Martin Scorsese nunca ha dejado de hablar de todas esas cosas que le parecen importantes señalar, explicar y, más aún, que sean cinematográficas.

Pues los aportes hechos dentro de su carrera lo colocan como uno de los mejores narradores cinematográfico de todos los tiempos.

La mafia, los gamberros y los ambiciosos han sido parte esencial de su universo de personajes que él ha sabido mostrar en la pantalla.

El lobo de Wall Street no está alejado de sus pretensiones al momento de abordar un tema o un personaje. DiCaprio, en esta ocasión, es su masa para moldear, quizás lo que fue DeNiro varios años atrás.

El panorama que describe Scorsese de Wall Street es más desenfado y surrealista que el retrato hecho por Oliver Stone, en Wall Street (1987) cuando deja marcado su territorio con dos personajes unidos por una sola ambición (Douglas y Sheen) quienes hacen su espacio entre los demás brokers neoyorkinos.

Aquí con DiCaprio el relato cobra otro sentido que no se aleja mucho de la visión del cineasta. La ambición puede poseer muchas caras, pero una sola intención.

El desmadre con que se cuenta la historia de Jordan Belfort un corredor de bolsa de Nueva York cuya ambición lo lleva hasta niveles máximos de hedonismo, es la justificación perfecta para narrar esos turbulentos años ochenta donde las drogas, el sexo y el sueño de ser rico a cualquier precio, era la norma a seguir por los esos yuppies de la Gran Manzana.

DiCaprio se juega el todo por el todo al romper sus propias reglas y ponerse a merced de las manos del realizador de Goodfellas sin cuestionar la misma naturaleza de su personaje. Y es ahí donde el realizador quiere dejar establecido su moraleja.

El hedonismo se presenta como un recurso de hasta supervivencia donde no se cuestiona el accionar de esa bandada de aprovechados y oportunistas de las finanzas.

Además, lo interesante de este filme es que se puede ver a un realizador con ese mismo nerviosismo útil por plantear temas sin moral extrema, con perdición justificada, con esa “tentación” que siempre le ha fascinado.

DiCaprio sorprende por su habilidad de mantener siempre activo a su personaje durante esas tres horas, arriesgándose a todo. Con él, Jonah Hill, su segunda mitad, su compañero de riesgos, con el cual si se podía meter en la pelea, mantiene una dupla excepcional.

Trepidante ritmo, orgía para los ojos, donde estos personajes cubren todo el horizonte narrativo y circunstancial que tiene un filme dimensionado solo por su adecuada visión artística y argumental.