Veritas liberabit vos

Bosch: ¿Qué es una ideología? (3)

Siempre evoco con cariño una referencia que varias veces me hizo el P. José Antonio Esquivel sj -que en paz descanse- sobre el hecho de que vivimos atrapados en el mundo intelectual de Platón y Aristóteles. Esa hipótesis la he encontrado posteriormente en varios autores. Luchamos tratando de zafarnos de ese binomio intelectual, pero al enfrentar a uno terminamos en los brazos del otro y todo esfuerzo de eclecticismo resulta una combinación de ambos.

Uno de los grandes pensadores del inicio de la modernidad escribió una obra titulada Novum Organon, me refiero a Francis Bacon. El título señala al contrincante que deseaba abatir, al estagirita, Aristóteles, cuya obra el Órganon, o más conocido como De las categorías, por ser ese uno de los ensayos que lo componen.  Órganon en griego es instrumento y recoge los textos de Aristóteles sobre la lógica, la herramienta racional por la que podemos desentrañar la realidad. La obra de Aristóteles llega a la Europa medieval a través de los pensadores árabes y su impacto en la filosofía y la teología se le debe a un coloso llamado Tomás de Aquino, para la iglesia el Doctor Angélico, Doctor Común y Doctor de la Humanidad. Con su faenar intelectual Aquino sacó en gran medida la influencia de Platón, por medio de Agustín de Hipona, de la escolástica medieval y es evidente que abrió las puertas de la modernidad, aunque muchos de los primeros autores -incluido Bacon- no lo percibieran de esa manera. La modernidad es más aristotélica que platónica porque valoraba más la experiencia que las ideas innatas. Que la primera ciencia en romper el control medieval fuera la astronomía es a la vez una deuda con el pensamiento escolástico, ya que antes de mirar la tierra, se centraron en mirar el cielo.

Larraín, en su obra El Concepto de Ideología señala que: “El Novum Organon de Bacon (1620), así como el Discourse de la Methode de Descartes (1637), se cuentan entre los primeros escritos metodológicos que comienzan a dudar sistemáticamente de los enfoques tradicionales de la ciencia. Ambos se ocupan de la necesidad de una nueva metodología que pudiera superar las limitaciones del pensamiento aristotélico-medieval. Sin embargo, mientras Descartes se mantiene en un nivel más filosófico y deductivo, Bacon enfatiza el rol de la ciencia positiva y su carácter observacional. Quiere superar el Órganon de Aristóteles por medio de un Nuevo Órganon que ya no insiste en una lógica formal deductiva en su acercamiento a la realidad, sino que la reemplaza por un enfoque inductivo” (Vol I, p. 12). Entre el siglo XVI y XVII varios autores construyeron modelos lógicos que permitieran abrir a las ciencias nuevos senderos que superaran las visiones medievales y desarrollar investigaciones sobre la naturaleza que respondieran a la experimentación dejando de lado los preceptos teológicos que demandaban la creencia en preceptos bíblicos o las elucubraciones teológicas sin referencia a los hechos observables de la naturaleza.

Fruto de esos esfuerzos dichos autores de la modernidad encontraron que existían obstáculos que eran parte del sentido común establecidos por un milenio de propagación de ideas basadas en creencias. “Para Bacon el conocimiento observacional de la naturaleza no puede tener éxito a menos que se deshaga de ciertos factores irracionales que acosan la mente humana, los ídolos o nociones falsas que obstaculizan el entendimiento humano impidiéndole alcanzar la verdad. Estos ídolos son de cuatro clases; los ídolos de la tribu, los ídolos de la caverna, los ídolos del mercado y los ídolos del teatro. Los primeros dos son innatos; no pueden ser eliminados, solo reconocidos. Ellos operan espontáneamente en el proceso cognitivo de modo tal que el entendimiento humano asemeja un espejo deformado “cuya forma y curvatura cambia los rayos [de luz provenientes] de los objetos distorsionándolos y desfigurándolos” (cita de Bacon). La distorsión provocada por los ídolos de la tribu tiene su fundamento en la propia naturaleza humana, lo que los hace comunes a toda la especie humana; la fuente de los errores producidos por los ídolos de la caverna es la idiosincrasia de cada individuo determinada por su carácter, educación y disposición general” (Larraín, Vol I, pp 12-13). Lo que Bacon denomina ídolos corresponde a lo que hoy nos referimos como ideología, por eso Larraín lo incluye en sus antecedentes de la formación de dicho concepto. La cosmovisión ideológica a que se enfrenta Bacon es el poso del predominio de los pensadores católicos que dominaron el mundo intelectual durante todo el medioevo. Aunque esas ideas dominaban la explicación de lo que era el mundo y la naturaleza, tenían consecuencias sobre el mundo social, político y económico que la burguesía naciente buscaba quebrar para instaurar un nuevo orden.

Los ídolos de Bacon, las ideologías en nuestro vocabulario actual, operan como elementos que distorsionan nuestra comprensión de la realidad y nos llevan a actuar en función de intereses ajenos a nuestro propio bienestar. Como la inmensa mayoría de los hombres y mujeres viven sus vidas sin dedicar tiempo a evaluar las ideas que tienen de manera sistemática, es relativamente sencillo manipularlos y llevarlos a emprender acciones que en último término los convierte en lacayos útiles a quienes moldean su mente. El pensamiento crítico es escaso y los que apuestan por pensar de manera profunda aún más.

Continúa Larraín analizando a Bacon: “Entre los ídolos de la tribu, dos son de particular interés. El primero es la tendencia natural a aceptar aquellas proposiciones que han sido una vez establecidas sin ningún examen crítico. Aunque este ídolo es el más seductor en la ciencia y la filosofía, es también el mecanismo de la superstición. Incluso antes de que propusiera su teoría de los ídolos, Bacon había estado preocupado de los efectos corruptores de la superstición sobre la ciencia y la filosofía. La superstición era la fuente de distorsiones dañinas del conocimiento científico en tanto sometía la mente a fuerzas incontrolables y sacrificaba la discusión racional a caprichos arbitrarios”. (p.13) En el renacimiento y posiblemente con más intensidad en el presente, muchas de las exposiciones sobre temas esenciales descansan más en los prejuicios que en la lucidez de la mente abriéndose a la realidad.

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