Volando al ras

Joker

«La peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras.» Joker.

Esta frase la escribe Arthur en la libreta de notas que siempre le acompaña. Arthur es el nombre del personaje principal del exitoso filme Joker (guasón), realizado de manera magistral por el actor Joaquin Phoenix. Desde mi óptica, una película oscura y paradójicamente luminosa; densa, profunda, humana. Cargada de una realidad tan dolorosa como cierta: cómo vive una persona que padece un trastorno psiquiátrico, con dificultades económicas y sociales.

La frase, con la que me identifico más que bastante, puede cobrar algún sentido si se trata de particulares y/o desconocidos, pero dice mucho de una penosa experiencia cuando involucra al  círculo cercano e íntimo de la persona enferma. Con todo y eso, dado el curso que la humanidad está tomado, es lastimoso palpar la distancia y apatía con la que muchos seres humanos interactúan a diario con sus pares, enfermos o no. Este escenario se refleja en muchas escenas de la película.

En lo referente al personaje del Guasón, respecto de su antagónico Batman, si el objetivo del filme era reivindicar frente a la audiencia la imagen de un loco desquiciado que delinque como si tal cosa, me parece que lo logra, pero va más allá, porque no solo lo reivindica, sino que lo explica en un contexto que se parece mucho al de nosotros, los espectadores sentados frente a la gran pantalla.

El sistema no te asiste; no solo te abandona, sino que fomenta y estimula tu locura. Es la pedagogía que recoge el filme. El que sufre una enfermedad mental está en el borde de ese sistema que, una vez que son inminentes los ajustes, recortes o modificaciones, te deja solo y a tu suerte, literal.

«Ya no quiero seguir sintiéndome mal», le dice a la señora del servicio social que le recibe periódicamente y le hace «las mismas preguntas», al tiempo que le comenta la posibilidad de aumentar la dosis de la medicación. Ante su solicitud, la mujer responde: «…tomas algunas siete medicinas, Arthur; alguna debe estar haciendo su trabajo». Ella le dirá más adelante que no podrá seguir viéndolo debido a ajustes aplicados por el mismo sistema que le mal atiende.

Un sujeto pobre, que pierde su empleo, con un círculo social prácticamente nulo, con una enfermedad mental, sin asistencia terapéutica ni medicinas. He ahí el borde del que les hablo, que conduce a estas personas a un abismo con consecuencias insospechadas. Es un abismo en países donde se les ofrece asistencia, y peor, es un maldito abismo en naciones como la nuestra, donde el paciente psiquiátrico apenas forma parte de los programas preventivos y correctivos de salud pública, amén de la falta de educación que se ofrece a los ciudadanos sobre la higiene mental.

En el filme, lo que ocurre a partir del momento en que Arthur queda desnudo de ayuda, resulta en la exposición abrupta a sus estadios de fuga y luminosidad demencial. Sin medicación, más una serie de eventos desafortunados desencadenantes, Arthur termina sintiéndose cada vez más cómodo en su piel y es como si despertara; está totalmente desquiciado, sí, pero nunca se sintió más pleno y coherente. Luego de abandonar la calma espesa que hallaba en las drogas prescritas, Arthur encuentra su punto de resplandor. Aquí me sirvo de la frase usada por el guasón del Caballero de la Noche, brillantemente interpretado por Heath Andrew Ledger, que reza lo siguiente: «La locura es como la gravedad, ¿sabes? Todo lo que hace falta es un pequeño empujón.»  El sisteme nos empuja, siempre.

El padecimiento de Arthur es de una hondura insondable. No solo está solo, sino que cuenta con constantes recordatorios de ello. Hay una distancia abismal entre su entorno y él que casi puede tocarse, esto se aprecia en su rutina de ida y vuelta a casa, en su trabajo y día por día. La gente no entiende. Arthur no es violento, sí está enfermo. Solo cuando se ve en la imperiosa necesidad de defenderse, se enfrenta a un desahogo que lo aturde, lo desafora y altera. La calma le abandona, pero luego una inexplicable satisfacción le acoge con una danza de bienvenida. Es como si él, apenas cuerdo y a la fuerza, lograra las paces con su esencia demente.

La sociedad comparte una responsabilidad importante en el comportamiento entre aquellos que son «sanos», que están «adaptados» y son «normales, y el resto que sobresale, así sea mínimamente, del circulo de lo aceptable.  Sobre todo, y hablo de los primeros, no entienden lo que ven, ni lo sospechan, y en consecuencia muchos atacan y juzgan eso que no entiende. Pero qué es la sociedad si no tú, yo, todos nosotros. Cada quien podría estar viviendo su propio infierno, su propia locura y nadie saberlo. ¿No entender algo nos da licencia para dañar y censurar? ¿Sería mucho pedir un poco, sino de empatia, al menos respeto?

Un escenario mejor es posible con educación y compromiso. De los pacientes, que pueden medianamente remitir y dar fe de su proceso y experiencia, pues se vuelve cada vez más importante escuchar en voz de ellos lo que significa padecer un mal mental; de la sociedad, con el ejercicio de la empatía, la solidaridad y el respeto humano; y del sistema, con la aplicación de políticas públicas y privadas dirigidas explícitamente al sector de la higiene y salud mental, en todas sus vertientes. Lo contrario es garantizar una sociedad enferma. Cualquier parecido con nuestra realidad actual definitivamente no es coincidencia.

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