Opinión

Ciudadanía corporativa y discapacidad

El pasado 24 de junio tuve el honor de participar como conferencista en el taller titulado “Por la inclusión”, organizado por la fundación El Arca en las instalaciones de la escuela de negocios Barna. En la jornada tuve el privilegio de acompañar a Azucena Bustamante de El Arca Internacional, Melvin Peña de Comunicaciones Integradas y Alexandre Gagnon vicepresidente de Amazon para Canadá y México.

Todo el mérito de esta actividad y su impacto se debe al grandioso equipo de personas que contribuyen con El Arca, ya sea como miembros directos o como parte de la red de instituciones que apoyan y brindan asistencia y acompañamiento en el ámbito de las necesidades especiales.

Partiendo de la invitación a plantear mi visión sobre el futuro de la inclusión visto desde la perspectiva jurídico-empresarial, desarrollé tres grandes ideas que considero base para la construcción de una cada vez más estrecha relación entre las organizaciones, la regulación y la inclusión de personas con diferentes capacidades.

El primer pilar reside en reconocer que al formar parte de la convención interamericana para la eliminación de todas las formas de discriminación contra las personas con discapacidad; haber aprobado la Ley No. 05-13 sobre Discapacidad y su Reglamento de Aplicación No. 363-16; y, haber aprobado otras legislaciones y disposiciones -como la Ley No. 63-13 sobre movilidad, transporte terrestre, tránsito y seguridad vial o el Reglamento de Protección a los Usuarios de los Servicios Financieros-, nuestro sistema normativo en materia de discapacidad ha dado pasos importantes. El cumplimiento de estas reglas resulta esencial, y debe ser logrado en un marco de supervisión donde prime el logro de los objetivos (sustancia) por encima del mero cumplimiento normativo (forma).

Allí nace y germina el círculo virtuoso donde directivos, colaboradores, clientes, proveedores y relacionados se sienten parte de algo humano que trasciende al retorno económico o al pago de una simple remuneración. El enfoque basado en la ciudadanía corporativa es la base de este cambio

El segundo pilar trata de mantener activo el proceso de revisión y mejora de las normas y regulaciones en la materia. Un ejemplo particular que nos ayuda a poner en contexto este punto es el relacionado a los padres de niños y jóvenes con algún tipo de condición especial: la legislación actual prevé importantes reglas sobre la inserción laboral de las personas con discapacidad, tanto vía la exigencia de cumplimiento de umbrales mínimos por organización, como por el establecimiento de criterios sobre la calidad y dignidad de los empleos.

Sin embargo, existen importantes vacíos cuando se trata de mecanismos de apoyo a los padres de niños y jóvenes con condiciones especiales, en particular, aquellos que requieren de una mayor atención. Es decir, se necesita establecer herramientas que permitan a los padres y tutores mantenerse activos en el ámbito laboral y proporcionar condiciones para que al mismo tiempo estos puedan asumir directamente tareas de acompañamiento en salud y desarrollo de sus hijos o dependientes.

En tercer lugar -y lo que me parece más importante- es la necesidad de avanzar hacia el desarrollo de una real cultura de inclusión en las organizaciones. Debemos ser conscientes de que el hecho de que existan normas y disposiciones que procuren acciones y procesos inclusivos no van, por sí solas, a crear una cultura de inclusión. El cumplimiento de umbrales por igual. Debemos avanzar en el entendimiento y la comprensión de que todos somos iguales. De construir sociedades que no tengan que esforzarse para incluir, sino todo lo contrario. Quienes conocen el tema de cerca son testigos del gran avance logrado, pero también del largo trecho que falta por recorrer.

Hoy en día las empresas y organizaciones son consideradas “ciudadanos corporativos”. Su rol en la comunidad es tan esencial como el de cada persona de a pie. En un artículo publicado en la Revista Mercado en enero de 2017 comenté que en las últimas cinco décadas el rol de las empresas respecto de los mercados y la comunidad ha sufrido importantes cambios. Con el surgimiento y evolución de la figura de los stakeholders atrás han quedado aquellos tiempos donde las corporaciones eran instrumentos previstos únicamente para la generación de beneficios económicos a sus propietarios. Se reconoce, paulatinamente, que las organizaciones constituyen miembros activos e influyentes de nuestra sociedad y, en consecuencia, que sus decisiones tienen efectos trascendentales para todos”.

En esa misma ocasión agregué que “la generación de capital ya no es suficiente. La ciudadanía corporativa busca precisamente recoger, en base a una visión integral, la forma en que las organizaciones actúan interna y externamente, así como los mecanismos para alinear de forma equilibrada sus intereses con el resto de la sociedad. Su eje central es precisamente que las organizaciones no son entes ajenos a la sociedad que al actuar producen externalidades que deben luego compensar o que requieren agotar un rol filantrópico por sensibilidad, sino que éstas en sí mismas son ciudadanos que afectan y se ven afectados por el conjunto de decisiones corporativas”.

Se trata entonces de que las organizaciones fijen en lo más profundo de su ADN que forman parte de una sociedad diversa y plural. Un sistema donde se reconozca sin mayor esfuerzo que todos aportamos algo y que cualquier tipo de exclusión nos disminuye. Por de más, una vez fijado en el ADN, esto las catapulta a la dimensión de las denominadas “valud-led companies”. Es decir, organizaciones cuyos valores le impulsan de manera natural y condicionan sus estrategias y acciones. Allí nace y germina el círculo virtuoso donde directivos, colaboradores, clientes, proveedores y relacionados se sienten parte de algo humano que trasciende al retorno económico o al pago de una simple remuneración. El enfoque basado en la ciudadanía corporativa es la base de este cambio.

No puedo terminar sin agradecer la oportunidad que me brindó el equipo de El Arca al invitarme a esa conferencia, así como reconocer a todas las instituciones que desde los sectores público y privado sirven de ayuda y guía en los temas de inclusión y discapacidad, sobre todo por el apoyo dado a las familias y las personas con condiciones especiales y en situaciones menos pudientes, que son quienes más difícil la tienen en el diario batallar. Siempre es bueno recordar a John Donne, porque las campanas doblan por todos.  

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