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Segundo de cuatro entregas del borrador no corregido de un capítulo de un nuevo libro en preparación del periodista y escritor Miguel Guerrero.

El repentino arresto en la capital de los futuros comandantes de frente, Leandro Guzmán y Daniel Ozuna, modificó la composición de algunos grupos destinados a la insurrección, y cambió la vida de Manuel Lulo Gitte, de 32 años, presidente del comité del partido en Moca, provincia Espaillat. Ingeniero civil de profesión, ocupaba una importante posición en la Dirección Nacional de Recursos Hidráulicos, adscrita a la Secretaría de Estado de Agricultura. Durante la represalia oficial que siguió al golpe contra Bosch, las autoridades allanaron y desvencijaron su casa y la oficina del partido que él dirigía en Moca, pero no pudieron detenerle. Lulo estuvo un corto tiempo en la clandestinidad la cual cesó por gestiones de amigos suyos con influencias en el gobierno de facto.

Sus funciones públicas en la Dirección de Recursos Hidráulicos, a las cuales se reintegró, serían de mucha ayuda al Catorce de Junio. Utilizando vehículos a su servicio y aprovechando inspecciones rutinarias por distintas regiones del país, Lulo lograba reunirse con la cúpula de su organización con cada viaje a Santo Domingo y Santiago.

Sus proyectos personales no incluían aventuras guerrilleras. En realidad, el golpe de la madrugada del 25 de septiembre frustraría sus planes de obtener una beca de la Alianza Francesa para estudiar en París, cuyas gestiones estaban muy avanzadas. El comité central veía con agrado la posibilidad de que un cuadro tan importante como él mejorara su preparación y apoyaba su viaje. Pero el golpe militar, el paso del partido a la clandestinidad y el arresto policial de Guzmán y Ozuna, colocaron su nombre en la lista de la guerrilla.

Debido a su buena calificación intelectual, no obstante su falta de preparación militar, Lulo fue designado Comisario Político del frente de Ocoa o Los Quemados, bajo las órdenes directas de su comandante Polo Rodríguez. Durante el período de preparativos, se le convocaría para algunas de las decisiones más relevantes. En sus frecuentes contactos con la dirigencia, Lulo se comprometió a conseguir algunos de los vehículos a utilizar en el traslado de los insurgentes a los lugares desde donde iniciarían, en diferentes frentes, la marcha hacia las montañas. Uno de los ocupantes sería el propio Manolo Tavárez, comandante en jefe del alzamiento.

La distinción que esto representaba y sus aportes valiosos en el campo de la información estratégica, le permitieron tomar parte en discusiones reservadas sólo a la cúpula en situaciones normales. Lulo mostraba copias de fotografías aéreas de zonas montañosas tomadas al amparo de sus funciones públicas, para tratar de convencer a La Infraestructura, el comité del partido responsable de organizar la lucha armada, que no era indispensable un alzamiento formal, en el estilo clásico. Estaba dispuesto a garantizar el traslado paulatino pero seguro del grueso de los combatientes a los sitios predeterminados. Sería una operación más lenta pero segura. Con el pretexto de cumplir una tarea oficial de inspección, Lulo se ofrecía a conducir, en los vehículos del gobierno bajo su control, a muchos guerrilleros a lugares próximos a sus futuros puestos de combate, sin levantar sospechas.

Huchi Lora, hermano de Piky, junto a Laura y Patricia, las hijas, y un nieto de la abogada y revolucionaria. Detrás, un mural la recuerda

Los líderes de La Infraestructura no prestaron demasiada atención a esta sugerencia, convencidos de que todo el esfuerzo de planificación respondía a los objetivos trazados y que nada obstaculizaría por ende el levantamiento. A despecho de todo esto, Lulo insistió en que no se produjeran más aplazamientos. Los cambios de fecha para el inicio de la insurrección estaban afectando la moral de los escogidos. Su problema consistía en que la incertidumbre sobre la fecha comprometía la posibilidad de disponer de los vehículos a su servicio.

El 28 de noviembre, fecha en que finalmente se produciría la insurrección, cumpliendo una obligación laboral, Lulo viajó temprano en la madrugada a Santiago Rodríguez para seguir unos estudios sobre la construcción de la Presa de Rincón, sobre el río Mao, y no regresó a Moca hasta entrada la tarde. En aquel lugar realizaría lo que llamó su último entrenamiento previo a la guerrilla, al caminar unos siete kilómetros desde el lugar donde dejó el jeep al sitio en que se levantaría la obra.

Uno de los vehículos de la dependencia de la Secretaría de Agricultura que el ingeniero Lulo reservó para trasladar a los insurgentes, fue estacionado en Bonao para recoger a los que integrarían el frente a cargo de Polo Rodríguez. Era un camión que permitía transportar con poca holgura a más de una veintena de personas. Lulo condujo hasta allí en una camioneta Wolkswagen, después de detenerse en Cutupú, La Vega, para recoger a un chofer, siguiendo las instrucciones del alto mando. Detrás le seguía su hermano Emilio, al volante de su Peugeout. Apoyados en la oscuridad de la noche, todos abordaron el camión de la Dirección de Recursos Hidráulicos y emprendieron silenciosos, pero llenos de optimismo, el largo trayecto hacia las montañas. Emilio Lulo y el chofer recogido en Cutupú, regresaron a Moca conduciendo la Wolkswagen y el Peugeout.

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El grupo a cargo de Polo Rodríguez estaba compuesto por 29 personas. Siguiendo las recomendaciones del partido, los integrantes del frente llamado a operar en los alrededores de San José de Ocoa, esperaron hasta entrada la noche para trasladarse a los diferentes lugares por donde irían a buscarle para llevarle al punto de encuentro común en Bonao. Rafa Pérez Modesto pudo identificar, pese a la oscuridad, a muchos rostros conocidos. Hizo una inspección mental y comprobó que por lo menos ocho eran de La Vega (Arturo Mesa Beltré, José Francisco González Michel, Francisco Peralta Trinidad, Rafael Abud Adames, Marcelino (Jubilón) Jiménez, Antonio Mirabal, primo de las hermanas Mirabal asesinadas en noviembre de 1960 por la tiranía de Trujillo, y Hugo García Muñoz).

Después de recogerlos a todos, los hermanos Manuel y Emilio Lulo Gitte tomaron la autopista Duarte, en reparación, y en un punto entre La Vega y Bonao alcanzaron un desvío hasta llegar a un molino de arroz, donde aguardaron por el núcleo de dirección que procedía de Santo Domingo entre los cuales estaba Polo Rodríguez, el comandante ; Eddy Rosa, estudiante de arquitectura que había recibido entrenamiento militar ; Gonzalo Pérez Cuevas, ex sargento del Ejército cono amplios conocimientos de lucha anti-guerrilla ; Arsenio Ortíz Ferrand, de origen cubano y veterano de la revolución castrista ; y un joven de Baní llamado Homero Bello Suriñan.

Rafa Pérez comprobó en su reloj de pulsera la hora de partida: las 10 :00 p.m. Miró a su alrededor y hasta donde pudo permitirle la excitación, vio a sus dos compañeros de Moca, Manuel Lulo y Rafael Peralta, mientras se acomodaban en la parte trasera del camión. Aquino Pimentel, de Bonao, y Adolfo González, La Hierba, un prometedor beisbolista de Santiago, fueron de los últimos en subir, tras lo cual el grupo fue cubierto por una lona, emprendiéndose la marcha.

El camión con su pesada carga de guerrilleros y armas avanzó lenta y dificultosamente por un estrecho camino hasta alcanzar un puesto de policía, donde fue detenido para un chequeo. Polo Rodríguez, que ocupaba el asiento delantero derecho, al lado del conductor, entregó al suboficial una botella de ron y dinero en efectivo. El hombre se hizo a un lado y permitió que el vehículo pasara por un pequeño puente que mostraba la ruta hacia Los Quemados. Kilómetros más adelante, donde finalizaba el camino, el camión se detuvo y el grupo inició, en medio de una densa e impenetrable oscuridad la lenta y fatigosa marcha a pie hacia las lomas. El vehículo tomó el trayecto de regreso, ya libre de su carga.

En Manaclas, Santiago, un monumento recuerda a los guerrilleros de 1963

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Para muchos este primer esfuerzo de guerra sería superior a sus capacidades físicas. Tras las primeras horas de marcha, entre senderos escabrosos y de peligrosa inclinación, el desfile se hizo más lento para permitir la marcha conjunta de la columna. Los guerrilleros se vieron esa misma noche precisados a deshacerse de alguna carga, conteniendo alimentos y medicinas. Con todo y esto, el peso sobre sus espaldas seguía resultando demasiado para la mayoría, formada por hombres poco acostumbrados a este tipo de faena. Las empinadas cuestas, llenas de curvas y obstáculos, dificultaba el ascenso.

La larga caminata le pareció interminable a Rafa Pérez aún en la primera noche. Estuvo tentado de preguntar si habían confundido el camino pero se aferró a la disciplina y mantuvo silencio. Sin embargo, se percató de que las debilidades del grupo eran demasiado visibles. Antes de que la oscuridad cediera su espacio a los primeros rayos de luz de la madrugada del 29 de noviembre, el ánimo comenzó a desfallecer. Juan José Matos Rivera (Pachón), que había recibido entrenamiento en Cuba, detuvo abruptamente su ritmo y se sentó vencido por el cansancio. Sintió nauseas y vomitó.

La columna redujo su marcha apremiada por las señales de agotamiento del ingeniero Lulo. El rifle que colgaba sobre su hombro derecho unido al contenido de su mochila, que sumaban más de 60 libras, resultaba un fardo demasiado pesado y ponía en evidencia su falta de preparación física. A pesar de su juventud y de su entusiasmo, Lulo le parecía al resto de la columna muy obeso para iniciarse como guerrillero.

Polo Rodríguez pasó revista a la situación, dispuso un ligero receso y ordenó un rato después la continuación de la marcha. Los tropiezos iniciales de la primera noche habían ya de hecho impedido que el grupo se internara profundamente en las montañas, en ruta hacia su destino final. Siguiendo la lógica guerrillera, Polo comenzó el ascenso en un punto lejano al escogido como centro de operación. Su propósito era evadir todo contacto con el Ejército. De manera que la experiencia inicial de aquella primera noche iba a resultar catastrófica para sus planes.

Polo había recorrido ya toda aquella zona varias veces desde 1962 y el Catorce de Junio se proponía operar el grupo bajo su mando dentro de un amplio radio de acción en Ocoa, donde Piky Lora trataba de crear las bases de apoyo logístico, canales de comunicación con la ciudad y adhesión entre los campesinos de la región. La ruta desde las cercanías de Bonao, tenía un propósito de diversión: confundir a las tropas acerca de los objetivos y la ubicación real de los insurgentes.

La estrategia no aportaría ninguna ganancia, debido a la lentitud con que inició su ascenso la columna y al hecho de que fueron dejando huellas de su presencia por todas partes. A medida que avanzaban y se hacía más pesada la carga, algunos guerrilleros fueron autorizados a despojarse de parte de ella. Los rastreadores del Ejército encontraron en estas señales un camino seguro para seguirles el paso.

Después de más de ocho o nueve horas de marcha, durante un breve y forzoso descanso, el grupo alcanzó a divisar, entre la todavía densa oscuridad del amanecer, las luces desfallecientes de la ciudad de Bonao, desde un plano prácticamente horizontal. Rafa Pérez consultó su reloj y fijó en su mente el momento: eran cerca de las seis de la mañana. A través de su lento y agotador recorrido habían visto pasar cerca de ellos a muchos campesinos, que también se percataron de su presencia. Sin embargo, lo que más pareció preocuparles fue enterarse de que, a despecho del tremendo esfuerzo, se encontraban todavía al pie de la montaña, prácticamente en un llano.

Ante la imposibilidad de continuar la marcha, a causa de la naciente claridad que podía delatarlos, Polo Rodríguez dispuso bajar a una hondonada llamada Bejuco Aplastado, donde adoptaría la primera decisión importante desde el punto de vista militar. Polo era un experimentado dirigente entrenado en Cuba, China y Vietnam. De complexión delgada, que le hacía parecer más alto de lo que en realidad era, poseía en cambio un fuerte carácter y un innegable carisma que le hacía muy popular entre su gente. Nadie discutía su autoridad. Médico de profesión, sentía un desprecio por el peligro que rayaba en lo temerario. Era “sumamente agresivo, muy ágil y temperamental”, diría treinticuatro años después Rafa Pérez al autor.

Polo discutió con su estado mayor la situación y decidió dividir la columna en tres grupos de nueve y diez combatientes. El guía campesino que andaba al frente de la columna desertó esa mañana y la noticia causó una gran consternación. Debido a la poca seguridad que ofrecía el lugar donde había parado el grupo y, muy especialmente, por la huida del guía original, Polo ordenó la continuación de la marcha tan pronto comenzara a oscurecer. Luego dispuso una distribución racional del dinero, los alimentos, las medicinas, las brújulas y algunos mapas y fotografías aéreas del terreno que llevaban en sus mochilas.

En cada uno de los tres grupos en que se dividiría a partir de entonces la columna, Polo designó un jefe militar, un comisario político y un encargado de enfermería. Después les trazó un plan que todos debían seguir para encontrarse más adelante y reagrupar el frente. Rafa Pérez sintió un enorme alivio interior al saber que había quedado en el grupo de Hipólito Rodríguez Sánchez (Polo).

Antes de autorizar la disgregación, Polo reunió a los más veteranos para una pequeña lección sobre el uso del variado armamento en poder del grupo en favor de aquellos que poseían apenas una escasa noción al respecto. Rafa descubrió que algunos de sus compañeros jamás habían disparado con un arma de fuego. El joven estudiante de secundaria prestó atención a las instrucciones sobre el uso del Mausser y la pistola calibre 45. Los instructores desarmaron algunas armas para mostrarles sus partes y enseñarles cómo volver a componerlas. Sus vidas dependerían en lo adelante de sus habilidades para aplicar esos conocimientos.

Rafa hizo espacio en su mochila para varias raciones de leche condensada, carne salada y medicinas, mientras escuchaba las orientaciones generales de la comandancia. La rápida y única instrucción militar serviría también como un descanso y de relajamiento. Las órdenes eran muy precisas. Cada una de las columnas debía evitar a toda costa enfrentamientos con el Ejército. Tenían que evadir todo contacto con la guardia y encararla sólo en caso imprescindible.

Polo reunió a los tres grupos y pronunció un breve discurso. Dentro de poco, les dijo, se produciría una gran reacción nacional de respaldo al alzamiento, con movilizaciones y choques con las fuerzas del gobierno. La situación generalizada de caos que ello provocaría estaba supuesta a generar un movimiento de descontento que culminaría en un contra-golpe. Frente a esa situación, ¿qué papel tocaría desempeñar a la guerrilla?, se preguntó Polo. La justa y correcta actitud sería la negociación, sin claudicar la lucha y sin entregar las armas. El gobierno naciente tendría necesariamente que hacerlos partícipe de una negociación en busca de una salida a la crisis. Naturalmente, razonaba, esta sería una posibilidad en una primera fase de la lucha. El objetivo final era alcanzar el poder e iniciar una revolución transformadora de las estructuras políticas y económicas del país. Todos debían, pues, estar preparados para una guerra prolongada.

Los grupos se separaron entrada la tarde, con una diferencia de media hora entre la salida de uno y otro.

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La columna en que marchaba Manuel Lulo tuvo menos suerte que las demás. A escasas horas de haberse separado del resto, hizo contacto con un soldado extraviado de una patrulla enviada desde Constanza. El militar se rindió a tres guerrilleros después de un breve tiroteo. La pequeña refriega contravenía las instrucciones de Polo. El militar se entregó a Manuel Lulo, Antonio Mirabal y otro compañero, quienes en la confusión quedaron separados de su grupo.

Perdidos y con un prisionero a cuesta, Lulo asumió la conducción y después de examinar las fotografías aéreas decidieron tomar un arroyo para salir a una zona menos habitada desde la cual podían escalar la montaña. Lulo calculó que el camino que seguían parecía un trecho más corto, pero más peligroso debido a que esa podía ser la ruta a tomar por el Ejército. Un kilómetro más adelante, próximo al punto en que el arroyo se unía con el río Yuna, los encontró una patrulla, iniciándose un tiroteo.

Una bala alcanzó en un pie al militar que los guerrilleros mantenían como prisionero y el trío se dispersó. Lulo no volvería a restablecer contacto con sus dos compañeros. Estaba muy cansado y se quedó atrás. Los calambres que habían reducido el ritmo de su caminata volvieron a atacarle y no pudo más. Buscó un sitio apropiado para esperar la noche y se echó al suelo. Más tarde fue rodeado por tropas. Desde su escondite, Lulo podía ver con exactitud los movimientos de los soldados, que se iban aproximando al lugar donde él estaba tirado, completamente exhausto e indefenso. De pronto, los soldados abrieron fuego cerrado sobre el monte. Lulo sintió caer a su alrededor una lluvia de hojas de árboles, mientras contemplaba a las tropas avanzar hacia él. Estaba escondido en una pequeña cueva cerca del río. Sentía los pasos de los soldados correr a su alrededor. Uno de ellos levantó un tronco que lo protegía de la visión de los soldados y al dejar al descubierto la pequeña deformación dio un brinco de susto y le apuntó con su fusil. Lulo le tranquilizó diciéndole que él era su prisionero, después de tratar de convencerle de que aceptara dinero para dejarle escapar en la noche. El soldado se había separado de su columna y de pronto comenzó a gritar:

__ ¡Teniente, teniente, tengo a uno!

La patrulla llegó corriendo y le hizo preso, después de quitarle el fusil. Lulo vio con extrañeza que no le despojaran también de la pistola que llevaba colgada al cinto, y dirigiéndose al oficial le reclamó:

__¡Desármenme . Acaben de desarmarme!

El prisionero fue trasladado de inmediato a la fortaleza de Bonao, a cuyo frente se encontraba el teniente coronel Hernando Ramírez. Le encerraron en una celda alrededor de la cual se formó una ruidosa demostración de soldados, uno de los cuales metió el cañón de su ametralladora por entre las rejas amenazándole con disparar. El coronel Ramírez restableció el orden y ordenó una vigilancia alrededor de la celda. Al día siguiente Lulo fue trasladado al cuartel general de la Policía en Santo Domingo, donde estaban ya detenidos otros dos miembros de su frente.

Muchos años después, Lulo se sometió a una operación para curar una obstrucción en la aorta que los médicos en los Estados Unidos le dijeron que pudo haber sido la causa congénita de los ataques de calambres que sufriera durante su breve experiencia guerrillera de finales de noviembre de 1963.

Mientras veía a los soldados avanzar hacia la cueva donde estaba guarecido, la tarde del 29 de noviembre de ese año en que fue detenido, Lulo tuvo tiempo para reflexionar con respecto a su recomendación de que la guerrilla comenzara de otra manera. Nunca estuvo de acuerdo con el lugar donde su grupo abandonó el vehículo y comenzó a andar. En su opinión, podían haber llegado más lejos evitando el cansancio inicial de una larga caminata. Reconocía los riesgos de pasar en vehículo por un cuartel de policía en Los Quemados. Sin embargo, el camino que finalmente recorrieron, tras una caminata de más de cinco kilómetros con una pesada carga sobre sus espaldas, a lo que muchos de ellos no estaban acostumbrados, los condujo a un trecho muy cercano a ese mismo cuartel, punto más allá del cual hubieran podido llegar, en mejores condiciones, en un vehículo.

En su entrevista con el autor, el viernes 17 de octubre de 1997 en su residencia en Santiago, Lulo rememoró algunas experiencias personales de aquellos inciertos días : “Cuando nosotros dejamos el camión , cargamos con el exceso de cosas que llevábamos. Yo, por ejemplo, ese mismo día había caminado 6 ó 7 kilómetros de ida y otra distancia similar de vuelta (en Santiago Rodríguez) y esa era una rutina que yo hacía fácil en mi actividad. Pero esto era ahora en la loma, subiendo y bajando. A mi me endosaron, además de la mochila, dos sacos y un fusil (con medicinas y alimentos)”.

Lulo confesó que muy pocos de ellos estaban preparados para caminar con carga sobre sus hombros y espaldas. Los problemas se agravaron porque muchas caminatas eran dentro de arrozales. “Cada vez que metíamos un pie”, recordó, “ nos daba más trabajo sacarlo. Era un camino muy fangoso”. Después se internaron por una plantación de cacao, para volver a otro arrozal, lleno de agua. A pesar de las largas caminatas de la noche del 28 y todo el día 29, la columna original de 29 hombres no alcanzó a escalar las montañas. Fue prácticamente al final de la segunda jornada de marcha cuando llegaron a la falda de una loma y cuando iniciaron en realidad el ascenso que muchos no llegarían a realizar.

Por su parte, el entonces capitán Calderón Cepeda estimó que gracias a su intervención, pudo salvar la vida al ingeniero Lulo Gitte, cuando este fue hecho prisionero por sus tropas. Lulo no recuerda haber conocido al oficial y en cambio dijo que el oficial que le detuvo era un teniente de apellido Guzmán. Calderón sostuvo, en su entrevista con el autor, que encontró al guerrillero “cansado, agotado físicamente. Era un hombre grueso y cuando me vio estaba con otro que me identificó”. Les había puesto una emboscada “y cuando me le fui acercando estaban con carabinas Cristóbal en el suelo”. El ex oficial asegura que el compañero de Lulo exclamó:

“Gracias a Dios que eres tú”, cuando él se identificó con su sobrenombre de “Gregorio”.