Trazos del pensar

El bosque enfrentado: otros tonos del sentido

El hecho mismo de que en la obra de Adrián Javier, las cardinales y los disjecta membra  faciliten sus dependencias estratégicas, supone en el texto poético mismo un marco de alteridad y subversión en cuyo tronco de origen se producen los efectos de superficie y profundidad activadores de valores fundacionales. El poema, en la obra de Adrián Javier no solo se origina, sino que también va adquiriendo valor en su desarrollo o movilidad interna. Lo que se hace visible como unidad hipersegmental indicadora de un poetema generador de modos, núcleos y formas constitucionales de la poeticidad, tal y como se hace legible en poemarios como Bolero del esquizo (1994) y en Idioma de las furias (2000).

Pero también resulta importante indicar que los poemas de Adrián Javier recuerdan los poemas en prosa, denominados “prosemas”  por el poeta nicaragüense Francisco Valle (1942), quien reunió sus más importantes libros de “prosemas” en su antología titulada Laberinto de espadas, Prosemas 1962-1992 (1996), donde se construye una lectura crítica y articulada de lo que hoy se entiende como prosema-poema en prosa.

La poesía dicha en verso y prosa o el versoprosa, cobra en el poeta dominicano Adrián Javier un ritmo estilístico-textual, bastante diferenciado como producto y función de lenguaje. Y es así como los prosemas de El bosque enfrentado constituyen una clave novedosa como poética de mundo y pacto de identidad legible en esta obra que no solo obtiene el merecido Premio Internacional de Poesía 2008, en el Concurso Casa de Teatro, sino que también desarrolla un nivel de soltura verbal y calidad dialógica, deconstructora e incidente en el poema-lenguaje de comienzo de la primera década del 2000.

El poema se “dice”, se moviliza y se hace cauce de escritura, desde una ironía existencial que entra y sale de su expresión poética peleándose con “el otro” como sujeto cómplice y lector de su textualidad, toda vez que los ritmemas del libro avanzan en su timbre verbal, sus tonos verbales e intensidades verbales, pero sobre todo en  su enmarque de escritura y creación poética.

El poeta va construyendo el proceso mismo de su escritura, mediante claves conversacionales y visionales motivadas por una concepción visionaria de lo cotidiano, asumido en situación bajo mirada que absorbe objetos, sujetos, formas de vida, paisajes que se diluyen, escapan y parecen estallar en la soledad y el tiempo pasajero de la ciudad. Así, el poeta se acerca y toca el punctum de su escritura:

“Póngale asunto a eso que el poema dice que va llegando al labio una cruz cifrada a la cabeza la mitad de un dormido paisaje de nervios iridiscentes al pecho un sonido develado de niño esquizoide y a la lengua ay a mi robot no nacido en la guadaña del hombre sólo la ilusión de una flauta aterida al hermoso cansancio de un tritón vagabundo”. (Ver p. 37)

Los estratos ontológicos y cosmovisionales del poema engendran imágenes surgentes de lo cotidiano que el mismo poema “busca”, extiende en su movimiento lírico y existencial pulsado por su dinamismo interno y organizador de claves expresivas. La cohesión del poema propicia su propio sentido de libertad desde “el afuera” y “el adentro” del sujeto que narra y poetiza sus miradas, ecos reales e irreales:

“topacio sitúa un olor y acaricia luego se arrodilla para comer del río su imagen borrosa  topacio la número doce de la fila derecha con pelo ternura de rebelde en trenzas de ternura rebelde con pelo de rebelde en trenzas de ternura con pelo con ternura con trenzas con rebeldía con en de topacio ha hecho un vestido de su boca en enagua y en derrite loco se apocopa sentido como luna más ruina sangre su verde apareamiento y melodía triste al escape del asomo la ternura treta y amalgama” (p. 43)

La enunciación poética o decir individual del poeta que “habla” su sentido mediante el verso es reo de fuente llegando “a la edad” del menoscabo:

“el verso por oscuro rumia en suplicio de cúmulo enojo apesta el embarazo que por ogro cuando va crispando en olas la intemperie y llega a la edad del menoscabo como reo de fuente” (p. 44)

El ojo del poeta mira aquello que llama su atención en cuanto a lo contradictorio de la vida; suerte de ventana, poliedro que crea formas visibles de lo real y sin embargo, acentúa su estado en rebelión y punto de visión. Aparecen tiempos, experiencias, cadenas de instantes que atacan de manera virulenta al sujeto solitario, inconforme con “la vida loca” del altocapitalismo en tiempo de mitos, ciudades, reverberaciones públicas y privadas.

“como concilio el vozarrón bermeja el hospicio la bocacalle crea y cabecea róbalo incide y crea la marisma su melcocha lúcida de pluma en titubeo la día polígrafo se marcha el sombra bucólico llega” (p. 45)

El poeta pone a prueba, asigna géneros y viola acuerdos gramaticales cambiando la trama del sentido por un enorme sin-sentido, y así se leen construcciones como: “bermeja el hospicio”, “cabecea róbalo”, “de pluma en titubeo”, “la día polígrafo”, “el sombra bucólico”, y otros procedimientos de alteridad lingüística y poética.

Irracionales tratamientos de lo real en el mundo visible, aparecen como formas sugestivas de situación y relato lírico. En todo momento el poeta confirma y afirma su viaje interno-externo, habida cuenta de sus golpes incisivos, y sobre todo sentientes en el contexto de su búsqueda de espacios. De ahí que llame la atención secuencias poéticas como la siguiente:

“incordia el trigo su cuerpo pero de inocente tremebundo diríase que de golpe insiste pardo el óvulo mancuerna el labio con el signo tras el pálido sirena como generación de terciopelo en el cesante que rabia y pierna el medioevo auscultando la insania del perplejo impide el vozarrón y pez tirita entrañándole a la memoria su tos apócrifa porque el amor es un díscolo en contienda imagen desnuda amenaza que el tez en desazón impele y derrocha” (p. 46)

Para Adrián Javier, “escribir en masculino”, “en femenino” o en neutro era su fórmula preferida para construir paradojas, contradicciones, choque de realidades y cambios de sentido. De ahí que las tres partes de El bosque enfrentado y el comienzo o Liminar del poemario se sostengan en una poética del desencuentro y de pelea con el lenguaje mismo de su mundo poético. Existe, sin embargo, una conexión entre el “Elogio de la perplejidad (Liminar del actor)”, “La rosa de humo”, “Cámara de imperfección” y “El tren líquido” que funcionan en la lectura-incripción de El bosque enfrentado.

Una lectura interna y externa de este libro supone una experiencia del sentido y el sin-sentido del existente poético, toda vez que la trama que organiza su estar-en-el-mundo parte de oposiciones fundantes: muerte-memoria, vida-deseo, vacío-plenitud, espacio-tiempo y razón-sin-razón.

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