«Una vida sin examen no tiene objeto vivirla para el hombre»

Platón, Apología de Sócrates 38a.

Si en algún momento años más tarde se nos pidiera volver la mirada hacia atrás y describir la representación que nos merece el año 2020 bajo un epíteto que, ante todo, debiera cumplir con el requisito de identificar la experiencia de este tiempo en términos de lo que podría haber significado para el ser humano, es, naturalmente, muy probable que fuese –aunque con bastante pesar–: «el año del coronavirus». Asimismo, podríamos evocar también cómo, a lo largo de la historia de la humanidad, han ocurrido otros tantos acontecimientos que han fungido como puntos de inflexión históricos, es decir, hechos que, de una manera u otra han marcado un antes y un después en lo que –con temor y temblor– podríamos llamar «el curso ordinario de la historia».

Sin lugar a dudas, como hemos sugerido –y como también es de intuir–, en este año hemos atendido a un hito que ha marcado la vida humana –e inclusive otras formas de vida– en una multiplicidad de dimensiones posibles. Como bien es sabido, en este tiempo nos hemos encontrado ante la expansión, a escala global, de un virus denominado SARS-CoV-2 causante de la enfermedad del COVID-19 o coronavirus. Hoy por hoy, y después de un largo y apesadumbrado caminar a través de un sendero lleno de escollos a causa de los estragos de la enfermedad, hemos empezado a dilucidar la luz que pregona el final del camino, esto es, el anuncio y aplicación de vacunas que se supone paliaría el efecto de propagación del virus; sin embargo, como si no hubiese sido suficiente, todavía queda por verse una serie de consecuencias que legaría el paso del virus por entre nosotros, legado que, eventualmente –como todo en la vida–, solo el tiempo y la perspectiva que da la distancia permitirían vislumbrar con más claridad.

Por lo general, en lo primero que pensamos cuando decimos «consecuencias del virus» son en aquellos grandes números de infectados, fallecidos y recuperados, y, a decir verdad, en principio, esos son ciertamente consecuencias; no obstante, no por ello dicha comprensión deja proveer una concepción reduccionista de la realidad en el sentido de que ni esas son todas las consecuencias, ni tampoco, en el caso hipotético de que así fuere, las consecuencias habrían de ser de un dominio estrictamente negativo. El problema radica en que a nivel epistemológico hemos asociado una interpretación que se funda en una acepción negativa del término «consecuencia» –como si el susodicho comportara automática e intrínsecamente una negatividad cual contenido semántico–, el cual termina fungiendo como base metodológica para una eventual asociación de ideas como a las que hemos hecho referencia. En efecto –como puede ser evidente después de hacer este ejercicio–, las consecuencias no se reducen exclusivamente a los afectados que padecen la enfermedad del virus, cuanto, a los afectados, inclusive, que padecen las consecuencias de la enfermedad del virus. Desde esta perspectiva lo que llamamos consecuencias del virus adquiere una connotación más amplia y nos permite pensar los efectos de la pandemia desde otros horizontes igualmente válidos.

Dicho así, a continuación, en el presente texto trataremos de elucidar de manera breve algunas claves que podrían servir como materia de reflexión con miras a la conclusión de este año y que, al mismo tiempo, podrían posibilitar la adquisición de algún tipo de aprendizaje de cara a un periodo «pospandémico». A este propósito, dedicaremos un repaso sintético por algunos de los principales tópicos que atañen a la sociedad dominicana a fin de poder notar cómo, en la medida de lo posible, podrían arrojar luz sobre el objetivo que nos hemos propuesto.

Economía

En el Informe sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible de 2020, página 24, los 193 Estados Miembro de las Naciones Unidas si bien adujeron que el mundo antes del COVID-19 se encontraba lejos de erradicar la pobreza extrema al punto de que todavía hacia al año 2030 las proyecciones estadísticas estimaban que el 6 % de la población mundial continuaría en situación de extrema pobreza, no menos cierto es que señalaron, a propósito de la llegada de la pandemia, que incluso este pronóstico cambió radicalmente representando por un lado las peores consecuencias económicas desde la Gran Depresión y, por otro lado, el primer aumento de la pobreza mundial desde hace más de veinte décadas.

En República Dominicana la contracción de la economía como resultado de medidas internas de retención del virus ha generado consecuencias tales como: cierre de empresas, suspensión de empleos, fuerte debilitamiento de la economía informal y decaimiento del sector externo –fuente primordial de generación de divisas y de empleo–. En efecto, en lo que respecta a este último, cabe destacar que el mismo representa, directa o indirectamente, un aporte de hasta una quinta parte del Producto Interno Bruto (PIB) del país[1]–, luego, todo lo vinculado a este sector, a saber: desde remesas, turismo, inversión extranjera directa, hasta exportaciones quedó gravemente afectado a pesar de la disminución de los precios del petróleo y el incremento del valor internacional del oro[2].

Política

En República Dominicana este año se marcó un precedente en materia de las manifestaciones sociales que buscaban sancionar los hechos de corrupción e impunidad del pasado gobierno. Las movilizaciones ciudadanas que venían gestándose y articulándose desde la Marcha Verde de 2017 encontraron su mayor expresión en el reclamo de los jóvenes de la Plaza de la Bandera. Así, en un contexto agitado y de una ciudadanía despierta se celebraron además de las acostumbradas campañas políticas –aunque esta vez fueron accidentadas por los protocolos de protección contra el COVID-19– comicios electorales tanto en el nivel congresual y municipal como en el nivel presidencial. En la actualidad, nos encontramos a ley de casi cinco meses de la toma de posición del presente gobierno y se han dado muestras ya, una vez más, de una ciudadanía en constante estado de alerta, tanto ante presuntos manejos ilícitos del erario público, como también, en otros tipos de actos de corrupción.

Educación

El coronavirus ha impactado contundentemente el actual modelo educativo que hasta entonces teníamos y ha hecho que se implementaran alternativas tecnológicamente viables para intentar paliar la situación; sin embargo, tanto en los diversos niveles de educación escolar como los de educación superior, cada una con sus particularidades y en sus determinados contextos, han presentado sus propios retos en términos de poder sacar adelante el proyecto educativo con toda la dificultad que ello podría significar. En todo esto, cabe señalar que uno de los mayores desafíos que se ha puesto en relieve ha sido el de la reducción de la brecha digital, y todavía inclusive, el de la energía eléctrica.

Arte y Cultura

Es uno de los sectores gravemente afectados y, además –podemos decir– uno de los que se ha encontrado incluso más descuidado a lo largo de esta crisis que hemos atravesado. Arte y cultura va más allá de los 70 artistas millonarios a los que el gobierno le hizo el favor, al repartirles aproximadamente algo más 1 millón, de hacerlos más ricos. Arte y cultura son aquellos teatristas, bailarines, músicos, artesanos y gestores culturales a los cuales se le ha desprovisto de apoyo y ayuda para poder subsistir en la hostilidad de esta crisis.

De reconocimiento obligado

Salud Pública, junto con los organismos de seguridad, ha sido el sector protagonista encargado de reducir los impactos de la crisis sanitaria a lo largo y ancho del país. Tanto el personal de salud, como los policías y militares, han sido lo que se han encontrado al frente de la línea de batalla y los que han gestionado la búsqueda de la estabilidad sanitaria y de la salud del pueblo en general.

Apuesta por otro enfoque

El problema del coronavirus no ha sido única y exclusivamente clínico sino un problema donde confluyen, entre otras cosas: la desigualdad, el empleo, la educación, la vivienda, la alimentación y el medioambiente. Verlo y aquilatarlo desde multiperspectivismo nos permite comprender más acabadamente la amplitud del problema que afrontamos. En efecto, los problemas de salud pública se encuentran estrechamente relacionados con los problemas de carácter social y económicos.

Uno de los errores más grandes que pudiéramos cometer al cerrar el año sería olvidar que la crisis sanitaria no es un resultado aislado de las condiciones socioeconómicas de las personas en situación de vulnerabilidad. Luego, ha quedado puesto en evidencia cómo el coronavirus «se ha ensañado» con aquellos que se encuentran más expuestos a las fauces de la desigualdad social, esto es, los sectores más pobres de la sociedad relegados a condiciones de vida paupérrimas a causa de un sistema económico lleno de falencias internamente que termina subsumiéndolos bajo unas condiciones estructurales de desventajas sistemáticas. De hecho, en los últimos meses se ha hecho énfasis en que la epidemia no debe ser tratada bajo los parámetros de una «pandemia», como hasta ahora había sido categorizada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), sino como una «sindemia» categoría acuñada por el científico estadounidense, médico antropólogo, Merrill Singer, para designar un tipo de enfoque biosocial de abordaje de la salud pública. En efecto, un enfoque sindémico expone, ante todo, un complejo de interacciones biológicas y sociales que sirven de gran importancia para el pronóstico, el tratamiento y la política sanitaria[3]. En el fondo, si bien el coronavirus, por un lado, ha desvelado las estructuras de pobreza normalizadas agudizando así la brecha de desigualdad social que ya estaba latente o, en el mejor de los casos, invisibilizada, el mismo exige, por otro lado, ser abordado científicamente desde un paradigma epistemológico que incluya la complejidad sociológica, antropológica, biológica y sanitaria.

De cara al futuro

¿Podremos –cuando todo esto pase– ser realmente capaces de afirmar lo funesto de este año sin antes caer en una negación sistemática de lo vivido?

Afirmar «lo funesto» es posible, y, de hecho, ante lo evidente es hasta responsabilidad, pero la negación de lo vivido supone la negación de la experiencia, locus privilegiado del aprendizaje. En todo caso, la experiencia vivida, tarde o temprano –e independientemente la apreciación valorativa que tengamos o merezca–, para que sea auténticamente fecunda ha de ser pasada por el tamiz de la reflexividad. En el fondo, la pregunta por lo nefasto de algo no excluye las posibilidades de fecundidad de ese algo; solo porque la tierra no haya dado los frutos que se esperaban, no significa que el campesino deja de «creer» que eventualmente pueda darlos, y aún más, de que, en el curso de esto, no haya aprendido en lo absoluto. La propuesta, por tanto, ha sido contribuir desde el carácter sucinto de este texto a una eventual asimilación y reflexión de la experiencia para posteriormente sacar provecho.

Sobre el autor**

Estudiante de término de Filosofía y Humanidades en el Instituto Superior Pedro Francisco Bonó. Actualmente prepara su Trabajo de Grado para optar por el título de licenciado en Filosofía. Sus áreas de interés oscilan entre Filosofía Política y Pensamiento social latinoamericano. Además, se ha decantado por la escritura literaria de géneros tales como: novela y poesía. Su quehacer académico goza de ser metodológicamente crítico y epistemológicamente intercultural y hermenéutico.

[1] https://pciudadana.org/balance-2020/
[2] https://www.bancentral.gov.do/a/d/4863-la-economia-dominicana-frente-al-covid19-retos-y-perspectivas
[3] https://www.thelancet.com/action/showPdf?pii=S0140-6736%2820%2932000-6