1.- Necesaria contextualización 

Aquel lunes 18 de noviembre de 1963, se conmemoraba el segundo aniversario del fatídico asesinato en que perdieron la vida, en Hacienda María, ejecutados por la  crueldad vesánica de Ramfis Trujillo y  sus acólitos,  los héroes sobrevivientes del magnicidio del 30 de mayo, a saber: Pedro Livio Cedeño, Modesto Díaz, Huáscar Tejeda Pimentel, Luis Manuel Cáceres Michel (Tunti), Salvador Estrella Sadhalá y el Ingeniero Roberto Pastoriza Neret.

Aquella mañana, fue concelebrada  la misa en memoria de los mártires , en la Iglesia la Paz, del Centro de los Héroes,  por los sacerdotes Victorino Cobeaga, Joaquín Merino y Benito Arrieta, y momentos después pronunciaría un célebre discurso en su memoria el Lic. Eduardo Sánchez Cabral. 

Pero la atmósfera  que respiraba el país en aquellos instantes era de turbación y desconcierto. Hacia menos de dos meses que la asonada golpista, resultado del contubernio cívico-militar,  había cercenado el primer gobierno democrático salido de las urnas, encabezado por el Profesor Juan Bosch y había usurpado el poder un gobierno espureo, sin legitimidad de origen. 

Y es lo que explica el contexto de  aquel memorable discurso del Lic. Eduardo Sánchez Cabral, en presencia de los triunviros Lic. Emilio de los Santos, el Doctor Ramón Tapia Espinal e Ingeniero Manuel Enrique Tavares Espaillat y todo el gabinete y demás autoridades y personalidades presentes. 

Presentes se encontraban también, en la ocasión,  los dos héroes nacionales, sobrevivientes del magnicidio,  los generales Antonio Imbert Barreras y Luis Amiama Tio.  

El Lic. Eduardo Sánchez Cabral no pudo concluir su discurso. El primero en protestar airadamente, fue el Doctor Antonio Frías Gálvez, entonces Presidente del Ayuntamiento del Distrito Nacional. Al interrumpir al disertante, afirmaría que su discurso no era “un panegírico” sino un descaro a la memoria de los héroes inmolados el 18 de noviembre de 1961”. 

Luego le secundaría E.O. Garrido Puello, Secretario de Estado de Propiedades Públicas, quien censuró acremente a Sánchez Cabral. Luego todos irían saliendo, siéndole imposible al orador culminar su discurso. 

Al día siguiente, el martes 19 de noviembre de 1961, el Listín Diario publicaría íntegro el discurso, en su página 7, conforme el texto que le entregara el autor.

Al conmemorarse hoy el 60 aniversario del martirologio de Hacienda María, se ofrece a los lectores de Acento, la transcripción completa de aquella memorable disertación  del Lic. Eduardo Sánchez Cabral.

Quien realice una lectura atenta del mismo, consciente del complejo contexto en que fue escrito y pronunciado, concluirá que no asistía razón al Lic. Frías Gálvez al afirmar que el mismo constituía “un descaro a la memoria de los héroes inmolados el 18 de noviembre de 1961”. 

Antes bien, esta pieza memorable constituye, no sólo una magistral radiografía política e histórica de un complejo momento de nuestra historia contemporánea, sino también uno de los más elevados homenajes que pluma alguna haya realizado a los mártires del 18 de noviembre de 1961. 

TEXTO DEL DISCURSO DEL LICENCIADO DISCURSO DEL LICENCIADO EDUARDO SANCHEZ CABRAL EN HOMENAJE A LOS MARTIRES DEL 18 DE NOVIEMBRE DE 1961, EL CUAL QUEDO INCONCLUSO EN EL ACTO EFECTUADO AYER DESPUES DE LA MISA OFICIADA EN MEMORIA DE LOS HEROES ASESINADOS EN LA HACIENDA LAS MARIAS, HACE DOS AÑOS. MARTES 19 DE NOVIEMBRE DE 1963. LISTIN DIARIO. PAG. 7 

Compatriotas:

En medio de una crisis política, que es una catástrofe nacional, consternada, conmemora la República el aniversario de un crimen que sobrepasó en crueldad a los más ominosos asesinatos que registra la historia americana: la ultimación en Las Marías, tras inenarrables suplicios, de quienes se sacrificaron en aras de la libertad y la democracia.

Ahora comprendemos- no lo habíamos sospechado nunca- los piadosos designios del destino que quiso que los restos de los héroes reposaran en sitios ignorados acaso para impedir que sus tumbas fueran o tumbas  escarnecidas o tumbas profanadas: tal es la ingratitud de los hombres y de los pueblos.

No es esta una acusación injusta ni un grito de escepticismo. Hemos visto cómo el expediente de la extradición de los autores del crimen permaneció olvidado, por meses y meses en nuestra Cancillería. 

Hemos contemplado el desgano, la timidez, los titubeos con que tardíamente se intentaron las gestiones que el caso reclamaba, defraudando el anhelo nacional de la extradición de los victimarios que era lo menos que podíamos ofrecer a los héroes inicuamente sacrificados.

Hemos presenciado la tardanza con que nuestros tribunales sustancian el proceso de aquella inconcebible tragedia, a tal extremo de que aún no se haya celebrado el juicio de rigor, cuando se dispone de todos los elementos probatorios de la culpabilidad de los autores, de sus cómplices y de sus ocultadores.

Hemos visto ahora mismo, con inaudito asombro, a veintitrés meses solamente del martirologio, cómo los políticos que capitalizaron para sí la suprema inmolación se alían sin moral y sin patriotismo, a los que fueron sus inicuos martirizadores y verdugos.

Ahora como en la época sombría en que ellos fueron inmolados, vientos de fronda, vientos huracanados de tragedia soplan sobre la República. Hoy como en aquellos trágicos días el imperio de la ley es un mito,  la democracia una utopía, los derechos humanos una mera expresión.

Hoy como entonces estamos al borde de la anarquía y todo por la obra de quienes en su lucha por el poder no se detienen en sacrificar las libertades y en herir de muerte a las instituciones republicanas.

Luis Amiama Tio

Cuando pensábamos que el sacrificio de nuestra juventud en Constanza, Maimón y Estero Hondo, que la gesta inmortal del 30 de mayo, que el martirologio de Hacienda María y que el suplicio de las Hermanas Mirabal, no habían sido inútiles, caemos de nuevo en la sima de nuestros eternos infortunios, y no advertimos en un porvenir cercano el restablecimiento de la libertad y la creación de un estado de derecho,  que han sido hasta ahora metas no alcanzadas en nuestra evolución histórica.

Los acontecimientos ocurridos recientemente constituyen una caída y cada día que transcurra comprenderá mejor el pueblo dominicano la extraordinaria magnitud de esta caída. 

Estamos viviendo momentos críticos,  tal vez los más críticos que haya confrontado la República en su largo viacrucis.

La asonada militar que derrocó el gobierno elegido en los comicios más puros y más libres que haya tenido el país no es un hecho extraño entre  nosotros que hemos vivido desde nuestra emancipación de cuartelazo en cuartelazo, de motín en motín, de conjura en conjura, de insurrección en insurrección, al margen de la civilización, sin que nos detuviéramos a pensar que estas situaciones conflictivas y estas explosiones de barbarie  fueron los factores que contribuyeron decisivamente al fracaso de nuestra primera República, a la frustración de todo intento de establecimiento de un gobierno civil a raíz de la epopeya restauradora, el eclipse tres veces de nuestra independencia en menos de un siglo, a la intervención militar americana en 1916 y al surgimiento en 1930 del régimen despótico más ominoso que haya sufrido una comunidad americana.

Este derrocamiento por grave que haya sido como atentado a la constitucionalidad, como lamentable retroceso en nuestra evolución institucional, no causó una alarma verdadera en nuestras masas cien veces oprimidas, porque ellas sin fe ya en sus líderes, ni en la eficacia del derecho y la justicia, se entregan, con un fatalismo oriental que anula toda esperanza de redención, a lo que Dios quiera y a lo que el destino impiadoso decida.

Lo que ha alarmado a nuestras masas, no a nuestros corrompidos políticos, no a los arribistas de todos los tiempos, no a los mentores de la grey católica que no ha aprendido ni asimilado la excelsa lección de idealismo que el Pontífice de la Paz, Juan XXIII vertió en esa cátedra de amor y de tolerancia que se llama la encíclica “ Pacem in Terris” , no a los partidos que se aliaron a la reacción para destruir nuestras instituciones republicanas, sino a la élite intelectual aun no corrompida y fundamentalmente a las clases universitarias, animadas hoy por un sentido heroico de la vida, lo que ha alarmado, repetimos, a esos sectores, refugio del patrimonio nacional, es algo más que una simple asonada militarista o un mero cambio de gobierno para sustituir el poder legítimo por otro que no ha emanado libremente de la voluntad popular.

Hay otro motivo más grave para esa alarma y es el temor que ya se está concretizando de que en la fatídica madrugada septembrina, como en la trágica noche del 23 de febrero del año 30, haya nacido un monstruo: el monstruo de la tiranía.

Lo que alarma son las deportaciones clandestinas en masa, sin juicio previo y sin una causa legal que las justifique. Lo que alarma son los procedimientos vejatorios contra mujeres indefensas por sus protestas pacíficas. Lo que alarma es la crueldad de los métodos para hacer acallar la voz libertadora de nuestros universitarios.

Juan Bosch

Lo que alarma es la exclusión de la lucha política a los partidos mayoritarios, la expulsión de sus principales líderes por el solo hecho de ser fieles a sus ideologías y de haber defendido la constitucionalidad de un régimen.

Lo que alarma es la persecución y el golpeamiento de nuestros adolescentes en las escuelas. Lo que alarma es la declaración, queremos creer inconsulta, de algunos miembros del gabinete, de que todo intento, todo esfuerzo, no armado ni subversivo para restablecer el imperio de la constitucionalidad será aniquilado sin contemplaciones…

Lo que abruma son todas estas manifestaciones de violencia, que siempre han sido los antecedentes de los regímenes nefastos. De estas violencias a las cámaras de torturas y al asesinato anónimo no hay más que un paso.

En esta ocasión no podemos engañarnos, como nos pasó en el 30. Conocemos por amarga experiencia los métodos amorales de toda tiranía y toda la ignominiosa servidumbre que ellos representan si llegan a consolidarse.

El temor de que hablamos puede llegar a ser una realidad aterradora, no obstante las mejores intenciones y el temperamento liberal que queremos suponer en los triunviros.

A veces, sin embargo, estas virtudes son impotentes para detener otros inconfesables y extraños designios.

Lo más nefasto en la época que comenzó el 25 de septiembre no ha sido precisamente la obra de los militares sino la actitud de los líderes políticos que sin pudor y sin patriotismo se prestan a ser cómplices de los que derriban el orden constitucional sin ninguna valedera justificación.

El balance de estos acontecimientos es aterrador. Sólo pérdidas, muchas pérdidas, algunas irreparables, es lo único que advertirán quienes hagan su análisis desde el punto de vista del interés nacional, o quienes ponderen en toda su dimensión los conflictos creados.

Los primeros que perdieron fueron los militares: ellos eran tolerados por el gobierno constitucional aunque sometidos a los límites de sus recintos. Su actitud hacia pensar que las instituciones castrenses estaban en pleno periodo de rehabilitación y rectificación. Ahora por una ley histórica ineludible tendrán que regresar a los métodos de tortura del pasado a ensangrentarse de nuevo las manos para sostener por breve tiempo una dictadura.

Perdieron los líderes políticos porque ya no tienen autoridad moral para dirigirse al pueblo. Para ellos esta pérdida es un suicidio. El poder es algo que jamás podrán alcanzar. Por lo menos por la voluntad de un pueblo tantas veces oprimido, tantas veces frustrado.

Monumento a los héroes del 30 de mayo

Desconocieron estos líderes que jamás se puede hacer alianza con esta casta si no es para convertirse en sus lacayos.

Otra pérdida, la mayor, la que nos duele en la entraña viva, es la experimentada por la República porque para ella será muy difícil recorrer sino a costa de muchas lágrimas, de sangre a torrentes, de continuados sacrificios, el camino de la democracia que pareció abierto la noche del 30 de mayo.

El balance solo ha sido favorable a una ideología política y al líder que la encarna, el presidente derrocado, esto es, la tendencia de definida configuración patriótica que se ha querido erradicar y a la figura señera a la que se ha pretendido imponer una sentencia de ostracismo perpetuo.

Pero el Profesor Juan Bosch deja en su breve paso por el capitolio una huella inolvidable. Su corta gestión gubernativa será por mucho tiempo recordada como una permanente lección de civismo y democracia. Nadie, ni aun sus más encarnizados enemigos, pueden negarle estas dos virtudes supremas: sentimientos de repúblico y absoluto respeto a las libertades  fundamentales del pueblo que lo llevándolo al solio de nuevo dignificado. 

Para pasar a la historia como un gobernante digno de admiración y de respeto, le bastaría tener derecho a repetir la frase del gran ateniense que dio su nombre a un siglo: “por mi causa no derramó ni vistió luto ningún hogar dominicano”.

Algunas de sus sentencias quedarán acuñadas en bronce para que las pronuncie con admiración la juventud en la continuidad solidaria de las generaciones: “No me pondré de rodillas ni ante Washington ni ante Moscú. “ Pase lo que pase, no permitan que la tierra dominicana vaya a manos extranjeras”. “Dominicanos: Mientras nosotros gobernemos en este país no perecerá la libertad”. 

La caída del gobierno legítimo de la nación sólo aprovechará a los marxistas leninistas, los únicos  llamados a capitalizar el cuartelazo. Frente a la crudeza de una pseudo democracia militarista y reaccionaria, una gran parte de los núcleos populares de la República se inclinará ineludiblemente hacia hacia una nueva concepción del ideal democrático: el de la democracia revolucionaria y socialista.

El primer tipo de gobierno, acusa como una minoría explotadora que sojuzga al pueblo pero que no solo lo esclaviza sino también que lo empobrece.

La otra clase democracia se ofrece cargada de esperanzas. Ninguna de las dos satisface plenamente al espíritu humano siempre en pos de una meta inaccesible. Pero en último análisis, el cambio de cadenas favorables al oprimido, porque en el primer caso el yugo es impuesto mientras que en el segundo es el propio pueblo el que se somete voluntariamente al dogal y el que abdica voluntariamente a una parte importante de los derechos necesarios para la dignificación de la personalidad humana.

El reconocimiento de los Estados Unidos y de las demás naciones americanas es sin duda deseable por lo que significa como aporte no solo económico sino también moral. Pero el reconocimiento a que el Triunvirato debe legítimamente aspirar es el propio reconocimiento del pueblo. Para merecerlo es preciso que cesen las persecuciones y que terminen los atropellos a la dignidad del ciudadano.

Lo único que puede atenuar, ya que no borrar, la mancha de su origen espurio,   es el restablecimiento de las libertades conculcadas, el retorno al Estado de derecho, el respeto a la ley y a la subordinación del poder militar a las autoridades civiles.

La concordia nacional exige el sacrificio de los intereses de partido y el de los egoísmos personales. Pero hay algo que no puede ser sacrificado: la libertad. 

Donde quiera que yazcan los héroes desaparecidos, su recuerdo nos servirá de luminaria para mantener vigente en la conciencia nacional el grito del indio intrépido que se alzó sobre la selva en llamas para lanzar este reto al paso de los caballos de la conquista: “primero muerto que esclavo”. 

La situación se torna cada vez más sombría y se agrava aún más por la total desorientación en que vivimos. Nadie podrá predecir los sucesos que se avecinan ni donde habrán de desembocar. 

Se necesita mucha serenidad, mucho patriotismo, mucho desinterés, muchas convicciones para llegar a la normalidad y a la concordia que cierre el ciclo de nuestros infortunios y nos permita emprender nuestra rehabilitación económica y política, ganando todas las jornadas perdidas para la patria, perdidas para la libertad, perdidas para la democracia.

No son sin embargo estos momentos para pesimismos estériles y desintegradores. No podemos rehuir las responsabilidades que nos impone el momento histórico que vivimos. La hora es de grandes rectificaciones y de supremas determinaciones. Unas corresponden a los triunviros, y otras a la juventud dominicana.

A la juventud, esencialmente, confía nuestro pueblo la empresa de impedir una nueva tiranía que ensangriente nuestro suelo y que ponga en peligro nuestra nacionalidad.

Es cierto que es una empresa extraordinaria que supone la posesión de máximos valores; pero hay que emprenderla sin vacilaciones, sin medir los sacrificios. De sus filas ha de salir el líder de prestigio deslumbrante y avasallador que unifique todas las voluntades, que haga cesar todos los odios, en un anhelo común y en una resolución común de crear una República libre de toda fuerza reaccionaria y despótica, que haga la revolución dominicana y nos libere por siempre de la miseria que nos esclaviza y de la tiranía que nos degrada, que se incorpore a las nuevas corrientes que agitan el mundo civilizado en su ansia de servir a fines superiores.

Nada ni nadie podrá oponerse a esa fuerza creadora y revolucionaria que anima a nuestra juventud. Nadie podrá hacerla desistir de sus destinos heroicos, porque antes que retroceder en esa titánica lucha, ella ha de ofrecerse en holocausto sublime ante las miradas angustiosas del país y del continente.

La consigna no puede ser otra y su realización es el único voto que podemos hacer en honor de los héroes victimados en Las Marías en este aniversario. Ojala que el sol de la libertad ilumine de nuevo a la República, a fin de que los restos venerados de los héroes reposen en una patria libre, de esa patria por cuya grandeza se inmolaron!