Crónica de la devoción dominicana por la Altagracia, ficción y la realidad. (Hoy, 21 de enero, Día de la Altagracia, Madreo Espiritual y Protectora del Pueblo Dominicano, según la tradición católica)
SANTO DOMINGO, República Dominicana.-Colocada la plataforma en pleno centro de peregrinación, el vapor nublaba el rostro de los peregrinos, que habían venido de todas partes, frontera del espíritu donde la dominicanidad bien entendida (diversa, sin banderitas pendejas), se había mezclado con el culto y adoración a la Virgen de la Altagracia.
Tata´s Grace, ay carajo, la gracia de Tata para todos esos dominicanos y dominicanas que, aferrados a la fe y a su diáspora, le debían a ella promesas por sus viajes aéreos a las urbes diversas de los Estados Unidos de América.
Ello entonces explica la ritualización ciega de los ceremoniales, aplausos con lágrimas y nervios, cuando el pájaro de acero de American, Airbus 300, tocaba tierra rodeado de un mar turquesa: ¡Guay Tatas Grace, guay!
Era un espectáculo de feria y confites, miles de niños, rostros, animales, estrellas, lluvias, lodo carros de frío frio, sombreros, ropa de todas las promesas, promeseros, promeseras, viejos escapularios escondido del viento que los golpeaba en la ranura amarilla de la fe.
Escapularios, que chillan del uso, berrendos de tanto conocer Higüey, convertida la provincia para esa celebración en un centro espacial mariano, la nave estaba colocada con su intensa nube de vapor, vaho gris de cada enero, en plena explanada de la Basílica.
Pero ojo, los purpurados tenían sus ropa vistosas, no había interés en olor a naftalina y quedarse ciego por el brillo de los trapos nuevos, estaba cerca de la nave encendida, una comparsa humana: era el día de Tatás Grace, la gracia que Tata tiene, ¡ay que gracia tiene Tata!
Carretillas populares ataviadas con cintas de colores, puertas de herrumbre de los campos, guaguas de provincianas y triciclos con letreros de creencia y fabulosa gramática de escríbalo como pueda.
Venerabilidad, el que venera, la que venera, los que veneran, ellos veneran, ellas veneran, gesto hermoso de un pueblo diasporero que vuelve a la patria buscando un centro de fe posible, sin charlatanes de erecciones escondidas en las sotanas, para asaltar pequeñuelos.
Es un pueblo que buscan la simple devoción, porque siente que pertenecer a la Virgen es pertenecer a la atadura de la tierra rojiza, que brilla ante el pleno sentimiento de ida y retorno, al íntimo sentimiento de la promesa amarrada con cabulla, que ata y no desata, para tener la sacra justificación de volver en la búsqueda tangible, quizás, de esa gracia que compensa el dolor y la ausencia tan larga, para compensar el dolor y la partida, cuando atrás han dejado la patria cual roto piano que ha caído desde 100 pisos: con sus largas cuerdas rotas, caballera de nylon para una Tatica de pobres y harapientos.
Pero aquella no fue nunca compensada, confundidos estaban, mientras la nave calentaba sin destino ni bitácora posible, sus representantes terrenales que decían ser representantes del padre del padre, del hijo del hijo y de la madre de la madre, hicieron del dinero una larga cadena de espejismos, para negarlos a ellos mismos devotos sin votos, o votos maltratados, o votos vendidos, o votos robados, o votos escondidos, votos y devotos, votos baleados, salud de los enfermos, votos escupidos en arcas de alianzas, votos chamusqueados, torre de David, votos más votos son votos metidos en botas, lucero sin mañanas, votos más votos manchados de sangres, refugio de los ancianos, devotos sin votos.
Decía, pero aquella fe nunca fue compensada. ¿Y cómo, si la chusma está para creer y obedecer a los terratenientes, a los purpurados, ratas de micrófonos públicos, verbos repleto de miserabilidad humana? ¡Para nada la misma miseria popular que no por popular es digna miseria, que no por popular debía ser llevada con esa festividad!
Y motivos para variaciones sobre un mismo tema.. esa felicidad intangible que el fracaso histórico de alguna liberación nacional no había podido suprimir, a ese pueblo loco y lírico, desatado y bulloso, naif de su destino adivinado. Y aún el pan debajo del brazo para niño huele cemento.
El cohete mariano estaba en medio de la Plaza de Higüey, ya se dijo alguna vez, casi al frente de la Basílica, delante de su arco color marrón, la geometría emblemática de Higüey entre las ráfagas de nubes inquietas, confundidas con el vapor de la nave.
Allí, dominaba el gentío palpitante y los yaniqueques semejaban ovnis grasientos, posados en el hangar misterioso de los bancos del parque, la gente esperaba con ansiedad el conteo regresivo, para el despegue del cohete.
Nadie había averiguado el motivo del viaje, los ganaderos con sus becerros bicolores y sus largos sombreros, esperaban.
La verdad era que nadie sabía el motivo de aquel viaje y, para la gran mayoría que venía de otros tantos viajes, era terrible un viaje y luego otro viaje entre los viajes. Pero no era lo mismo viajar y viajar por Tatica, era una simple y modesta proposición de viaje mariano sideral.
Según un vocero franciscano, la idea era hacer un planeta de la Virgen, hacer viajar por los cielos claros y oscuros de nubarrones encendidos a todos los toros y vacas de la Virgen, cuadrúpedos en búsqueda de santidad, ululantes vacunos cansados del trayecto terrestre a lo largo de días y noches, sin sospechar las beatas bestias, que les esperaba un gran viaje mariano y sideral.
Peregrinos de capuchas y capirotes, estandarte de inmaculadas ancianas, añejas e intocables hijas de María, sin flores posibles por ninguna parte, repito, por ninguna parte, por sagrada que sea la larga batola más abajo de las piernas, que habiendo perdido la mínima entonación de los viejos cánticos, se conformaban con tarareo aproximado de las tonadas religiosas, cantadas en el más robusto fervor de una vida santa dedicada a la Virgen, mientras el padre Wenceslao las vigilaba cual prefecto musical con derecho a mandar a callar.
El cohete seguía humeante, con unos sonidos discretos, como esas locomotoras de vapor, que apenas pueden respirar, mientras esperan su trayecto, nubes blancas acuosas esparcían una llovizna artificial, que empapaba la ropa de penitentes de los presentes, ellos y ellos, todas y todos, paremos porque podemos terminar hablando lenguas largas…
El sostenido agolpamiento de masas allí aquel día, era la prueba fehaciente de que había más fe hacia la Virgen de la Altagracia, que hacia el cosmos, creencia particular sostenida y alabada con rodillas convertidas en parrilladas de la Santa Inquisición. Era un culto electrizante uno de los más antiguos.
La gente entregándose, ardiendo en una fe poética mezclada con los números de la Sibila y el juego a la cieguita del almanaque Bristol, mezclada también con un mundo imposible, esa justicia que en algún lugar de sus cabellos bondadosos bajo el pañuelo de la misma Virgen, según consuelo de millones, tendría guardada para algún día brillante y redentor.
Habían pasado tantos años de medallas oscurecidas en los rincones y bohíos campesinos, las bellas campiñas y sus casas de paja, la tonada religiosa de campo adentro y el caminar descalzo bajo el barro primigenio. Entre las cruces de papeles de colores recortados, el mito fundacional surge entre sueños de hambre y alucinaciones, porque el más pobre de los pobre, si la fe no existiera, tendría que inventarla, las catacumbas y el pescadito no fueron un invento, en la miseria absoluta había que buscar una acompañante.
Volvió de nuevo, el pedazo de nubes entró a la casa destartalada, la niña sueña con la Virgen, la describe con claridad inusitada, el sueño era apacible, la describe pintada en el misterio de la entrega, como si fuera un cuadro en los mares y en las mentes y, entregado luego en otro misterio de la mano y la figura desaparecida, como en un acto de magia bíblica.
Mucho tiempo después, pero muchísimo tiempo después, el mito se convertía en una oferta sideral viajar en un cohete, no, para abandonar la tierra y los naranjos de los mitos altagracianos, el encendido fulgor de la mirada infantil y femenina que narra la leyenda, sino, para ensayar una conquista exterior a lo Tatica, más allá de su tierra fundacional y de origen.
Los manuales de chamanes y humos relajantes enseñan, irreversible, que los grandes pueblos mixtos, sin vírgenes son huérfanos de esperanzas y regocijos, de fijaciones, para seguir viviendo y de onirismos que aplaquen la triste filarmónica de clásicas barrigas desafinadas, hinchadas como bombo sin platillos.
Sin la virgen los dominicanos y dominicanas, no podrían soñar, recorrer cada noche ese tramo de vida, sin esa mirada que les ayuda a contar números de lotería y palés, anotando en cada filamento del lírico centinela del niño sacro, el posible número de la suerte.
Sin la Virgen, dominicanos y dominicanos no podrían tener el ojo divino que les permite mirar la belleza geométrica del 21, 243, ay qué número tan bonito, suelen exclamar, pero es curioso en este juego de estética aritmética, solo hay ojos, para los números bonitos, ay qué número tan bonito.
Sin la Virgen, los dominicanos y dominicanas no podrían navegar ni volar a Puerto Rico y Estados Unidos: húmeda la estampita, suele estar en los penosos cadáveres risueños y mojados, esos que alguna vez creyeron, que por la mar era mejor buscar en la luz del horizonte, el manto protector, Máter Magistra, para llegar a algún puerto boricua de danza lejana y Campos Morel.
La Virgen puebla toda la ruta onírica dominicana, viajaba pegada en los baños angostos de los grandes aviones de American o Continental, Iberia o Alitalia, cuando estas líneas volaban, allí suspiraba por las avenidas del mundo, acotejada en las carteras tristes de los hombros cubiertos de esas mujeres dominicanas, surtas en la calles de Amsterdam, Madrid y Atenas, en la bruma de las calles estrechas de San Martin, lado Holandés o lado Francés.
Rota o cuarteada, en papel cuidado o cubierto de plástico, la Virgen los había seguido, pidiéndoles llevar su miseria con mayor honradez, en el laberinto de unas injusticias de siglos, que ni la Virgen enclaustrada en el muestrario de personajes en sueños dominicanos, pudo ocultar por la boca de los concelebrantes pasivos, para quienes la religiosidad máxima y sublime, es el apostolado dudoso, la conciliación de las sagradas formas, para víctimas y verdugos.
Y a pesar de todo, la propia virgen en la fila de los personajes se había posado como sombra hasta en la cartera de Caamaño escondidas en algún país insular extranjero, cuando el mito terreno se amparaba en el mito sacro, incorporado en la creencia subversiva de que la fuerza, para virar mundos, debe girar en una creencia de esperanzas previas, para que todo salga bien.
Y si la muerte llegara, también la Virgen tenía su bondad: algún rincón buscaría, para esos rebeldes de la tierra, que en sus almas abrigaron la ilusión de hacerla triunfadora con ella a cuesta.
Partiría el cohete, al final, llevando un país entero hacia su propia galaxia, hacia su propio destino de merengues alegres y merengues tristes, encaramada la Virgen en los controles, mientras San José cambiaba los pañales al niño, que después de todo, cuando ella cansada de navegar durmiera, el santo varón tendría que pilotear, merengues tristes como mueca danzaria cotidiana, disfraz tibio contra la tristeza, música de careta, para olvidar la abyección de siglos y días corrientes. Merengue alegre, que en el giro de parejas sudadas, cuando despegada el cohete preferían el vértigo insondable, antes que mirar la tierra que abandonaban.
El merengue, aunque sea de Ángel Viloria, sigue siendo la mueca dialéctica de cuerpo voz que cubre entero a dominicanas y dominicanos. Bailar su propia historia sin saber destino, hasta que el compay agujita se canse, hasta que el suelo del cohete se enfriara mientras subía y en la mirada de reojo y nervios, el mar era todo un espero roto de olas y nácares inalcanzables.
Van todos hacia la suprema galaxia, rompiéndose el corazón, rodando en la algarabía dominicana de todos esos merengues ripiaos que al nombrar a la Virgen insuflan fuerzas al cohete, para surcar los costados azules de los cielos profundos, los territorios de nubes prohibidas, las alegrías escondidas que solo viajando en la nave y el mito son posible ver.
Sin embargo, nunca falta alguien que aún acompañado de la Virgen, haga sentir con el miedo que dan los cielos y los viajes dentro de los viajes, sus oraciones bajo el calor de un recio sentimiento de pueblo.
¡Ay Tatica, estamos tan alto que no quiero que te rompas, aferrado estoy a tu capa milagrosa, virgencita, sálvame de la mirada bizca, del temblor del pulso, de la tembladera de canilla, pero sobre todo, Tatica llévame a otros cosmos, gracia alargada de promesas y cuadritos, espejos de bicicletas con letreros en la tapa de las cadenas que dicen todo por la Virgen, que aquí arriba por los aires pase todo, hasta que se pare el saxofoncito cómico del perico ripiao, pero Virgencita, Tatica mía, no te partas, Tatica y llévanos a todas las galaxias que tú quieras virgencita de todas las virgencitas!
Cuentan todavía los que tuvieron la suerte de viajar, que se hizo el milagro, que el cohete mariano, bendecido por la buena fe de 10 millones de pasajeros, llegó a su destino una tarde apacible del año 2050, a un territorio diferente, lejos de la tierra en la tierra.
Sin embargo, la música era la misma, la Virgen era la misma, los ruegos eran los mismos, las añoranzas las mismas y sobre todo: todas las ganas de vivir e inventar una ilusión eran las mismas.
Con la Virgen Mariana y sideral, bajo su brillo de bondad, si existiera, habrían hecho un largo viaje de ficción en torno al verdadero planeta de sus gigantes deseos, que estaba en la misma distancia de sus rubores y esperanzas, en un viaje que solo con su Virgen, majestad de sus sueños, podían hacer a lo largo de esos años luz.