acerca de aquellos olores y me los describió con detalles, pues Ibtissam sabía de todo. Luego me dijo: “aunque no te quedes en ella te voy a mostrar la suite” y me llevó a una habitación lujosa típicamente árabe en sus telas y ornamentaciones y allí conversamos un rato.

Aunque por dentro me decía que no debía seguir viendo tantas cosas si no estaba seguro de quedarme allí, ya no podía parar, me sentía embriagado por lo exótico y sensual de aquel mundo y la guía hacia las cosas peores. Ibtissam me llevó al salón  de  masaje y me presentó a la mujer que se encargaba de darlos. Me sentía en otro tiempo y en otro planeta; después de compartir varias habitaciones, pasillos en penumbra, tantos perfumes y belleza con la voz siempre oportuna y sabía de Ibtissam, sentía que una fuerza se iba apoderando de mi. Aunque el sentido común me decía que eso nunca iba a suceder, una parte de mi estaba convencidísima de que aquella mujer y yo terminaríamos amándonos en cualquier segundo. Yo no pensaba  si esta joven era musulmana, si terminaría preso, simplemente no pensaba. Entre ambos se daba la complicidad, el humor, y la energía corría sola.

Parecía que Ibtissam me iba a mostrar el riad entero, llevándome por quien sabe cuantos rincones mas, cuando una inglesa morena que se hospedaba en el hotel la llamo para que le resolviera un problema. Ella no quería ir pero era su trabajo; la atendió y al regreso me mostró la terraza en la azotea y bajamos a la recepción. Aunque estaba encantado y probablemente el lugar valía el precio, yo me había ido programado para algo más sencillo y barato. Le dije que por un precio menor me quedaba, habló con el administrador y así lo hicieron.

Me acosté un rato, encendí el televisor con toda la curiosidad de saber como era la televisión árabe y me llevé una agradable sorpresa al ver que los canales no se acababan. Nunca había visto algo así en ningún hotel ni en ningún sistema de cable, eran cerca de 500 canales, pero lo grande no era eso, había canales de decenas y decenas de países. Iba de uno de Chad a otro de Omán, Armenia, Azerbaiján, Italia, Rusia, Honduras, canales del Islam, Tailandia y así. Cada noche, a altas horas de la madrugada, estaba todavía embobado nutriéndome de tantas culturas. Ahmed, el administrador del hotel con quien luego estreché relaciones, me contó que en Brasil, Rumanía y Marruecos había grandes facilidades para captar señales de satélite.

Me bañé y salí a la calle, fui a un centro de llamadas para tratar de hacer mi programa de radio en vivo desde allá, tal como procuraba hacer cada vez que viajaba, pero había problemas técnicos en la emisora para sacar llamadas al aire.

Me fui a al plaza, cayendo la noche y me encontré con un mar de gente, vendiendo comprando, contando historias, tocando instrumentos que no conocía, caminando … nacionales y extranjeros se restregaban y confundían en uno solo. No había comido en todo el día y el aroma que fluía de los distintos puestos de comida invitaba a acabar con la mala racha. Me senté en uno, pedí el plato nacional de Marruecos, un cuscus con pan y jugo de naranja. Entonces llegaron tres mujeres todas vestidas de negro y cubiertas con su chador, tenían dudas de si sentarse en la mesa en que yo estaba, les hice un gesto positivo y se sentaron.

Parecían ser una madre y dos hijas, una de ellas con una sonrisa flor de labios y bella a pesar del chador. Como había pedido hace un rato llegó mi comida primero, pero antes de probar el primer bocado, me llevé una buena sorpresa; la señora mayor, de algunos cincuenta años tomó su tenedor y se llevó un pedazo del cuscus. Las hijas se llevaron las manos a la cabeza sin poder ocultar la risa y la más simpática y extrovertida le dijo a su madre algo en árabe que parecía una recriminación. Básicamente, yo tenía dos opciones: o condenaba lo que la señora acababa de hacer, que ni lo consideré, o la invitaba a que comiera más. Pero escogí una tercera, puse mi cara de jugador de póker, inexpresiva, ni positiva, ni negativa, y espere. La joven simpática me pidió excusas y en ese momento llegó la comida de las tres; lo primero que hizo fue compartir la suya,

que estaba mejor que la mía, pues me había salido malo el cuscus y aquello fue una cena socialista donde todo el mundo comió de todo, mientras nos comunicábamos mitad con señas, mitad con francés. Ya se iban cuando un niño que atendía las mesas se llevó un plato de papas en el que todavía quedaban algunas. La joven le llamó y le dijo par de cosas, que si yo no había terminado, y lo obligó a traer un plato lleno. Fue así que se despidió aquella mujer. A ella y a su  familia les debo algunos de los momentos más felices de mi vida.

El resto de la noche me la pasé oyendo historias y música en distintos grupos que se formaban en la plaza así como visitando los zocos, pero solo mirando, pues desde hacía años había adoptado como costumbre solo comprar el último día de un viaje.

La mañana siguiente me bañé anticipándome al calor de la calle, baje a desayunar y aquello fue sencillo,  pero exquisito: pan con mantequilla, jugo de naranja y café con  leche; pero más que mantequilla me servía aceite de oliva encima del pan. Desde

aquel viaje me volví un adicto al más puro de los aceites. En el Riad Mabrouk llevaban el desayuno a la habitación, pero a mi nunca me ha gustado abusar.

Salí a andar, iba rumbo a los jardines Menara y en el camino me formé una leve idea  de lo que es vivir en África. Después de cerca de media hora caminando bajo el sol ardiente con escasa vegetación y viendo algunas camellos, vi a un  joven que iba delante de mi todo el camino detenerse cansado y aprovechar una llave de agua que estaba accesible; el era de allá pero su rostro lo decía todo: aquello era muy duro. Lo que vivimos en el Caribe es fortísimo, pero África es África .

Me detuve en la estación de trenes desde donde salían varios a distintas partes de Marruecos. Quedé maravillado con la belleza y la limpieza del lugar. A mi lado se sentó una  mujer de unos treinta años, comenzó a hablarme de su país, que no le gustaba Marrakech por el calor, que en la capital Rabat la gente es muy orgullosa  y que le gustaba su  ciudad Casablanca, por la brisa del océano y la manera de su gente. Se le acercó otra mujer, me dijo que era su hermana y que iban a Casablanca, un viaje de unas tres horas en tren. Le dije: “esta mañana necesitaba información y me encontré con tu hermana saliendo de la plaza, cuando le pregunté sobre un lugar se quedó callada. Parece que ella no es tan sencilla como la gente de Casablanca”. No es que Marrakech sea pequeño, es que la vida da lecciones.

Caminé bastante por la ciudad y llegué al riad a ver algo de televisión. Cayendo la tarde me senté en el café del riad en la acera para ver la gente y sus costumbres. Pedí un delicioso té de menta y comencé a desarrollar mi teoría sobre la burka y el chador. Aquella tarde me dediqué a observar, a observar mucho. Cada país árabe es un mundo aparte, no es lo mismo Afganistán que los Emiratos Árabes, pero hay países y ciudades donde se junta todo, con mentalidad abierta y tolerancia, como Marrakech.

Llegué a ver tres amigas caminando juntas, una con el pelo suelto, maquillada, otra con su pelo cubierto por el chador y la otra con la talibanesca burka. Se respetan sus costumbres, que muchas veces vienen de la familia y se quieren así. Sin embargo, hay un detalle en el que nunca había reparado ni había escuchado al respecto, detalle que descubrí aquella tarde. La gran mayoría de las mujeres que iban descubiertas eran bellas, su rostro era agradable, su cabello sensual; por el contrario aquellas que se cubrían no parecían serlo. La belleza juega un rol fundamental en estas escogencias, una mujer hermosa se pregunta si vale la pena cubrir tanta belleza toda una vida esperando que se marchite y una mujer poco atractiva ve en el chador y la burka una oportunidad para esconderse. Esto no es algo absoluto, conozco mujeres bellas con chador y poco atractivas que van al descubierto, pero luce que pertenecen a una minoría. Las evidencias están ahí y eso me inspira mayor respeto y admiración hacía las musulmanas que, siendo bellas (y las árabes pueden serlo muchísimo), anteponen sus convicciones religiosas a lucirse, aunque siempre he creído que deben mostrar lo que Dios les regaló.

Cuando el  té acabó, fui a la recepción; allí estuve hablando con Ahmed, otro amigo llamado Hassan e Ibtissam, les regalé uno de mis libros y le pregunté a ella sino le molestaría que la invitase a tomar algo, a lo que ella me respondió de manera amable pero firme, que ella era musulmana y que nunca ingería alcohol, entonces le dije que podriamos beber otra cosa. A los pocos minutos me dijo que la esperase, que a las diez terminaba de trabajar. Salí afuera, caminé  un poco y la vi salir mas arreglada aun, esta vez con jeans. Pensaba invitarla a cenar a algún puesto en la plaza, pero ella prefirió llevarme a la mezquita de Koutoubia, la más grande de Marruecos. Ibtissan me dijo; “te voy a invitar a donde llevo a mis amigos”, caminamos un poco y entramos a una agradable cafetería, donde ella pidió una batida y un dulce y lo mismo para mi.

Le confesé algunas de las  experiencias que había sentido la tarde anterior, le pregunté si me había dado un trato especial o si hacía lo mismo con cada persona y enseñaba el hotel casi entero siempre. Ibtissam me respondió: “siempre hago lo mismo, pero tengo varios años trabajando en ese hotel y tu eres el único huésped con el que he salido a tomar algo y pasear”. Le pregunté porque no usaba chador (una bella más que no lo usaba) y me dijo que no era necesario, que algunas lo usan y hacen muchas diabluras y otras no y andan por la línea. Me sentía en deuda con aquella mujer, me alegraba un viaje, le invitaba y ella terminaba invitándome a mí… pero sus padres la esperaban en casa aquella noche y nos despedimos con un beso.

Aquella noche fui a la plaza a caminar, me senté a comer algo y una joven se sentó a mi lado. Coloqué unas aceitunas entre los dos, le brindé y cuando comenzaba a sentirme bien por compartir algo, ella invitó a un anciano que pedía de comer a una cena completa.

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