Tívoli

Los poetas que cayeron del cielo

Para deleite de melómanos cinéfilos (o cinéfilos melómanos), temas de películas serán interpretados por la Orquesta Sinfónica Juan Pablo Duarte en la Sala Juan Francisco García del Conservatorio Nacional de Música, en el concierto “Música Cámara Acción”, hoy miércoles 22 y mañana jueves 23 a las 8:00 p.m. con entrada libre hasta llenar el aforo (o sea, hay que ir temprano). Por otra parte, dos nuevas producciones discográficas serán lanzadas en sendos conciertos esta semana y la próxima: la de Vic Contreras & La Alucinante Banda (sábado 25 en La Espiral 313) y la de Josean Jacobo & Tumbao (viernes 31 en la Sala Aida Bonnelly de Díaz del Teatro Nacional Eduardo Brito).

Despúes de esos anuncios musicales, salto al pasado para recordar que hace casi diez años, un artículo de José Báez Guerrero publicado en el periódico Hoy del 12 de noviembre de 2009 (titulado Entre tantas cananas, ¿por qué olvidamos la poesía?), me hizo recordar dos declaraciones. La primera es de la actriz Meryl Streep: «Me pregunto cómo hay gente que puede hacerlo todo, programar ordenadores, hacer películas, sin tener nada dentro, nada que decir. El mundo necesita más poetas». La otra es del contratista Veli Gucer, cuyo complejo de apartamentos se derrumbó durante el terremoto de 1999 en Turquía, causando cientos de muertos: «Estudié literatura en la universidad. Yo soy un poeta, no un ingeniero».

El referido artículo de José Báez Guerrero puede leerse en el siguiente enlace:

http://hoy.com.do/entre-tantas-cananas-por-que-olvidamos-la-poesia/

Aterrizando en Santo Domingo y remontándonos a finales de los años 60 o principios de los 70 del pasado siglo XX, en un pasillo del viejo Listín Diario (cuando estaba en la calle 19 de Marzo), el director, Don Rafael Herrera, se encuentra con un periodista y un amigo de este. El periodista le dice a Herrera: «Don Rafael, quiero que conozca a este joven poeta». Pero Herrera siguió de largo exclamando: «¡Qué poeta ni poeta! ¡Lo que este país necesita son agrónomos!»

Varios años más tarde, poco después de que se designara a Pedro Mir como Poeta Nacional, este caminaba con Mateo Morrison en el recinto de la Facultad de Humanidades de la UASD, cuando una estudiante exclama: «Mis respetos al gran poeta». Morrison le dice a Mir: «Don Pedro, lo saludan». Mir le dice a Morrison: «A mí no. Es a tí, Mateo». Morrison le dice a Mir: «Usted sabe bien que es a usted». Mir le dice a Morrison: «No, es a tí, porque ella dijo: «Mis respetos al gran poeta», y si fuera a mí hubiera dicho: «Mis respetos al Gran Poeta Nacional».

Seguimos con poetas y poesía, por dos razones. La primera es que la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña acaba de reanudar su producción editorial con la publicación, en formato de libro, de la tesis de grado de Enriquillo Sánchez con la que se graduó de Licenciado en Letras en la UASD en 1975 y que sólo había circulado de manera limitada en copias mimeografiadas: La poesía bisoña. Poesía dominicana 1960-1975. Reseña y antología (edición, semblanza, apéndice y notas de Miguel Collado y prólogo de Pedro Delgado Malagón). 

La segunda es que el próximo martes se cumplirán 16 años de la puesta en circulación (el 28 de mayo de 2003) de la edición especial del XX aniversario y de despedida de Biblioteca, el inolvidable suplemento que José Rafael Lantigua inició en 1983 en El Nuevo Diario, luego pasó a Última Hora y en su etapa final al Listín Diario.

Para dicha edición especial del XX aniversario y de despedida de Biblioteca, escribí una colaboración, titulada Los poetas que cayeron del cielo, que reproduzco a continuación:

«Miles de visitantes extranjeros visitan cada semana la famosa librería City Lights, de San Francisco de California, fundada hace 49 años por el excéntrico poeta Lawrence Ferlinghetti y considerada el hogar de la generación beat. Hace dos años, esta librería fue declarada Monumento Histórico Nacional». Con las palabras que acabo de citar empieza una nota de Rocío Ayuso, publicada en Biblioteca el 8 de septiembre del pasado año 2002, que más adelante afirma que dicha librería ocupa un lugar especial en la historia de la literatura norteamericana, y añade: «En ella se defendió la libertad de expresión, presentando el polémico libro de Allen Ginsberg, Howl. Por ella se pasearon Jack Kerouac, que la consideraba su lugar preferido, o el humorista contracultural Lenny Bruce».

Es curioso que, al cabo de casi medio siglo de su surgimiento en Estados Unidos, la generación beat y todo lo relacionado con ella siga despertando el interés de los lectores y aficionados a la literatura de muchas partes del mundo, como los «miles de visitantes extranjeros» que, de acuerdo a la citada nota de Rocío Ayuso, recibe cada semana la librería City Lights, de San Francisco de California, o como todos aquellos que procuran las reediciones y traducciones de los libros de Ginsberg, Kerouac y demás autores pertenecientes a la generación beat en librerías de todos los continentes.

O como los poetas dominicanos Frank Báez y Paul Álvarez, quienes afirman que Gregory Corso «tuvo mucho ver con lo que estamos haciendo» e incluyeron textos de dicho poeta beat en la gira de lecturas de poemas titulada «Poetas del ping pong», con la que recorrieron varias librerías de Santo Domingo durante el último cuatrimestre del pasado año 2002. O como los artistas Esar Simó, Milton Félix, Loraine Ferrand, Isabel Spencer, Zaida Corniel, Mónica Volonteri y Sandra Alvarado, quienes presentaron una lectura-concierto combinando poesía, teatro y música en el Centro Cultural de España, una espléndida noche de diciembre pasado, con el sugestivo título «Blues en vértigo».

Hace cinco años, el poeta y ensayista mexicano José Vicente Anaya publicó un estudio sobre la generación beat, titulado Los poetas que cayeron del cielo (Instituto de Cultura de Baja California y Juan Pablos Editor, S.A., México, 1998), que mi esposa ha tenido a bien obsequiarme, luego de descubrirlo en la VI Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, y en el cual se basa el resto de este artículo.

Para Anaya, «la generación beat realizó una revolución literaria que empezó muchas veces, de varias maneras y en diferentes lugares y momentos», y señala como uno de esos inicios la primera vez que Ginsberg leyó en público su poema Howl (Aullido), en ocasión de una lectura que él y otros cinco poetas (Gary Snyder, Philip Whalen, Lew Welch, Michael McClure y Phillip Lamantia) ofrecieron en la Six Gallery, en San Francisco, en 1955, «una noche de furor en un lugar abarrotado de gente, humanos amándose, ebrios vibrando al calor de poemas sumergidos en la ebriedad, poemas en los que casi todos los asistentes eran protagonistas. Pero sobre todo, aquellos poemas fueron la proclama implícita de una nueva sensibilidad» (página 9).

Otro inicio sería la publicación, en 1957, de la novela de Kerouac On the Road (En el camino), luego de permanecer inédita seis años, pues fue escrita en 1951. Anaya considera el poema Aullido y la novela En el camino como «las obras claves de la difusión de la literatura, del modo de ser beat y, sobre todo, de una nueva sensibilidad ante el arte y la vida», aunque sitúa como otro inicio del movimiento beat la aparición, en 1952, de la novela de John Clellon Holmes Go, ya que «en ella, sus personajes son los beats; ésta viene a ser, pues, la primera novela publicada con tema, anécdotas y características vitales de la generación beatnik, si bien es cierto que esta novela tuvo muy poca difusión» (página 12).

Sostiene Anaya que el movimiento beat mostró «una generación con marcadas diferencias respecto al statu quo; que había gente con un estilo de vida radicalmente opuesto al tranquilo conformismo, y tal vez sirvió para que muchos tomaran partido a favor o en contra, aunque llegó un momento en que de eso sacaron provecho los comerciantes, y así impulsaron una moda de vestir como beatnik… Llegó un momento en que aparte de los escritores beat, miles de jóvenes comenzaron a expresar sus libertades y a vestir como aquellos» (página 11).

La parte central del libro está constituida por una antología de 25 poetas y narradores beat, a cada uno de los cuales Anaya le dedica un breve ensayo. Esos 25 escritores, en el orden en que aparecen antologados, son: Diane di Prima, Ruth Weiss, Michael McClure, Jack Kerouac, Philip Whalen, William Burroughs, Gregory Corso, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Gary Snyder, Margaret Randall, Peter Orlovsky, Lew Welch, Leonore Kandel, Robert Duncan, Charles Olson, Denise Levertov, Marge Piercy, Jerome Rothenberg, Diane Wakoski, Leroi Jones, Robert Creeley, Phillip Lamantia, Frank O’Hara y William Everson.

El libro incluye otros ensayos de Anaya sobre diversos aspectos de la generación beat, entre los que me resultó de mucho interés el titulado «El jazz era un loco que atravesaba los Estados Unidos (collage de imágenes sobre los beats y el jazz)», en el que examina con lujo de detalles las alusiones y referencias al jazz en los textos de los escritores beat, así como el modo en que «las lecturas de poesía en público de los beats adquirieron rasgos del ambiente

dado en las audiciones de jazz. El poeta lee del mismo modo que el trompetista o el saxofonista soplan hasta incitar a los que escuchan. El poeta beat se convirtió, así, en un agitador que tocaba (tentaba y palpaba) a la concurrencia con sus palabras… Otra característica de las sesiones de poesía con jazz era la improvisación de poesía y música, lo cual significaba un ejercicio de arte que iba hacia la nada, una celebración de lo efímero» (página 244).

La última parte del libro contiene textos testimoniales de escritores, beat o no (Henry Miller, Alan Watts, Jack Kerouac, Gregory Corso, John Clellon Holmes y otros), y finaliza con una amplia bibliografía de los beats y sobre los beats, tanto en español como en inglés, en la que me sorprende la ausencia de un singular libro de la ensayista italiana Fernanda Pivano, del que poseo un ejemplar hace años, titulado Beat, hippie, yippie, del underground a la contracultura (Ediciones Jucar, Madrid, 1975, con traducción de José Palas), cuya primera edición italiana ya cumplió tres decenios, pues data de 1972.

En librerías de Santo Domingo pueden adquirirse, traducidas al español, obras de algunos escritores beat. En ediciones de la Colección Visor hay disponibles en Mateca poemarios de Ginsberg, Corso y Kerouac, al igual que la biografía de este último, escrita por Dennis McNally y publicada por Ediciones Paidós, con el título Jack Kerouac. América y la generación beat. Una biografía. En Cuesta se consiguen, publicadas por Editorial Anagrama, las novelas El almuerzo desnudo, de Burroughs, y En el camino y Los vagabundos del Dharma, de Kerouac.

Finalizo este artículo de despedida de Biblioteca con unos versos de Philip Whalen, citados por Anaya en la página 232 de su libro:

El viejo Miles Davis y Thelonious Monk

producen el sonido

de un plástico congelado.

Esto quiere decir

que en alguna parte

se está desatando el invierno.

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