Punta de Lanza

El duelo, la solidaridad, la compasión y la comprensión

Se dice que si vives la principal certeza es la muerte. Saberlo no hace que sea menos doloroso; incluso con las personas que ya cumplieron todos sus ciclos, y mueren en la ancianidad, si los amas te produce una sensación de vacío y soledad.  Así que no puedo ni siquiera imaginar lo que significa perder un hijo o una hija. Y si es de forma abrupta debe ser un dolor indescriptible, una pesadilla que corta el aire, que te deja sin posibilidad de respirar.

La muerte de un hijo/a es un desgarramiento. No me cabe duda de que de seguro provoca una inmensa angustia. He escuchado madres que han pasado por ese trance expresar que la vida se les interrumpió, que se convirtieron en otras personas; que aceptarlo, tolerarlo y seguir viviendo es un proceso difícil y que nunca se logra totalmente recuperar la alegría.

En los últimos tiempos el país ha atravesado por muertes que las he sentido tan profundamente que se han adueñado de mi alma. Tengo a Anibel González y su historia tan metida en mi piel que todavía no logro escribir sobre su caso. Es increíble todas las ocasiones en que solicitó ayuda y que manifestó su miedo de ser asesinada. Es demasiado cruel.

Hoy quiero escribir sobre la muerte de cinco adolescentes de San Francisco de Macorís, y lo hago para hacer un llamado a la capacidad de ponernos en el lugar de la otra persona y generar empatía. A que el desborde de emoción que ha producido el caso sea para que emerja compasión, solidaridad, comprensión y la posibilidad de ponernos en sintonía con los sentimientos de unas madres, unos padres, unas familias.

Por favor, en medio de tanto dolor, que la primera inclinación no sea juzgar a los que atraviesan por la aflicción de la pérdida: “Quien esté libre de pecado que lance la primera piedra”. Permítanles no tener que justificarse, no tener que buscar formas de manifestar que sus hijos eran buenos muchachos. Tanto sufrimiento agudizado por el látigo acusador de gente que solo es pluscuamperfecta en las redes sociales.

Hago una oración por el amor, para que envuelva con su manto de resignación a las familias sobrevivientes. Por el espíritu de los muchachos, que no podrán graduarse del bachillerato o hacer carreras profesionales. Quizás en la adultez reírse de las locuras de la adolescencia, tener un reguero de carajitos y carajitas, hacer maestrías, viajar por el mundo. Y vivir, alegrías, tristezas, tomar decisiones, equivocarse, recapacitar, volver a empezar, convertirse en buenas o no tan buenas personas; ser adultos y actuar desde la madurez y no desde el llevarse el mundo por delante como puede pasar en la adolescencia.

A ellos hacer locuras no se le dio bien, pagaron con su vida su actuación inexperta. No me mal entiendan, no quiero justificar imprudencias en una carretera, respiro aliviada porque no hubo más víctimas que fuesen en otros vehículos. Pero a la vez, como dice la canción, necesito “miguitas de ternura” para las familias.

Insisto, son personas sufriendo, madres, padres, hermanas/os, abuelas/os, tías/os, amigas/os. Merecen comprensión y la posibilidad de vivir su duelo en paz. 

Me permito transmitirles unas palabras de aliento y les pido que atesoren a sus muchachos desde el inmenso amor que se siente por un hijo. Desde la paz y la resignación de que su paso por la vida en su brevedad valió la pena. Desde la satisfacción de que ustedes hicieron lo mejor que pudieron. Desde el agradecimiento de haberles abrazado, cuidado, tocado y disfrutado. 

Lloren las ausencias, pero agradezcan el tiempo de presencia.

Reciban el llanto y la tristeza, vivan el luto; pero permítanse que recordarlos le produzca felicidad y que al hacerlo les broten las sonrisas.

Y sobre todo no se rindan. A su tiempo, hagan posible que la primavera vuelva a sus almas.

Les mando abrazos llenos de cariño, de aceptación, acogida, afecto, ternura, amistad, dulzura, bondad, sensibilidad, mansedumbre, suavidad, delicadeza, cortesía, empatía, afinidad y avenencia.

Que estén bien. No los conozco, pero si alguna vez necesitan un abrazo físico, un silencio, una conversación, pueden llamarme, San Francisco está cerca, llegaré en el menor tiempo posible. Ustedes se merecen mucha gente a su alrededor dispuesta a comprenderles y quererles. No se les olvide valió la pena tenerles aunque fuese pocos años.

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