Botella en el mar

El teatro del horror

En el teatro del horror que describen los cronistas e historiadores, las cárceles más temidas en los primeros años de la era gloriosa eran las de la Fortaleza Ozama y la de Nigua. La fortaleza había sido construida en un sitio alto, salubre, junto al río y el mar, y estaba expuesta al salitre, la brisa fresca,  los vientos del norte y del sur.

La cárcel de Nigua había sido construida por las tropas de ocupación yanquis (tal vez de maldad, con premeditación y alevosía), en un terreno pantanoso cerca de la desembocadura del río del mismo nombre, y estaba expuesta a todas las calamidades del trópico.

La vida allí quizás era en verdad tan horrorosa como lo cuenta Crassweller. La plaga endemoniada de mosquitos, las bandadas de mosquitos desde el atardecer al amanecer, la inmensa nube negra de mosquitos que enrarecían el aire, los malditos mosquitos que saturaban, envenenaban el cielo, ennegrecían la noche, los  mosquitos que caían como una inmensa telaraña con aquel pavoroso zumbido, el infernal zumbido de mosquitos que picaban sin cesar, que parecían más bien devorar a sus víctimas. La aparición de la malaria. El contagio, la manifestación de los primeros síntomas en un hombre tras otro, a veces en medio de brutales labores, escalofríos violentos, fiebre, descomposición y vómitos, insoportables dolores de cabeza, sudores, un sudor frío, el sudor empapando las cobijas, el delirio de la fiebre y las voces delirantes hasta alcanzar el climax. Luego el alivio, lentamente el alivio, el regreso al mundo de los vivos, el pausado recobrar de la conciencia. Luego una sucesión del mismo episodio, la repetición de todos los episodios de fiebre y de delirio y de pérdida de la conciencia, de episodios cada vez menos separados, secuencias casi continuas de fiebre y de delirio y de pérdida de la conciencia.

No había doctor -dice Crassweler-, ni enfermeras ni enfermería. Había sólo quinina si la familia podía conseguirla, si se podía sobornar a un carcelero.

La vida en la cárcel de Nigua estaba hecha de gritos y susurros, de alaridos, gemidos, de aullidos repentinos en la noche y gritos de dolor, de voces que imploraban y lloraban, de gente que suplicaba inútilmente por el amor de Dios, por compasión, de gente que sufría la tortura y gente que gozaba torturando, de un infierno de voces que se acallaban a veces, las ahogaban a  veces los disparos de fusiles cuando estaban fusilando.

Crassweller cuenta que los presos se veían obligados a bañarse con agua sucia, agua ya usada por otros presos enfermos de tuberculosis. Convivían los sanos con enfermos terminales, con gente que no podía valerse por sí misma, que permanecía tumbada todo el tiempo en el duro lecho, malmuriendo, gente todavía viva que emitía un olor fétido a cadáver, sin poder defenderse ni siquiera de los mosquitos que se alimentaban de la poca sangre que les quedaba. Si acaso les quedaba.

No era poco frecuente que los presos, a fuerza de torturas y de encierros solitarios, perdieron la razón. Le sucedió a Ellobín Cruz y a muchos otros. El infeliz Ellobín Cruz, lo que quedaba de él, estaba recluido en solitaria y estaba ya perdido en las nieblas de la locura, muerto en vida, sin saber siquiera quien era ni que estaba haciendo en ese lugar.

Otros se consumían literalmente, se quebraban y se consumían como un pabilo, los devoraban las pulgas, los piojos y los chinches, por no hablar de los mosquitos y las niguas. Eduardo Vicioso, un   profesor y decano de la facultad de derecho de la única universidad, se redujo a un estado cadavérico, macilento. Todo su cuerpo estaba salpicado, como lo describe Crassweller, de rojizos pinchazos de piojos y otros bichos y su piel adquirió la apariencia del papel de lija.

Las desgracias de Eduardo Vicioso habían comenzado cuando se opuso públicamente a una propuesta política para legitimar en el poder a la bestia sin necesidad de elecciones. La iniciativa se debía al Dr. José E. Aybar, un cínico y corrupto cortesano, un sacamuelas que había hecho fortuna al amparo del tirano, uno que sustentaba la opinión de que la popularidad de la bestia era tan grande que  hacia innecesaria, inútil y dispendiosa cualquier consulta electoral. La bestia presidía en todos los corazones del mismo modo que debía presidir en el gobierno, en todos los gobiernos.

Eduardo Vicioso tachó de absurda la desvergonzada propuesta del sacamuelas y la vida empezó a ponérsele difícil. Tiempo después sería acusado de perpetrar crímenes contra el gobierno, de excitar a los ciudadanos a rebelarse y armarse contra la autoridad legalmente constituida. Se lo acusó también de tentar de provocar una guerra civil, de asociación o concierto de crímenes contra las personas, incluyendo al muy honorable señor presidente de la República. Vicioso era además culpable, supuesto culpable de posesión y tráfico y tenencia irregular de armas. Sólo por casualidad no lo acusaron por el delito de haber nacido.

A la cárcel de Nigua, probablemente la más concurrida y la menos popular del país, habían ido a parar muchos de los implicados en la conspiración de Leoncio Blanco  (Blanquito) y los conspiradores de Santiago, los que se habían atrevido a planificar la muerte de Trujillo y José Estrella en un atentado, los que habían puesto las bombas y escrito pasquines infamantes contra la bestia.

A todos estos se sumarían los responsables de una nueva conspiración o conspiraciones que se produjeron esta vez en Santo Domingo. Junto a Eduardo Vicioso fue apresado un nutrido grupo de capitaleños compuesto por Juan de la Cruz Alfonseca (Niño), Ramón de Lara, Rafael Ramón Ellis Sánchez (Pupito), Buenaventura Báez Ledesma, Ulises Pichardo Pimentel, Juan José y Dionisio Caballero y muchos otros. Todos fueron condenados a penas que nadie cumplir, a las que nadie podía sobrevivir en el infierno de la cárcel de Nigua, forzados a trabajo público, a construir caminos y carreteras con pico y pala. Otros serían asesinados.

En algunas de las tantas conspiraciones se vieron por primera vez involucrados personajes de alcurnia que le dieron a la disidencia política y a las cárceles del régimen otro nivel, una nueva connotación y distinción de clase.

Esos personajes, dos de los más conspicuos o encumbrados del país, eran Amadeo Barletta y Oscar Michelena. Ambos eran reconocidos hombres de negocio de mucho prestigio social y solidez económica. Ambos estuvieron inplicados en lo que alguien llamó la conspiración de los empresarios.

(Historia criminal del trujillato [34]. Cuarta parte.

BIBLIOGRAFÍA:

Ángela Peña, Un luchador antitrujillista ignorado por la historia oficial

http://hoy.com.do/un-luchador-antitrujillista-ignorado-por-la-historia-oficial/amp/

http://hoy.com.do/author/angela-pena/

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator

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