La edad de la razón

El necio de la crítica (3)

Pienso ahora en las “revoluciones” del año 1989 en Europa Central y Oriental, que se produjeron con la participación decisiva de la intelligentsia de esos países. Recuerdo cómo en Checoslovaquia, en el otoño feliz de 1989, los intelectuales y los artistas discutían, reclamaban y promovían los cambios políticos desde los teatros de vanguardia de Praga.  Recuerdo la euforia, el entusiasmo, la atmósfera casi mágica, el fervor de ideas y emociones. Yo viví aquella revolución del pensamiento y la palabra encabezada por un escritor disidente que luego habría de convertirse en símbolo de la resistencia intelectual y moral: Václav Havel. No puedo impedirme comparar situaciones. Nuestros intelectuales apenas han intervenido en los más recientes episodios de la historia dominicana. No sería justo decir que no han sabido estar a la altura de las circunstancias, porque las circunstancias mismas han sido bajas.  Desde 1965, en el país no ha sucedido nada que sea universal, nada que nos eleve ante los demás pueblos del mundo.  Salvo Juan Bosch, ningún otro intelectual ha inspirado o guiado un gran acontecimiento nacional. No podemos enorgullecernos de tener hoy un Havel, ni un Sartre, ni un Paz, ni un Chomsky.

Alexander Dubček y Václav Havel
Alexander Dubček y Václav Havel

En un país de escasas oportunidades laborales, el Estado es el principal empleador y creador de puestos de trabajo.  Ese Estado es administrado por un partido gobernante, que hace amplio uso del clientelismo político.  El intelectual suele ser un empleado del Estado y, por tanto, del poder político. Es cierto: en la República Dominicana todos los intelectuales son, de algún modo, asalariados del poder, de un poder determinado, no sólo estatal o gubernamental. Todos somos empleados del poder, ya sea del Estado o de la empresa privada.  Pero no constato aquí nada nuevo: esto es así en todas partes.  El problema no está ahí, sino en el tipo de poder del cual se es asalariado, del modo en que se ejerce y de la actitud que se asume frente a él: si es democrático o autoritario, legítimo o ilegítimo, tolerante o intolerante.

El silencio de los intelectuales frente al Poder remite al problema de la censura y la autocensura.  Ambas se expresan de distinto modo -a veces sutil, a veces grosero- debido a la pervivencia de formas intolerantes de pensar y de actuar.  Por un lado, la cultura autoritaria sigue hoy vigente, pues no ha sido enterrada con sus viejos artífices; por el otro, aún no afirmamos con vigor los valores de una cultura democrática.  Existe censura cuando se impide que la obra de arte o de pensamiento toque a “vacas sagradas”, a personalidades prominentes de la vida pública, a instituciones intocables.

Michel Foucault-Noam Chomsky
Michel Foucault-Noam Chomsky

Tan grave como la censura es la autocensura.  Existe a partir del momento en que, desde una función pública o un empleo en el Estado, no me atrevo a expresar lo que pienso si no quiero correr el riesgo de perder mi puesto. La autocensura no es más que la represión interiorizada, practicada a sí mismo por miedo a la represión externa: un atentado a la libertad del sujeto.  Es el sujeto mismo quien se reprime y calla por temor a ser reprimido o a perder algo que necesita y aprecia. Así, el sujeto es el primero que atenta contra el ejercicio de su libertad.  Pero el pensamiento y el arte o son el espacio de la libertad total o no son absolutamente nada. Recuerdo ahora al Quevedo de la Epístola satírica y censoria: “¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?”.

Sólo hay dos cosas, dos modernos fetiches que todo el mundo reconoce, respeta y reverencia en este país: el dinero y el poder.  Todo lo demás carece de importancia, es prescindible y cuestionable. Se menosprecia el trabajo intelectual, considerado tan improductivo y tan inútil para la vida como la honradez pública y el decoro personal.  El valor de la creación intelectual, lo mismo que el prestigio moral del ciudadano, se miden únicamente en función del éxito material obtenido, y este éxito depende mucho de la relación que se tenga con el Poder.

Voltaire
Voltaire

En un país donde los intelectuales son seres indigentes o ignorados, no puede haber mucho espacio para el espíritu crítico. Además, una parte de esta sociedad, que celebra y rinde culto a la impunidad, no quiere saber de nada que tenga que ver con cuestionamiento de valores, medios y fines. Cuestionar es fastidiar. Cuando no es un necio de la crítica, el intelectual es un aguafiestas, un fastidioso: estropea el brindis de la sociedad opulenta. De crisis en crisis, hoy se vive deprisa, inmerso en lo que los anglosajones llaman “a rush to nowhere”: una prisa a ninguna parte, a ningún lado. Y en medio de la prisa no hay tiempo ni humor para reflexionar.  Se vive en el vértigo de una carrera loca hacia ningún lado, enfrascado en una lucha tenaz y despiadada por el estatus, por alcanzar y mantener el bienestar material al precio que sea, por encima de quien sea, y en ello se va la vida. Cada uno lucha por salvar su propio pellejo en un mundo que ha disuelto los antiguos lazos de solidaridad entre los seres humanos. El resultado: hay una disminución notable de la savia crítica, una crisis del pensamiento y la producción de ideas entre los que piensan y crean. Es preciso decirlo: hay muy pocas ideas verdaderamente novedosas en nuestro medio.

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