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Relectura de Fouché, el genio tenebroso, según Stefan Zweig (4)

§ 15. La regla de oro de Fouché fue siempre “no ser nunca minoría y estar siempre con el vencedor” (Zweig, p. 29) y para todo oportunista o trepador, esta regla de oro está acompañada de un fino olfato político  que casi nunca falla: «no decidirse nunca por una causa mientras la victoria no esté decidida.» (Ibíd., p. 115). Sin embargo, para lograr este objetivo el sujeto debe desplegar una inteligencia fuera de serie y conocer al dedillo los contextos y los hilos en que se desenvuelven las luchas políticas entre sujetos para alcanzar sus objetivos. A esta maraña de acciones puede uno llamarle estrategia del sujeto y al despliegue de acciones colaterales para hundir allí, alzar acá, siempre según las conveniencias y los intereses, puede llamárselas, tácticas.

§ 16. En su dilatada carrera de maestro de la intriga política, la única vez en que Fouché no estuvo con la mayoría fue cuando no se sentó en los bancos de las derechas, «sino en su antiguo sitio, en la ‘montaña’, con los radicales. Y se envuelve en silencio. Por primera vez, es sorprendente, no va con la mayoría (Zweig, p. 87), dirigida por Tallien y Barras, quienes desean deshacerse del terror implantado por Robespierre y llevarle a la guillotina. Y el biógrafo se pregunta por qué obra Fouché con semejante obstinación y de inmediato se responde: «Se lo preguntaron muchos entonces, y se lo han preguntado más tarde algunos. La contestación es sencilla: porque piensa más razonable y perspicazmente que los demás; porque su inteligencia superior de político prevé más profundamente la situación que la frágil mentalidad de un Tallien o un Barras, a los que únicamente da el peligro una energía momentánea.» (Ibíd.)

José Fouche

§ 17. Solamente dentro de las entrañas del partido de la montaña (la izquierda radical) era posible, en la lógica de Fouché, desembarazarse de Robespierre, a quien todos temían y, con certeza, corrían peligro de muerte si no obedecían a los mandatos de este caudillo absolutista: un Stalin del siglo XVIII. Y Fouché estaba bien consciente del peligro que corría, porque ya había sido humillado públicamente por Robespierre, quien le guardaba una antipatía y un desprecio generales. Zweig especula que el Incorruptible odiaba a Fouché debido a tres razones unidas en un solo bloque: por abandonar a su hermana Carlota, novia de Fouché; por haber descartado a Georges-Auguste Couthon, el fiel de Robespierre, cuando se nombró en la Asamblea a los procónsules que fueron a Lyon a sofocar la fronda contrarrevolucionaria; y, por último, debido a que Fouché era para Robespierre el oportunista más despreciable del mundo. Zweig cuenta que nadie sabe lo que hablaron Fouché y Robespierre en la única entrevista que tuvieron en vida, antes de la caída de este último, pero el resultado sí se conoce: en la semana más aciaga para la vida de Fouché luego de esta entrevista, el maestro de la intriga convenció a los conservadores y a algunos de los partidarios menos ardorosos de Robespierre de que todos estaban en la lista de los conspiradores para derribarle y que luego él les enviaría a la guillotina. El efecto fue espantoso, y cierto o no, pues todos no podían estar en la conspiración, lo ocurrido fue que en la reunión de la Asamblea donde Robespierre leería los nombres de los supuestos conspiradores, el presidente no dejó hablar a Robespierre, ni a Saint-Just ni a ningún sospechoso de apoyar al Incorruptible. Así pudo Fouché librarse de una muerte segura a manos de Robespierre, quien fue acusado de tramar contra la vida de los conservadores y de un grupo del partido de la montaña. Robespierre, golpeado, con la mandíbula fracturada, fue apresado en el sitio mismo de la Asamblea, llevado a la Conserjería, y guillotinado el 28 de julio de 1794. Así terminó la llamada era o época del Terror revolucionario.

§ 18. Era del Terror de la que participó Fouché, por supuesto, cuando desplazó a Couthon como comisario en Lyon y trabajó junto a Collot d’Herbois. Ellos fueron responsables de más de dos mil contrarrevolucionarios ametrallados o guillotinados en aquella ciudad y sus demarcaciones. Cuando la Asamblea quiso pedir cuenta a Fouché por sus excesos y su impiedad, este refutó la acusación y le echó la culpla de los asesinatos a Collot d’Herbois y argumentó que él se limitó únicamente a cumplir las órdenes que se le impartieron, las cuales fueron las de liquidar a los contrarrevolucionarios de Lyon. Absuelto Fouche, su estrella comenzó a ascender y a cotizarse en la bolsa de la Revolución.

Maximilien Robespierre

§ 19. Los ametrallamientos de Lyon fueron la parte práctica del radicalismo extremo exhibido por Fouché al apoyar el terror. Pero la teoría de ese terror había sido escrita antes por Fouché. El primer manifiesto comunista verdadero, anterior al de Marx y Engels de 1848, fue escrito por Fouché, según afirma Zweig: «Fouché no permanece en un margen de cautela, como los célebres campeones de la revolución, Robespierre y Danton, ante la cuestión de la propiedad eclesiástica y privada, que aquellos declaran aún respetuosamente ‘invulnerable’. Fouché se traza decididamente un programa radical, socialista y comunista. El primer manifiesto comunista claro de la época moderna no es, por cierto, el célebre de Carlos Marx, ni el ‘Hesssische Landbote’ de Jorge Buechner, sino la tan desconocida ‘Instrucción de Lyon’, intencionalmente olvidada por la historiografía socialista, y que lleva las firmas de Collot d’Herbois y Fouché, pero que, sin duda alguna, fue redactada solo por este. (…) Visto como documento de la época, se nos presenta Fouché como el primer socialista verdadero, como el primer comunista de la revolución. Ni Marat ni Chaumette han formulado los más audaces postulados de la revolución francesa, sino José Fouché.» (Pp. 34-35).

§ 20. El biógrafo nos brinda algunos fragmentos de este primer manifiesto de Fouché para que nos concienciemos del alcance de su comunismo, el cual abandonará, al igual que el ateísmo, tan pronto suba a la cima del poder como ministro del Interior (Policía) con el Directorio, el Consulado, Napoleón y Luis XVIII. 1) Fouché define el carácter divino, es decir, infalible, de los nuevos príncipes de la Revolución: «Todo le está permitido a los que actúan en nombre de la República. Quien se excede en cumplirlas, quien aparentemente pasa del límite, aún puede decir que no ha llegado al fin ideal. Mientras quede sobre la tierra un solo desgraciado debe proseguir el avance de la libertad.» (P. 35). 

§ 21. 2) Fouché define binariamente lo que es el pueblo opuesto a la clase rica: «La revolución está hecha para el pueblo; pero no hay que entender por pueblo esa clase privilegiada: por su riqueza, que ha acaparado todos los goces de la vida y todos los bienes de la sociedad. El pueblo es únicamente la totalidad de los ciudadanos franceses, sobre todo esa clase social infinita de los proletarios que defienden las fronteras de nuestra patria y que sustentan a la sociedad con su trabajo.» (Ibíd.).

Jean Lambert Tallien

§ 22. 3) Fouché, antes de Trotski, definió la revolución como “integral”, o sea, un cambio total permanente orientado a la abolición de la propiedad privada: «Todo el que posea más de lo indispensable ha de contribuir con su cuota igual al exceso a los grandes requerimientos de la patria. De modo que habéis de averiguar, de manera generosa y verdaderamente revolucionaria, cuánto tiene que desembolsar cada uno para la causa pública (…) Obrad, pues generosamente y con audacia: quitadle a cada ciudadano lo que no necesite, pues lo superfluo es una violación patente de los derechos del pueblo. Todo lo que tiene un individuo más allá de sus necesidades, no lo puede utilizar de otra manera que abusando de ello. No dejarle, pues, sino lo estrictamente necesario; el resto pertenece íntegro, durante la guerra a la Revolución y a sus ejércitos.» (Pp. 36-37).

§ 23.Y 4, un llamado a los revolucionarios a requisar y apropiarse del oro y la plata y otros «metales viles y corruptores para que allí les sea acuñada la efigie de la República, y purificados por el fuego sirvan solamente a la Comunidad. No necesitamos sino acero y hierro, y la República triunfará» (p. 37) y llama Fouché a aplicar la violencia revolucionaria: «¡Ayudadnos a dar los golpes implacables o estos golpes caerán sobre vosotros mismos! ¿La libertad o la muerte! Podéis elegir.» (Ibíd.).

§ 24.Y el colofón para toda revolución burguesa que se precie de tal: la separación entre Iglesia y Estado: «Este culto hipócrita tiene que ser reemplazado por la creencia en la República y en la moral (…) Ningún sacerdote podrá llevar los hábitos fuera del lugar destinado al culto», y por ley o decreto, «se le quitarán todos los privilegios, pues, ‘ya es tiempo –argumenta– de que vuelva esta clase altanera a la pureza del cristianismo primitivo y se reintegre al estado civil’.» (Pp. 38-39).

§ 25. Es afirmación de Fouché anuncia la separación entre Iglesia y Estado y la enunciación del nacimiento de un Estado nacional burgués creador de la noción de individuo teorizado por la Ilustración, sin esta retórica comunista de Fouché. Este proceso de la emergencia de una burguesía nacional le tomó a Francia unos trecientos años, según lo documenta Bernard Groethuysen en L’origine de l’esprit bourgeois en France (París: Gallimard, 1982 [1927]), pero que, comparativamente con nuestro país y el resto de América Latina, no hemos rebasado la etapa de los Estados clientelistas y patrimonialistas regidos por oligarquías cuyos miembros, como lo atestiguan los periódicos del 2 de agosto de 2019, van todavía a misa (ver fotos con ocasión del aniversario de la fundación del periódico Listín Diario). (Continuará).

Luis de Saint-Just

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