El mundo filosófico de Diderot: “El sobrino de Rameau”.
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Cristina Lasa, filósofa, educadora y psicóloga, nació en San Sebastián (País Vasco-España),
en 1957, en plena dictadura franquista. Estudió en la Escuela Normal de Magisterio de San
Sebastián, que dependía del Distrito Universitario de Valladolid. Luego de graduada ejerció
el magisterio por más de cuarenta años. Desde joven participó (cuando Franco murió, en
1975), en un fuerte movimiento intelectual y social en el País Vasco que trabajaba por
implantar la enseñanza pública en euskera (Lengua vascuence o vasco), desde la Educación
Infantil hasta la Universidad.

Nos explica Cristina Lasa, que la Universidad del País Vasco, autónoma, se creó en 1980 y
que, en principio, la docencia era en español: “Fue una gran apuesta, pues nuestra lengua
(euskera) no disponía apenas de discursos universitarios. Y yo me comprometí con ello. La
defensa incondicional de la enseñanza pública de calidad, por una parte, y, por otra, el
cuidado y la custodia del tesoro del euskera, amenazado, en democracia, por el uso político
y el valor de cambio que, tanto la derecha como la izquierda, le quieren adjudicar”.
El estudio del griego clásico le permitió llevar a cabo, en colaboración con Javier Aguirre, la
traducción de la Metafísica de Aristóteles al euskera, e inscribir su tesis en Filosofía
Antigua. Excepto el curso del Master que imparte en Santo Domingo, toda su docencia en
la Universidad del País Vasco es y ha sido en euskara. En el año 2000 la contrataron en la
Facultad de Filosofía de San Sebastián para hacerse cargo de cuatro asignaturas distintas
–Semiótica y Retórica, Filosofía y Literatura, Estética I y Estética II, dentro del área de
Estética y Teoría de las Artes. Nos dice Lasa que “desde pequeña he sido aficionada a la
música y a la lectura, pero me tuve que poner a estudiar en serio. Y cuando trabajaba en mi
tesis, en la investigación filosófica, un poco abrumada por los más de dos mil años de
tradición de pensamiento, se cruzó en mi camino un texto literario de Denis Diderot, Le
Neveu de Rameau, marcando un antes y un después en mi trayectoria académica e
investigadora”. De ahí, su pasión y comprensión filosófica , literaria y psicoanalítica sobre:
el Espíritu de las Luces, el mundo filosófico de Montaigne, la teoría freudiana, el sujeto de
Jacques Lacan y la tradición del saber del genio, comediante y el bufón.

Cristina Lasa se siente compromisaria con el cuidado y la elevación de la calidad del
discurso filosófico en euskera que, a lo largo de los años, de acuerdo a ella, se ha ido
consolidando. Su trayectoria intelectual ha recorrido diferentes proyectos de investigación,
siempre interesada en la articulación de las disciplinas propias de la Filosofía Práctica:
Estética, Ética, Política, y por eso ocupa el cargo de Secretaria Académica de la Facultad de
Educación, Filosofía y Antropología de la UPV. Sus publicaciones se encuentran en la red
de redes del ciberespacio y son de dominio público.
Andrés Merejo. (A.M): Su línea de investigación se enmarca en el pensamiento filosófico de Denis Diderot, que tiene como punto de partida la tesis doctoral que presentó (2010) sobre este filósofo. La tesis entreteje la Estética, Ética y Retorica de manera puntual en la novela El sobrino de Rameau. Diderot fue un filósofo del siglo XVIII, con un espíritu crítico, su discurso sobre la razón lo fundamentó en las argumentaciones lógicas, en la experiencia y hechos observables, de ahí, su pasión por las ciencias naturales y las matemáticas. Esto nunca dejo un lado los sentimientos como parte de la vida humana y su pasión por la literatura ¿De ahí su legado narrativo, algunas novelas? ¿Lo puntual de su estudio la novela El sobrino de
Rameau? ¿Es la obra fundamental o más marginal de este filósofo?
Cristina Lasa. (C.L): Denis Diderot, fue un autor del siglo de Las Luces, un escritor
fecundo no tan estudiado (aunque sí leído) como sus colegas les philosophes: mucho más
discreto y preocupado por las consecuencias de sus intervenciones que Voltaire, y sin los
problemas físicos y mentales del genial Rousseau. Considero que Diderot fue un hombre
que discutió con sus contemporáneos, pero que escribió para la posteridad. Él no se
consideraba buen escritor. El sobrino de Rameau fue una obra póstuma que el filósofo
mantuvo guardada en su escritorio, sin dársela a leer a nadie, por prudencia, creo yo, y cuya
transmisión estuvo llena de vicisitudes. Baste señalar que la primera versión que se conoció
de la obra fue una traducción al alemán realizada por Goethe, a petición de Schiller, quien
le hizo saber que tenía entre manos un manuscrito inédito y desconocido de un diálogo de
Diderot, titulado Le Neveu de Rameau.

Schiller murió en 1805, y la obra que él había
considerado un hallazgo no tuvo aceptación porque Prusia se enfrentaba entonces a la
invasión napoleónica. Una obra en francés no podía ser bien recibida. De ahí su petición a
Goethe. En 1869, Marx envió a Engels un ejemplar de dicha traducción, junto con los
comentarios de Hegel en su Fenomenología. Unos años después, en 1891, apareció un
manuscrito autógrafo en un puesto de libros de segunda mano en París, a orillas del Sena.
Según parece, se encontraba entre las obras pertenecientes, en otro tiempo, al duque de La
Rochefoucauld.

Yo también me encontré con la obra, o ella me encontró a mí. No había leído más que una
novela de Diderot, Jacques el fatalista, que me sorprendió vivamente por su estructura y
humor, por el tratamiento tan original, en ese caso, de la cuestión del determinismo; baste
recordar cómo comienza el diálogo entre Diderot y Jacques: “¿Cómo se conocieron? – Por
casualidad, como todo el mundo”. Ahí encontré ya un autor diferente de sus
contemporáneos, un autor que, además, utilizaba la ficción de manera magistral para lanzar
verdaderas bombas de profundidad contra los enemigos del proyecto ilustrado, los
representantes del Ancien Régime. Diderot inauguró la novela moderna, la comedia “seria”,
y la crítica de arte. Su escritura, la forma en que convierte el lenguaje en texto, es única.
Los cambios que se produjeron a lo largo del siglo XVIII en Francia, que marcaron
definitivamente el estatuto de la Modernidad, encuentran en esta obra el paradigma de la
oposición disonante que hace oír la conciencia desgarrada que ocultaban los ideales
ilustrados. En el siglo de Las Luces, cuando, gracias a esa magnífica metáfora se había
empezado a poner de manifiesto la insensatez de muchas creencias, propuestas,
sentimientos y pasiones, Voltaire, por ejemplo, utilizaba la ironía para combatir las
exageraciones, pero al servirse de ella indistintamente contra todo, incluso contra los
valores cuya desaparición envilece y empobrece al ser humano, no tuvo en cuenta que los nuevos amos, incultos y groseros, podían adquirir la costumbre de reírse ante lo que no
comprendían. Diderot creía que un poco de oscuridad era necesaria, porque no es
conveniente poner en evidencia que “el rey va desnudo” sin haber hecho un cálculo
responsable de las consecuencias. Entendía la necesidad, en cierta medida, de los
semblantes, de las apariencias, para que las cosas funcionen. Por eso, sin renunciar a una
tradición por la que sentía gran respeto –los grandes clásicos-, Denis Diderot desarrolló
una nueva forma narrativa en la que, en lo sucesivo, el novelista deberá dar cuenta tanto de
lo que sabe como de lo que ignora.
(A.M): Esa novela es una invitación al diálogo, es reconocimiento de lo dialógico, en su expresión contradictoria y múltiple entre sus personajes (El filósofo y Rameau), que la misma expresión del filósofo y novelista (Diderot). La narración deja entrever la ebullición espiritual del narrador, su quietud (reflexión) y el devenir heracliteano como vida errancia que forma parte de su vida misma. Como dice el poeta Machado “Busca a tu complementario que siempre marcha contigo y suele ser tu contrario” o cuando Paz, expresa, “El que no es capaz de dialogar consigo mismo, no es capaz de dialogar con los demás”. ¿Lo dialógico cobra fuerza filosófica en esta novela? ¿La intensidad de esos diálogos es expresión del filosofar de
Diderot?
Cristina Lasa. (C.L): Yo creo que sí, que usted lo plantea de modo muy atinado. Me parece
que Diderot presenta en esta obra la mayoría de los discursos significativos de su época, en
diálogo con sus productos de deshecho, sus trampas, sus mentiras: se trata de encuentros
irreconciliables en una unidad. El lugar en el que se produce el diálogo entre el filósofo
(YO en la obra) y Jean-François, (ÉL), el sobrino del famoso músico Rameau, es el café de
La Régence, lugar de cita en aquel tiempo de los más famosos jugadores de ajedrez de
París, alrededor de 1762, por las referencias que aporta el texto, ya que, como he dicho
anteriormente, la obra no se publicó. Diderot era espectador asiduo, no jugador. El filósofo
se encuentra allí cuando es abordado por el sobrino, y conversan durante hora y media,
hasta que Rameau se da cuenta de la hora que es: tiene que ir a la Ópera. Así se acaba, o,
mejor dicho, se interrumpe la conversación, pues es imposible sacar ninguna conclusión: el
sobrino se despide del filósofo citando a Virgilio, y añadiendo una ironía última: quien ría
el último, reirá mejor.
Lo más llamativo de este diálogo, a mi modo de ver y como ha señalado usted en su
pregunta, es que el autor no se identifica enteramente ni con el filósofo, que defiende los
discursos ilustrados de la época, ni con el cinismo del sobrino, que no duda en ridiculizar la
hipocresía de muchos de esos postulados; tampoco con el narrador en tercera persona que
presenta el encuadre del diálogo y que, posteriormente, interviene de vez en cuando. Antes
de abordar cualquier otra cuestión, surge la dificultad de interpretar las posiciones
encarnadas por YO y ÉL. Esas dos enunciaciones se entrecruzan a menudo en el texto: la
práctica generalizada del quiasmo, la inversión de posiciones, el juego de los tres
pronombres personales que van pasando de uno a otro personaje, el desdoblamiento de
YO en autor y narrador, el propio estatuto del texto (diálogo/comedia teatral), la
separación radical entre palabra y acto, sostienen las reflexiones ética y estética que se van
alternando como variaciones sobre las cuestiones planteadas, dando la impresión de una
unidad perdida detrás de cada estrategia. He defendido que ésa era la propuesta de Diderot:
plantear de un modo artístico una experiencia que es de orden ético, entendiendo que no
hay modo de sostener una praxis personal, vital, que no vaya acompañada de una elección
(o consentimiento), y una asunción de las consecuencias. Él defendía que todo lector, toda
lectora posee, en sí, una disposición moral que la obra de arte debe estimular: el efecto
sensible entraña el efecto moral. Por eso, cuando Rameau y el filósofo discuten al
comienzo del diálogo acerca de un tema muy de moda en la época, el estatuto del “genio”,
aparece ya muy claramente la articulación entre ética y estética, cuestión que recorre toda la
obra.
(A.M): Ser filosofo en Paris a mediado del siglo XVIII significaba estar fuera o, al menos,
jugar a estar fuera, en los márgenes, ser rebelde, bajo el ojo de la sospecha como diría
Foucault y, sobre todo, pensando libremente, ejerciendo desafiante el derecho a pensar sin
control, sin sumisión , sin respecto a la autoridad; o sea, pensando contra la autoridad en
todas sus formas. ¿Encontramos en esta novela ese espíritu libertario? ¿Sale a relucir el
espíritu de Diderot en ese texto?
Cristina Lasa. (C.L): Me gusta que haya modulado “estar fuera” hacia “jugar a estar fuera”.
Aquí tenemos que hacer una reflexión acerca de cómo se ganaban la vida aquellos
pensadores que no eran ricos, reflexión que podemos ampliar hasta nuestros días. Tenga en
cuenta que la figura del “intelectual” surge, precisamente, en esa época, cuando el saber se
pone al servicio del poder. El “decir claramente” había sido el decir atribuido, permitido y
esperado del bufón. Era su oficio. Tradicionalmente, del monarca no se esperaba que fuera
culto, bastaba con que tuviera un buen ejército. Los intelectuales constituyeron una nueva
casta de bufones que, agrupados, se volverían criados. Federico II de Prusia, Catalina la
Grande en Rusia, es decir, las nuevas monarquías absolutistas, “los déspotas ilustrados”
llamaban a los filósofos a sus cortes. Los philosophes pretendían elevar la Razón a la
cabeza de un Estado alternativo a la Monarquía Absoluta, pero su contradicción fue, en
cierta medida, que atacaban a la aristocracia, o, mejor dicho, a su principal aliada, la Iglesia,
mientras seguían siendo financiados por ella. Diderot era el hijo de un famoso cuchillero de
provincias, y había llegado a París escapando del destino familiar que le aguardaba. Pasó
hambre. Para sobrevivir, escribía sermones por encargo, traducía, daba clases particulares.
Tuvo la fortuna de hacer amistad con el barón d´Holbach, un hombre sumamente rico,
profundamente ateo y que, además de anfitrión de los filósofos, escribía y traducía sin
cesar, y publicaba siempre de forma anónima o con seudónimo. El barón d´Holbach poseía
un palacio a las afueras de París, abierto siempre para acoger a sus amigos ilustrados.
Diderot, cuando tenía problemas, acudía allá. A mediados de siglo, en París, la lucha por el
poder político se entabló entre el Parlamento y la Corte: el Parlamento, de mayoría
jansenista, la rama más estricta y dura del protestantismo, dejaba sin ejecutar numerosas
órdenes del monarca, y en la Sorbona, los jesuitas, eran los confesores y preceptores de la
Corte. La religión era un emblema para la tradición, ya que representaba tanto una moral
como el sistema de gobierno que la sustentaba en base a una jerarquía social. Todo lo que
escribían y querían publicar los filósofos tenía que pasar por un control riguroso de la
censura. Y en eso destacó Diderot. Contra los enemigos de la Encyclopédie, Voltaire escribía furiosos libelos desde su residencia ginebrina. Diderot, sin embargo, consciente de
que el proyecto daba trabajo a muchos grabadores y tipógrafos, más de ciento cincuenta
personas, permanecía en silencio, trabajando, consiguiendo que los artículos pasaran la
censura.

(A.M): El filósofo Fernando Savater (2017), dice que los enciclopedistas no tenían pretensiones de acabar con las clases sociales y convertir al pueblo llano en dueño del país. Esto a si porque el adversario de estos filósofos y pensadores se encontraba en la iglesia católica, en “el conjunto de supersticiones, dogmas, injerencias sobrenaturales en lo legal y lo político, que perpetuaban lo irracional en la sociedad y bloquean el avance del afán racionalista y materialista que impulsa el progreso científico”. De acuerdo a este filósofo, la
Enciclopedia, aunque fue una obra colectiva, no hubiese salido adelante, sin ese “empeñó obstinado” y de “coraje indomable” de Diderot. ¿La consagración de Diderot a la composición de la Enciclopedia deviene una práctica- teórica de combate contra el dogmatismo y el espíritu escolástico fundamentado en la fe, en la subordinación de la razón a la religión, encarnado en la iglesia católica?
Cristina Lasa. (C.L): Sin lugar a dudas. La Encyclopédie fue el proyecto colectivo más
subversivo de la época. Los enciclopedistas solamente luchaban por la supresión de algunos
abusos escandalosos que resultaban indefendibles. Pero el contrario no estaba dispuesto al
diálogo, lo cual no quiere decir que estuviera en silencio. Desde sus instituciones, colegios y
publicaciones, los defensores de la tradición y de la monarquía, pilares del Ancien Régime,
desautorizaban las nuevas ideas. La Compañía de Jesús se expresaba por medio de
Mémoires de Trévoux, publicación periódica que se escribió en París, en el colegio Louis-
le-Grand, desde 1701 hasta 1762, año en el que los jesuitas fueron expulsados de Francia.
Mémoires estaba concebida para la defensa a ultranza de la fe cristiana, que veía amenazada
por todas partes: la publicación era una especie de cruzada intelectual. Mémoires por
ejemplo, acusaba a Diderot de plagiar obras ajenas y traducirlas para la Encyclopédie, algo
que él siempre aceptó, ya que no concebía que los conocimientos se guardaran como
propiedad. Era un hombre honesto, que firmó sólo los artículos de su autoría. El equipo
de especialistas que constituyó el círculo de los enciclopedistas contó con la participación
del barón d´Holbach, que se hizo cargo de los artículos sobre química, metalurgia y
geología; D´Alambert, matemático miembro de la Academia de las Ciencias y co-director
de la Encyclopédie junto con Diderot hasta 1758, año en que, por segunda vez, se atacó el
proyecto de forma seria y él decidió abandonar la empresa; otro colaborador fue Rousseau,
a quien Diderot pidió que se ocupara de los temas de música. Y, a medida que el trabajo
progresaba y los volúmenes se vendían con éxito, otros colaboradores fueron sumándose a
los primeros: Voltaire, Grimm, el naturalista Daubenton, el ingeniero Bellin, el gramático
Dumarchais, el relojero Le Roy, el abogado Touissaint, el pintor Watelet. Sin embargo, las
sucesivas crisis que pusieron en peligro el proyecto hacían que resultara peligroso trabajar
en él, por lo que, en 1759, cuando llegó la noticia de que, por un decreto real, la
Encyclopédie había sido prohibida y privada del prescriptivo privilège, muchos de los
colaboradores se retiraron del equipo. Sin embargo, Diderot respondió firme y
valientemente: con o sin privilège, había que continuar y terminar la obra emprendida.
Cuando en 1762 Catalina II accedió al trono de Rusia, invitó a Diderot a residir en su corte
y completar allá la empresa. Era una paradoja que fuera perseguida en el país de las ciencias
y del arte, del buen gusto y de la filosofía, y que fuera reclamada desde los confines bárbaros de los hielos del norte. En una carta a su amiga e interlocutora Sophie Volland, en
ese mismo año, escribe Diderot: “Ignoran que esa obra ya no nos pertenece a nosotros,
sino a los libreros que han corrido con todos los gastos y a los que no podríamos sustraer
una sola página sin serles infieles”.



