Atalaya del escrutinio

La verdad desnuda, la mentira disfrazada

Lo que hace falta es decir la verdad, no hablar de más. – Demócrito de Abdera

Se propaga el mito de que la ficción supera a la realidad como instrumento de poder político, como herramienta para manipular a la gente. En un breve, y por demás provocador, ensayo, Yuval Noah Harari recomienda: “Incluso si hay que pagar algún precio por desactivar nuestras facultades racionales, las ventajas de la mayor cohesión social suelen ser tan grandes que las historias ficticias suelen triunfar una y otra vez sobre la verdad en la historia de la humanidad”. Lo cierto es que nosotros, en contraposición, apostamos a la verdad en el largo plazo, que es el que cuenta para la humanidad.

La verdad desnuda saliendo del pozo con su foete para castigar la humanidad, de Jean-Leon Gerome, 1896.

Naturalmente, nos referimos a la ficción deshonesta:  la simulación o ficción como mentira disfrazada, haciéndose pasar por verdad.  Se aduce que la verdad es monarca del mundo material, pero no así de la esfera emocional, donde todo es relativo y dominado por la fantasía. La verdad no se hace pasar por mentira, pero la mentira se disfraza de verdad, y en esto la ficción manipulada aparenta tener una significativa ventaja sobre su antítesis, la realidad pura y simple. La mentira vive de la apariencia, así como la verdad de la esencia. Al ser maleable, la mentira se ajusta a las expectativas y deseos de la gente, haciendo más potable su consumo de acuerdo con las circunstancias, una especie de opiáceo reconfortante y adictivo. La mentira se puede cambiar y hasta contradecir, siempre que agrade a los consumidores: sigue siendo mentira. No así la verdad, que por definición es constante y universal: no se prostituye para gustar, y si es vacilante no es verdad.

No hay dudas de que la verdad no ejerce la misma hegemonía sobre lo emocional que sobre lo material. La ficción es básicamente inútil para dominar la materia. Con mentiras no se hace ciencia ni ingeniería:  ni construimos puentes, ni descubrimos antibióticos.  En cambio, el efecto placebo es un fenómeno estudiado por la ciencia, al constatarse que hay pacientes que se sugestionan con la aplicación de medicamentos, terapias o procedimientos falsos o simulados, con solo creer en su eficacidad. Se reconoce el efecto placebo y hasta se aprovecha como complemento en ocasiones. De hecho, el placebo es un aliado de la investigación médica como elemento de control de la efectividad de la cura auténtica. Pero pocos sugieren sustituir el tratamiento farmacológico auténtico por placebos, ni siquiera otorgarle un papel de similar importancia. No se alega que el placebo es más potente que el método científico de curación.

La verdad es elusiva en las ciencias sociales, porque las emociones humanas no son blancas o negras, exhibiendo muchos matices y manifestaciones diversas. Harari se concentra en el hecho de que “la verdad suele ser dolorosa y perturbadora”; y no tenemos por qué contestar esa aseveración. Pero, entonces concluye, sin más pruebas, diciendo: “De ahí que quien se apega a la realidad pura tiene pocos seguidores.” Esa es una generalización temeraria, si bien admitimos que el camino de apegarse a la verdad es más exigente que entregarse a la ficción mentirosa. Por cada caso que Harari expone, podemos citar ejemplos igualmente elocuentes. Pensemos en el valiente discurso de Churchill ante el Parlamento, en la antesala de la Segunda Guerra Mundial, y después repetido con variantes de forma, al confesar a su pueblo la cruda realidad:  «No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor.» No fue necesario ofrecer a su valiente pueblo 72 vírgenes, pues lo único que prometió fue honor acompañado de dolor y lágrimas para lograr la victoria. Con mucho sacrificio, eventualmente el Reino Unido triunfó, con la cruda realidad de Churchill, derrotando a Hitler y sus adláteres con su ficción de la supremacía aria del “Deutschland, Deutschland über Alles” (Alemania, Alemania por encima de todo). Hoy es ilegal cantar esas primeras estrofas del himno nacional alemán, debido al rechazo de la ficción creada por los nazis para cohesionar a su orgulloso pueblo contra sus “enemigos”, y las nefastas consecuencias de esas repetidas mentiras. Churchill es venerado como elocuente estadista, y Hitler execrado como monstruoso demagogo. Verdad 1, Mentira 0.

Nelson Mandela no tuvo que recurrir a la ficción mentirosa para enterrar el apartheid y liberar a su pueblo de ese anacronismo, si bien tuvo que pagar el precio del sacrificio personal. Pero Madiba no fue un líder tribal, y los argumentos de Harari tienden a ser aplicables a líderes grupales que demandan lealtad ciega e incitan contra los otros porque sus causas son las de un grupo, en algunos casos muy grandes, pero no inclusivos. El dirigente inclusivo hace mejor trabajando con la verdad, que no se presta para agredir a los otros. La ficción mentirosa puede ser muy efectiva para cohesionar una tribu, pero no para integrar a la humanidad.

Boris Johnson fue uno de los principales propulsores del “Brexit” divisorio, y es hoy el candidato favorito entre los conservadores para ser el próximo primer ministro del Reino Unido.  En 2016 utilizó un arsenal de mentiras para embaucar a los británicos en la aventura de salir de la Unión Europea, y recién ha sido sometido a la justicia por asegurar públicamente que el Reino Unido pagaba unos 350 millones de libras (cerca de 440 millones de dólares) por la membresía a la UE por semana, cuando la cifra real es aproximadamente la mitad. Una jueza ya ha aceptado el caso en instrucción, dando señales de que mentir en política puede acarrear serias consecuencias, al menos en esa jurisdicción donde primero se combatió la esclavitud. 

Hay quienes ven a la verdad desnuda como un castigo, y la ficción como forma de evadirla. La verdad al desnudo puede aterrorizar, por eso se requiere saber dosificar la verdad. Hay pacientes que mueren de espanto (figurativamente) por un diagnóstico médico revelado sin delicadeza, la verdad cruda. Los medicamentos se preparan con excipientes, sin adulterar los principios farmacológicos activos- incluyendo edulcorantes, saborizantes y colorantes- para mejorar su aceptación por los pacientes.  Eso no significa que el dirigente debe mentir sobre la situación real, o hasta crear una realidad alternativa, que parece ser el eufemismo de turno para la mentira política. Pero, la verdad hay que saber comunicarla oportunamente para lograr el máximo efecto deseado, y esa es una de las principales funciones del auténtico estadista. El gobernante que recurre constantemente al fácil camino de la ficción, a la mentira disfrazada, para manipular a su pueblo, no es más que un demagogo.

Quien antepone la cohesión tribal utilizando mentiras puede ganar la batalla, mas, a la larga jamás vencerá a la unión inclusiva en torno a la verdad. La gloria de la demagogia disfrazada es efímera; el honor del liderazgo transparente es duradero.

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