Paradigmas

Ciencia y posverdad II

Con la revolución digital, se resquebraja el control informativo de los medios de comunicación. Según los resultados de una investigación del Pew Research Center, citado en el artículo de Fernández-García: «Fake news: una oportunidad para la alfabetización mediática». (Nueva Sociedad, no. 269, mayo-junio 2017), 62% de los adultos estadounidenses adquieren la mayor parte de la información a la que acceden a través de las redes sociales, siendo Facebook y You Tube las redes de la que obtienen la mayor información.

La realidad digital posibilita al ciudadano común el acceso a la información que en el pasado sólo tenían periodistas y expertos, pero al mismo tiempo, se crea un gigantesco espacio comercial controlado por las marcas digitales, las cuales incentivan al usuario a buscar seguidores más que a buscar información fidedigna.

Al mismo tiempo, las plataformas digitales funcionan con sistemas algorítmicos que construyen perfiles de los usuarios a través de sus entradas y sus indicaciones de preferencias, retroalimentándolos a través de las informaciones que dichos usuarios proporcionan. De este modo, los usuarios reciben informaciones que refuerzan sus perspectivas del mundo, creándose lo que Eli Pariser denominó el filtro burbuja (filter bubble).

Como ha señalado Fernández García, en el referido artículo, los filtros burbujas se vinculan con las cámaras de resonancia (echo chambers), consistentes en un sistema  amplificador y reforzador de las creencias y valores de los usuarios a través de una circulación cerrada de la información que cierra el acceso a las perspectivas distintas o contrarias a las reflejadas por los usuarios dentro del sistema.

Es entonces evidente que este es un mecanismo de transmisión de la información contrario a los mecanismos tradicionales de construcción y validación del conocimiento científico, los cuales requieren de la apertura y la criticidad para no quedar fosilizado.

El problema que nos atañe no es solamente epistemológico. Tiene también una importante vertiente ética y política. La ciudadanía termina encerrada dentro de un sistema totalitario, que no le permite obtener información para sopesar los pro y contra de una perspectiva, de una teoría o de un programa.

Como hemos visto en los últimos años, un conjunto de políticos demagogos y populistas se han aprovechado de esta situación,  ascendiendo mediante discursos que muestran una descarada indiferencia hacia la información científica.

La situación ha llevado a la movilización organizada contra esta actitud, expresada en movimientos como la Marcha por la Ciencia, celebrada hace dos años en New York, o la campaña del New York Times: «La verdad es difícil. Difícil de encontrar. Difícil de conocer. La verdad es más importante que nunca».

Desde el punto de vista político, la indiferencia hacia la verdad convertida en atmósfera intelectual crea las condiciones para que los gobernantes recorten fondos hacia las investigaciones que pueden arrojar resultados contrarios a sus ideologías, como ocurre con el caso de los estudios sobre el cambio climático. Pero lo peor es que la referida actitud socaba los fundamentos de la sociedad democrática.

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