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Deuda pública: ¿“Rata de dos patas” o “Felices los cuatro”?

Este sábado, en La Romana, pregunté a los participantes de un Módulo de Crédito Público si conocían la canción “Rata de Dos Patas”.  No llegué a dar más detalles, la mención bastó para que completaran la frase con el nombre de la cantante, Paquita la del Barrio, y luego de un “¿Qué mujer no se sabe la letra de ese himno?” la empezaran a cantar a coro:

Paquita la del barrio

“Rata inmunda

Animal rastrero

Escoria de la vida

Adefesio mal hecho

Infrahumano

Espectro del infierno

 Maldita sabandija

Cuánto daño me has hecho…

Terminada la interpretación, digna para una final de “En CAPGEFI Tenemos Talento”, pregunté si a la deuda pública que habíamos analizado en las facilitaciones se le podía llamar “culebra ponzoñosa”, “maldita cucaracha” o “Rata de Dos Patas, una externa y la otra interna”.  Respuestas espontáneas de “No es para tanto/Todavía no” y el debate que resumo, me dieron satisfacción de que no habíamos perdido el tiempo.

Recordaron que desde el inicio del módulo expliqué que el 72% de la deuda pública está en bonos soberanos, colocados en mercados de capitales a inversionistas extranjeros que los compran de forma voluntaria, y en bonos locales, que el Ministerio de Hacienda emite vía subastas competitivas a bancos y puestos de bolsa.  Esos bonos se adquieren en mercados primarios por la facilidad para revenderlos a otros inversionistas que, a su vez, también los compran porque en el mercado secundario hay muchos participantes dispuestos a realizar transacciones diarias en los títulos. 

Si el bono del gobierno dominicano se percibiera como rata, con una pata soberana y otra de subasta local, simplemente, no tendría salida.  Hacienda se quedaría con las ganas de venderlos, como supongo le pasaría a cualquier emprendedor busque innovar las góndolas del supermercado con un furgón de roedores congelados.

Bueno, pero Paquita no se enamoró de una rata, entró en una relación con quien no sabía terminaría peor que un “bicho rastrero”.  La respuesta depende de a quién visualizamos en cada papel. Si la mexicana Paquita fuese propietaria de un bono dominicano-rata que compró cuando era gatito de compañía, ¿puede alegar ignorancia del riesgo terminara como “Hiena del Infierno”? ¿Recuerdan lo que les mostré dice el prospecto ampara la emisión de cada bono? En realidad, no.

El bono es aspirante a novio que hace un cortejo atípico. Cuenta sin sonrojarse todas sus falencias y riesgos de no cumplir con pagar intereses y devolver capital: el embrollo de nunca acabar en el sector eléctrico, el caos que se puede armar si dejan de llegar remesas, si a los turistas los espanta mala prensa por violencia, huracanes o invasión de sargazos; a las exportaciones agrícolas le cae una plaga, el petróleo vuelve a subir y hay descuido en recaudar impuestos. También que pueden llegar al poder políticos con más pantalones que Trujillo: en vez de saldar deuda con acreedores externos, decidir no pagar un dólar más de servicio. 

El bono cuenta que se puede volver rata, o bono basura o “junk bond” que es el insulto financiero, porque no lo puede evitar.  Paquita no lo conoció vía un celestino asalariado que contó cosas bonitas. Los bancos de inversión son contratados por países emergentes para las colocaciones de bonos, pero su principal responsabilidad es proteger los intereses de los potenciales tenedores de los títulos.  De ahí que se busque la mayor transparencia en informar datos relevantes y riesgos sobre el pretendiente quiere entrar en un portafolio. En términos coloquiales de actualidad, no son bocinas de los gobiernos con un “¡Mira que bono más bonito y seguro!”

Pero hay otro detalle. Además de la sinceridad en informar probabilidades de incumplimiento, el bono dominicano paga una compensación monetaria por esa posibilidad. Sobre la rentabilidad que se recibe en aquellos que se perciben con chance cero de mutar a rata, se paga una prima o margen, por ejemplo, un seguro paga 2%, uno dudoso, 5%. En consecuencia, como estuvo informada del riesgo y fue remunerada por el mismo, es probable que Paquita no desate tanta furia sobre el amargo desenlace de esa transacción financiera como la descargada contra el anónimo excompañero sentimental.  A propósito, apunta participante pide reserva de su nombre, “con la canción falta conocer la otra campana, la versión de los hechos motivaron semejante atropello tan impropio en una dama”. Me agradeció intervención para que saliera ileso.

Pasando al frente local, la magnitud del “odio y el desprecio” y, por lo menos, la información de quienes son los afectados si a los bonos locales se decide convertirlos en “alimaña” o basura, está en el cuadro de tenedores de bonos de la Dirección General de Crédito Público.  Por ejemplo, con una medida anunciada como revolucionaria de reducir las tasas de las emisiones para que el promedio de servicio baje de 11% a 1%, proyecte ahí el “ahorro fiscal” del gasto de intereses por tipo de propietarios.  Unos RD$11,530 millones dejarían de recibir los bancos, puestos de bolsas y asociaciones con la medida; las cuentas de capitalización individual, como las que tienen los participantes del curso, recibirían transferencias menores por un monto similar.  Otros RD$3,150 millones se quedarán esperando las personas que confiaron en que las condiciones del servicio no serían cambiadas por una decisión administrativa de políticos populistas. 

     

¿Y si Paquita es el Pueblo Dominicano y la deuda pública la Rata de Dos Patas? Sencillamente: inmerecidos los insultos cuando es el resultado de cumplir con el plan de financiamiento se aprueba en la Ley Anual de Presupuesto.  ¿Qué hablamos del Artículo 233 de la Constitución? ¿Qué tipo de relación es que ahí se establece?

Bingo. Otro grupo inmune a la cháchara de culpar a la deuda de todos los males, de ser el parcho mal pegado, la amante intrigante y disociadora de un matrimonio perfecto entre ingresos-gastos. El presupuesto establece un “matrimonio trial” de fundamento constitucional, donde los ajustes involucran todas las partes: menos deuda requiere plantearse medidas con los gastos y los ingresos.  Y cuando se aprueba, en consecuencia, en ese ejercicio presupuestario se plasman los datos que indican hay un equilibrio donde están felices los tres.

¿Felices los tres o “Felices los Cuatro”, como en la canción de Maluma? ¿Profesor, de dónde sale esa otra que obliga a que “agrandemos el cuarto”?  De esa se habla poco. El presupuesto también incluye una sección de exoneraciones, subsidios, transferencias especiales y un tinglado de privilegios o tratos preferenciales que son excepciones a eso de que “todos somos iguales ante la ley”.  Ahí están el pastor de ovejas que las vigila desde un auto de lujo no paga aranceles, el productor de cine con fines de lucro que la inversión viene de fondos públicos, el restaurante que no paga ITBIS y le saca la lengua al del frente que vende la misma hamburguesa, pero no está exonerado, el refresco más barato porque viene de la frontera y un largo etcétera que bien merece parte de la atención hoy sólo recibe la deuda pública.

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