Un día como hoy, 7 de enero, pero de 1894, nace en la ciudad de Santo Domingo, —específicamente en la calle San José, hoy 19 de Marzo― el poeta y educador Domingo Moreno Jimenes. Es el 125 aniversario de su natalicio.
Moreno Jimenes fue el fundador del Movimiento Postumista, proclamado por él ―junto a los poetas Andrés Avelino, Rafael Augusto Zorrilla, Francisco Ulises Domínguez y Otilio Vigil Díaz― en marzo de 1921 a través de la revista La Cuna de América. Era el líder de ese movimiento y considerado el Sumo Pontífice del mismo.
La trascendencia incuestionable de su aparición en la vida literaria dominicana la describe, de manera magistral, la voz autorizada de Marcio Veloz Maggiolo:
«Moreno, emulando a Sánchez Valverde, toca –unas veces con verbo resquebrajado, otras con voz ciclópea― las realidades nuestras, las realidades nacionales: nuestro paisaje, nuestros problemas. Telúrico y anticonvencional, rompe con el ritmo pegajoso de la poesía anterior, abre las puertas a un nuevo tipo de emoción, ilustra el sentimiento nacional con viñetas vigorosas de la tierra nuestra, viñetas inmortales porque tienen un hondo aliento metafísico que hace de nuestro país y de nuestra vida como pueblo un problema de conciencia».1
Un gran conocedor de la obra y de la vida del innovador poeta ―el que más― es el crítico literario Manuel Mora Serrano, con quien conversamos mientras escribíamos estas notículas. Nos dice él, en su Antología poética de Domingo Moreno Jimenes: «Domingo Moreno Jimenes es uno de los poetas básicos de nuestra literatura y un nombre que figura en la historia de la literatura hispanoamericana con derecho propio».2

Esa antología de Mora Serrano es una fuente obligatoria para el interesado en conocer a fondo la vida y la grandeza literaria de Domingo Moreno Jimenes, quien es uno de los poetas más representativos de la lírica dominicana. Prueba imponente de su valioso aporte a las letras nacionales son sus numerosos títulos publicados en el período 1916-1975 (más de treinta): Promesa. Mis primeras notas (1916), Psalmos (1921), Elixires (1929), Palabras sin tiempo (1932), Del Anodismo al Postumismo (1924), Mi vieja se muere (1925), El poema de la hija reintegrada (1934), Embiste de razas (1936), Advenimiento (1941), Antología mínima (1943) y Obras poéticas. Del gemido a la fragua (1975), entre otros títulos.3
Domingo Moreno Jimenes falleció, en la misma ciudad donde vio la luz del mundo por primera vez, el 21 de septiembre de 1986, no en 1979 ni el día 23 de dicho mes como afirman algunos historiadores de la literatura dominicana. Desde 1947 hasta el momento de su muerte vivió en la calle que hoy lleva su nombre, en el barrio Mejoramiento Social.
Un texto de Moreno Jimenes fundamental en la poesía dominicana es «El poema de la hija reintegrada». Disfrutemos de su lectura y honremos su memoria:
POEMA DE LA HIJA REINTEGRADA
Agonía
I
Hija, yo no sé qué decirte si la muerte es buena
o si la vida es amarga;
sólo te aconsejo que despiertes, adulta de
comprensión más que tu Padre!
II
Hija, ya no habrá oriente ni poniente para tu porvenir:
una sábana blanca serán tus días,
una sábana blanca será tu pasado
y tu recuerdo una estrella que frente a frente
me iluminará el porvenir!
III
No sé por qué tu agotamiento
me trae una recóndita dicha anegada de lágrimas,
que me hace auscultar el corazón de la tarde.
IV
Tu infancia y tu silencio me parecen hermanos.
V
Hija, hazme tomar la resolución de los otros:
vuelve mi proa añicos
y mi voluntad una piragua;
que nada sea mío desde hoy, que no quiera
poseer nada mañana;
desnudo de bienes y desnudo de virtudes hazme;
sin egoísmo de lealtades y sin egoísmo de pureza;
hazme entero el milagro de darme todo a los elementos,
como si fuera en sustanciación un ser increado!…
VI
Tu vida fue microscópica, pero grande;
el segundo de tu existir, eterno!
VII
Hija, cuántas nubes,
cuántos pájaros,
cuántos horizontes insospechados me abre
en el amanecer tu ruta!
VIII
Hija mía, para ti la mañana no será clara ni fresca;
verás envuelta el alba en la noche,
y las cosas de mayor transparencia
tomarán ante tus ojos la actitud de un largo crepúsculo.
IX
En este mundo donde sólo se premia la
capacidad de fingir mejor,
era justo que llegaras, y después de breves instantes,
ya estuvieras confundida con la cal y con la
mariposa, con el carbón y con la piedra.
X
¡Cómo me alivianas la sombra, al advertir
desde que te dormiste que en mi
derredor todo es sombra!
XI
¡Oh tú, que me enseñaste desde que naciste
a ver la vida con ojo más sabio
y a la humanidad con ojo más triste!
Triste, triste; ¿y no es acaso la suprema alegría
de los seres mudables el ser tristes?
Triste fue la faz de la tierra cuando se
desperezó el primer hombre!
Triste tiene que quedar la tierra cuando se
desentuma en su regazo el último hombre!
XII
¡Oh, tú, que desde que naciste pude decir:
boleta de la tumba
Oh, tú, que ya crecida pude decir, por tu desvalidez,
la preferida mía.
XIII
Por ti quise cambiar y que la fortuna me sonriera;
por ti no cambié
y la fortuna no me sonreirá nunca!
XIV
Hija, cada vez que examino tu vida
me doy cuenta que tú eres como mi vida:
una sombra entre dos crepúsculos!
XV
Iba a decir entre dos agotadoras auroras
y ya ves, reincindí, sin querer, entre dos crepúsculos!
XVI
¿Por qué tan pura, tan casta y tan leve, te
debas parecer al crepúsculo?
XVII
Olvidaba que toda adjetivación es cruel y ruda:
Dios dio desnudo a los hombres el verbo,
y del lenguaje, sólo debe quedar desnudo el verbo!
XVIII
Toda filigrana de síntesis es una profanación
¿verdad, hija mía?
Ya no te puedo buscar sin parcializaciones,
sin atributo contingente:
¡serás en mi incompleto nombrar, sencillamente,
el vaho de las cosas!
XIX
No te puedo asir con una palabra,
y no debe extrañarte, recónditamente,
porque estás para mí más alta que la región
de las palabras!
XX
Y vuelvo a caer en las comparaciones.
¡Oh, hija, cuán subordinado estoy a la vida!
XXI
Miserable hombre que osa creer que
después de la sombra la vida es vida!
XXII
De imperfecciones se forman nuestras excelencias
y es toda la existencia del hombre un brazo tendido
hacia el turbio por qué de los enigmas!
XXIII
-Tiene el pulso demasiado débil,
pero este letargo no es la muerte-.
Su médico era mi propia almohada de cabecera
y yo quedé perplejo ante su callado
sufrimiento y la miseria de la vida!
XXIV
Si fuera bizco de pensamiento
y tuviera la boca siempre llena de mentidas palabras;
hija, iba a blasfemar por tu dolor… pero, ¡perdona!
XXV
¡Compran caro el suelo donde colocan a los muertos,
y ellos son más dueños de la tierra que los
hombres que comercian con ellos!
XXVI
¡Al través de los milenios, los hombres son
puñados de tierra
que se deforman a su antojo!
XXVII
Hija, ya han venido a avisarme que tus pies están fríos.
Hija, resígnate a que lo blanco no sea blanco
y a que lo negro no sea negro.
XXVIII
Hija, cuán brilla el sol sobre el tamiz de los guayabos,
cómo se agiganta la nada sobre la soledad
de tu aposento,
cómo nace y renace la esperanza por entre
los ámbitos de la vida!
XXIX
Tibien la leche, terciada con agua,
para si mi chiquitina despierta.
Cuídemela hasta que se vuelva esperma como
capullo inmortal el cuidado.
Ella es carne de mi vida, flor de mi
pensamiento, cemento de mi alma.
XXX
(¡Eres, amada mía,
como flor del higüero joven,
como el azogue del crepúsculo,
como la diafanidad de la Naturaleza toda!).
XXXI
No seas padre; sé Hombre,
sencillamente.
¡Gira tu vida a tu derredor
y que tu amor a una abstracta "Humanidad"
no te haga olvidar jamás de que eres Hombre!
NOTAS:
1-Marcio Veloz Maggiolo. Cultura, teatro y relatos en Santo Domingo. Santiago de los Caballeros: UCMM, 1972. P. 51.
2-Santo Domingo: Ediciones de la Librería La Trinitaria, 1999. P. 31.
3-Ver: Miguel Collado. Apuntes bibliográficos sobre la literatura dominicana. Santo Domingo: Biblioteca Nacional, 1993. Vol. 1. Pp. 428-230.