Atalaya del escrutinio

Claro que no cambiarás de creencia

“Consecuencia paradójica: detrás de cada falso complot quizá se oculte siempre el complot de alguien que tiene todo el interés en presentárnoslo como verdadero.” -Umberto Eco

Somos, por lo general, muy propensos a sacar conclusiones precipitadas. Sin precipitarse ellos, los estudiosos atribuyen esta anacrónica idiosincrasia humana a la necesidad de reaccionar instantáneamente ante las diversas amenazas que encontraban nuestros antepasados remotos en su diario bregar en la selva o sabana. Les servía bien la regla: ante cualquier peligro percibido (un felino gigante acechando, por ejemplo), disparar preventivamente o dispararse en busca de refugio, pero jamás quedarse quieto. El pensador era presa fácil. La persona que reaccionaba rápidamente sobrevivía con mayor frecuencia, traspasando esa característica vía sus genes a su prole. La capacidad de reacción veloz, más que la reflexión pausada, se ha codificado en la genética de Homo sapiens a través de miles de generaciones de selección natural, y la especie tardará muchas generaciones más para adaptarse a las circunstancias actuales que favorecen a los estrategas sobre los “reaccionarios” (los que desenfundan por “instinto” y aprietan el gatillo, sin razonar previamente).

Los juicios previos condicionan el reflejo espontáneo, sobre todo si no son moderados por la humildad y la reflexión. Solo así se explica que el 56% de los estadounidenses se opone a la enseñanza de los números arábigos en las escuelas, al responder negativamente en una reciente encuesta a la pregunta: ¿Deben los estadounidenses, como parte de su plan de estudios, aprender los números arábigos? Solo el 15% de los 3624 encuestados tuvo la sinceridad de admitir que no tiene una opinión al respecto, presumiblemente porque no sabe el significado de “números arábigos”. Solo una pequeña minoría reconoció, al momento de responder la encuesta, que ya no está en el inminente peligro de la selva, que se puede quedar quieto y admitir que no tiene las condiciones para responder en el momento, que la respuesta correcta a esa pregunta es que no puede opinar al respecto porque desconoce qué son los números arábigos. La mayoría dispara sin apuntar, revelando ignorancia y prejuicio tribal en su respuesta automática, sin aprovechar los recursos de Google para discernir con base a conocimientos antes de declararse en contra. Y lo grande es que se siente orgullosa de su respuesta, pues se ha identificado con su tribu en el rechazo de todo lo “arábigo”.

Todos estamos expuestos a meter la pata reaccionando intempestivamente ante una situación inesperada: ya hemos postulado que llevamos programado en nuestros genes ese ancestral reflejo. Pero, comprobado que el león no nos ha comido porque no era león, lo verdaderamente preocupante es lo difícil que se hace cambiar la decisión festinada, la que no es producto de reflexión equilibrada sino de juicio previo. ¿Cuántos de los 2029 encuestados que rechazaron incluir los números arábigos en el currículo estadounidense se molestaron en preguntar o investigar, a posteriori y motu proprio, el significado de “números arábigos”? ¿Cuántos, después de enterados por los encuestadores de que los números arábigos son los que utilizamos en Occidente desde la Edad Media, siguen desconfiando de las explicaciones, insistiendo en que es el caballo de Troya de una conspiración en contra de nuestros sagrados valores?

Según la revista Forbes, basado en una encuesta de febrero 2018, solo el 84% de los adultos estadounidenses cree firmemente que la Tierra no es plana; y en el caso de los “millennials”, el porcentaje de los convencidos baja a un alarmante 66% de los encuestados. Los argumentos científicos que se vienen acumulando desde hace 22 siglos no sirven para hacer cambiar de convicción a los defensores de que el planeta es plano; el “terraplanista” militante además jura que existe una gran conspiración mundial para hacernos percibir que la Tierra es esférica, con técnicas de Hollywood para simular viajes espaciales incluidas. «Las agencias espaciales del mundo están involucradas en una conspiración internacional para engañar al público en pos de vastas ganancias», es la explicación ofrecida por un oficiante del terraplanismo a la BBC. Es frecuente atribuir el complot a un interés pecuniario, así como involucrar a la NASA, ONU, el Banco Mundial y otras organizaciones, grandes y pequeñas, en la conspiración revelada.

Los creyentes en el planeta plano y el complot lidereado por la NASA parecen una caricatura inofensiva del fenómeno de la conspiranoia. Los denunciantes de la conspiración de las potencias imperialistas y sus agentes locales para fusionar a Haití y República Dominicana no han podido convencer a una masa crítica de ciudadanos para tener un impacto duradero, pero siguen intentando propagar su teoría del complot internacional con brotes periódicos. Sin embargo, los creyentes en que la ciencia del cambio climático es un engaño y las vacunas son perjudiciales para la salud son mucho más numerosos y poderosos, y las consecuencias de esas teorías conspirativas en el desarrollo humano son nefastas. 

Hay personas propensas no solo a llegar a conclusiones sin razonar previamente, sino además inmunes a la razón una vez fijada su opinión, pues ellos entienden que son poseedores de la verdad absoluta. La persona que jura que el planeta es plano usualmente cree en otras teorías de conspiración, pues “El mejor predictor de creer en una teoría conspirativa es creer en otras teorías conspirativas”, según el profesor de psicología británico, Dr. Viren Swami.  Es importante poner atención y combatir todas las teorías de conspiración con medios eficaces, aunque la teoría en cuestión parezca disparatada (¿no lo son todas?)  e inofensiva como el terraplanismo, pues detrás de esa casi seguro que vienen otras conspiraciones más peligrosas.

Claro que no cambiarás de creencia por leer este escrito y todos los enlaces sobre las teorías de conspiración. Los hechos y los argumentos racionales no son muy eficaces a la hora de alterar las creencias de la gente, asegura Mark Lorch, catedrático de Química y Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Hull. La sinrazón no se combate con razón, pero debemos utilizar la razón para buscar los medios de prevención y curación del síndrome del complot, cuya propagación es potenciada por el uso de los medios sociales que “conspiran” contra el desarrollo humano.

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