Paradigmas

Un dragón en mi garaje

Una de las personas que inspiraron mi amor por la ciencia fue Carl Sagan, uno de los divulgadores científicos más influyentes de la historia. Me he reencontrado con un texto suyo, El mundo y sus demonios, (The Demon-haunted World), donde manifiesta sus preocupaciones por  la posibilidad del retorno de una era de ʺsuperstición y obscuridadʺ.

En el referido libro, Sagan prevé una era caracterizada por la concentración del poder tecnológico en pocas manos, el declive del pensamiento crítico y con él de nuestros criterios para discriminar con sabiduría la verdad de lo que nos resulta gratificante.

Se trata de una era caracterizada por el pseucientificismo, la indiferencia hacia los datos y hacia el discurso racional.

En ese mismo libro, Sagan narra una historia muy simpática, Trata sobre un individuo al que llamaré Pedro, quien afirma tener un dragón en su garaje. Pero dentro del lugar, el vecino de Pedro solo ve latas de pintura vacías, una escalera y un triciclo viejo.

Cuando el vecino de Pedro pregunta por la evidencia del dragón, Pedro afirma que el mismo no puede verse porque es invisible. Entonces, el vecino propone arrojar harina sobre el suelo del garaje, para que queden marcadas las huellas del animal.

Pero Pedro sostiene que el dragón flota en el aire. Luego de escuchar esta respuesta, el vecino propone utilizar un sensor infrarrojo para localizar el fuego invisible.

Pedro responde que el fuego invisible no da calor. El vecino propone pintar con spray al dragón para visibilizarlo. A esta propuesta, Pedro sostiene que el mencionado procedimiento no funcionaría, porque el dragón es incorpóreo.

Y así, a cada intento de búsqueda de un procedimiento que permita contrastar la afirmación de Pedro, este contrarresta señalando que el mismo no funcionaría recurriendo a una conjetura incontrastable.

Sagan ha contado esta historia a modo de un experimento mental de lo que acontece cuando alguien se niega a aceptar las reglas del juego científico. En la perspectiva del filósofo Karl Popper, Pedro carece de una actitud científica, porque la característica fundamental de la ciencia es su refutabilidad, el hecho de que podemos asumir unos criterios racionales a partir de los cuales podemos establecer si una hipótesis es falsa o no.

Por supuesto, esto implica aceptar los supuestos del discurso racional y la información inferible a partir de los datos. Y como previó Sagan, se ha ido extendiendo la indiferencia hacia los datos en función de lo que queremos o decidimos creer.

Asumir esta actitud constituye un serio problema que se agiganta con el auge de las pseudoterapias, las pseudoconsejerías, las pseudofilosofías, en fin, con toda una amalgama de creencias promocionadas por las redes sociales y que desafían lo que Popper denominó el sentido común crítico.

Así, vivimos en una era donde disponemos del mayor conocimiento científico acumulado de la historia, disponible al alcance de millones de seres humanos. No obstante, también vivimos en una era de resistencia ante la ciencia, de indiferencia y de negacionismo.

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