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En la República Dominicana, de repente, sin país (denuncia de cuatro escritores)


Un fallo reciente del Tribunal Constitucional de la República Dominicana para despojar de la ciudadanía de varias generaciones de dominicanos no deja ninguna duda de que la nación no ha abandonado su historia de abuso y racismo.

De acuerdo con la decisión, a los dominicanos nacidos después de 1929 de padres que no son de ascendencia dominicana habrá de revocárseles su ciudadanía. El fallo afecta a un estimado de 250,000 personas dominicanas de ascendencia haitiana, incluyendo muchos que no han tenido contacto personal con Haití durante varias generaciones.

Estos ciudadanos dominicanos de repente se ven sin estado y sin derechos, simplemente por su ascendencia haitiana. La animosidad dominicana y el odio racial a los haitianos se remonta al menos a 1822, cuando el ejército haitiano invadió la República Dominicana, liberaron a los esclavos y alentaron a los negros libres de los Estados Unidos a establecerse allí para hacer “más negros” a los dominicanos. El 27 de febrero, “Día de la Independencia Dominicana”, no se celebra la independencia del país de España, sino su independencia de Haití, en 1844. Ese día, se fundó una nación que prohibió la esclavitud y dio la bienvenida a una población diversa, pero la gente ha estado discutiendo acerca de esa diversidad desde entonces.

En 1912, el gobierno dominicano aprobó leyes que limitaban el número de personas de piel oscura que podría entrar en el país, pero las compañías azucareras ignoraron las restricciones. Dominicanos de la élite sin escrúpulos, que buscaban mano de obra barata para sus fábricas trajeron, en su mayoría, a haitianos. Aquellos primeros trabajadores se mantuvieron en barracones que carecían de servicios básicos y fueron privados de todos los derechos civiles. Son, en su mayoría sus hijos, los que ahora se ven afectados por la nueva resolución.

Aquel racismo contra los haitianos continuó. Se estima que bajo el dictador Rafael Trujillo 20,000 haitianos fueron masacrados durante más de cinco días en octubre de 1937 ‒para “limpiar” la frontera, según el gobierno‒. En 1983, el presidente Joaquín Balaguer publicó el libro La Isla al revés, donde alegaba que los haitianos estaban tratando de invadir (el país) y que su arma secreta era “biológica”. De acuerdo con Balaguer, los haitianos “se multiplican con una rapidez que es casi comparable con la de una especie vegetal”.

En 1996, cuando José Francisco Peña Gómez, un popular político dominicano de piel negra y rasgos africanos, se postuló como candidato a la presidencia, Balaguer insistió en que Peña Gómez era un espía encubierto de Haití con un plan secreto para devolverle la República Dominicana a Haití.

Una de las lecciones importantes del Holocausto nazi es que el primer paso hacia el genocidio es despojar a un pueblo de su derecho a la ciudadanía. ¿Qué va a pasar ahora con este cuarto de millón de personas que van a ser apátridas? ¿Van a refugiarse en la clandestinidad, se someterán a las antiguas condiciones de casi esclavitud en la agroindustria de República Dominicana, o intentarán desesperadamente escapar en barcos, como indican informes de Puerto Rico que ya están haciendo?

El fallo les hará a ellos más difícil la vida ‒estudiar, trabajar, casarse legalmente, inscribir a sus hijos, abrir cuentas bancarias‒ e incluso, abandonar el país que ahora los rechaza, porque no pueden obtener o renovar sus pasaportes.

Para el gobierno dominicano, esto no es una crisis tan grande. Después de todo, a su juicio, la Constitución de Haití otorga la ciudadanía haitiana a cualquier persona en cualquier parte del mundo que tiene padres haitianos. Incluso si esto fuera automático ‒ que no lo es‒ sería como decir que no habría nada de malo en que a los judíos se les despojara de la ciudadanía de EE.UU., ya que tienen derecho a la ciudadanía israelí.

Sin embargo, para muchos dominicanos sí es una crisis grave el restablecimiento del viejo racismo contra el que muchos han luchado. Para los dominicano-estadounidenses es un absurdo. Como dijo Edward Paulino, profesor de historia en el John Jay College de Nueva York: "Yo, el dominico-americano nacido y criado en los EE.UU., tengo derecho a la nacionalidad dominicana, pero los nacidos y criados en la República Dominicana de padres haitianos, no”.

La acción del tribunal viola las normas del derecho internacional y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que establecen claramente que las personas no pueden ser despojadas de su ciudadanía. Aunque el Tribunal Constitucional mencionó una enmienda de 2010, sobre la ciudadanía, en su trigésimo octava Constitución para tomar la decisión, el fallo viola el Título II, Capítulo 1, Artículo 38 de esa misma Constitución, que dice que todos los dominicanos les corresponden los mismos derechos, independientemente de su sexo, religión, color de piel u origen nacional.

¿Cómo debe reaccionar el mundo? ¿Es algo tan importante la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad de unos pocos cientos de miles de dominicanos? ¿Deben las naciones occidentales, empezando por Estados Unidos, hacer negocios como de costumbre con un país que cometa esos delitos contra los derechos humanos? ¿Sería esto un lugar idóneo para pasar las vacaciones familiares, ahora que el turismo se ha convertido en una actividad económica importante en República Dominicana?

¿No es hora de que el mundo le diga al gobierno dominicano que despojar a las personas de sus derechos sobre la base de su origen étnico y volver vulnerables a parte de la ciudadanía al abuso y el establecimiento de un Estado de apartheides inaceptable? ¿Es una nación que construye armas de destrucción masiva o que tal vez usa armas químicas contra su propio pueblo la única línea que vamos a defender? ¿Acaso no tenemos que reconocer también ‒como aprendimos en Alemania, los Balcanes y África del Sur‒ que no podemos aceptar el racismo institucionalizado?

Marcos Kurlansky, Julia Alvarez, Edwidge Danticat y Junot Díaz son escritores. Álvarez y Díaz son dominico-estadounidenses; Danticat es haitiano-estadounidense.

 

Enlace con Los Angeles Times y la publicación original

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