Botella en el mar

Las mieles del poder

El régimen de la bestia permaneció más o menos igual en todos los períodos. Nada cambiaba de una administración a otra excepto las caras y la suerte de algunos funcionarios. Trujillo seguía apretando las tuercas, todas las tuercas del aparato que lo mantenía en el poder, creando nuevos y más sofisticados organismos de inteligencia y mecanismos de represión, organizando el país como si fuera una finca, una empresa, una industria de su propiedad, y hasta cierto punto lo era.

La bestia ponía un empeño particular en reclutar los peores hombres para desempeñar las tareas más brutales contra sus opositores y al mismo tiempo trataba de atraerse y se atraía por cualquier medio (con ofrecimientos o amenazas, o quizás ambas cosas), a todos los que de alguna manera se destacaban socialmente por su fortuna, en su profesión u oficio.

Dice Crassweller que la mera existencia de alguien que poseyera brillo intelectual y distinción social y económica y que no formara o quisiera formar parte del gobierno, era para la bestia una especie de afrenta personal.

A Horacio Vásquez, Américo Lugo y unos pocos intentó conquistarlos inútilmente. Una gran parte, como se sabe, se ofreció voluntariamente, otros se resistieron durante un periodo y unos cuantos durante toda la tiranía. Paradójicamente, algunos que durante un tiempo se mostraron más reacios a ponerse al servicio de la bestia y manifestaron la más firme oposición se convirtieron luego en trujillistas a ultranza.

Entrar al servicio de la bestia por voluntad propia o ajena no era precisamente una garantía de estabilidad emocional y económica. Los funcionarios civiles y militares del régimen de la bestia, y sobre todo los altos funcionarios, estaban expuestos a los caprichos y rabietas del voluble mandatario. Trujillo era un sádico, tenía la ingrata costumbre de  encumbrar a sus funcionarios, colmarlos a veces de honores y luego degradarlos, pisotearlos, humillarlos públicamente. Los mantenía en la cuerda floja para que nunca se sintieran seguros, y en el momento menos pensado los arrojaba al vacío, los despeñaba, les suministraba una especie de

sacudida, el equivalente político de una terapia de electroshock para mejorar el rendimiento. De esa terapia algunos no se recuperaban. Se quedaban mentalmente cojos. Se volvían frágiles, quebradizos, asustadizos. Sobre todo en su presencia.

Arturo Logroño Cohén

En realidad no había forma de no sentirse atemorizado en una reunión y sobre todo en una fiesta en la que Trujillo participara. La tensión, por muchas razones, era siempre enorme. La bestia podía insultar a cualquiera en cualquier momento o podía antojarse, por ejemplo, de la mujer o la hija o de la hermana o la novia e incluso de la mamá de algún invitado. Para peor, tampoco estaba permitido -bajo pena de muerte por lo menos- manifestar alegría o tan siquiera alivio cuando el todopoderoso mandatario se iba del lugar. Había que mostrarse decorosamente compungido. Había que disipar la tensión disimuladamente.

Una de sus bromas pesadas favoritas consistía en saludar a una persona con el título de un cargo que no tenía en el momento en que se encontraba frente a la persona que estaba designada en ese cargo. Un nombramiento y una  destitución a la vez.

Con el mismo desenfado, la bestia pronunciaba a veces públicamente una sentencia de muerte. Preguntaba simplemente, casi al desgaire, en voz calma y audible para los miembros de su celosa escolta: “!Y Fulano está vivo?” Era una pregunta que parecía ingenua, casual, desmaliciada, pero era una sentencia de muerte.

Crassweller cuenta que Federico C. Álvarez, un prominente abogado, fue uno de los primeros notables que la bestia incorporó a su gobierno y también uno de los primeros que degradó y desconsideró. Con su retorcido sentido del humor, si acaso alguna vez lo tuvo, nombró al abogado en la Secretaría de obras públicas, le encargó construir un puente y lo destituyó por incompetente.

A Arturo Logroño lo quitaba y ponía en un cargo casi por capricho, aunque nunca lo sometió a las vejaciones que sufrieron otros funcionarios. Además, Logroño tenía un temperamento, una especie de coraza, una manera especial de tomarse un poco las cosas en broma y una habilidad inmejorable para reconciliarse con el poder. Sin embargo, dicen que cuando cayó enfermo para no levantarse más, la bestia ni siquiera fue a visitarlo. Cuando murió hizo que le rindieran, desde luego, los debidos honores.

El caso de Peña Batlle es parecido y a la vez diferente. Manuel Arturo Peña Batlle se mantuvo unos doce años en la oposición. Luego descubrió que Trujillo era un gran nacionalista y entró como una tromba al servicio del régimen, se convirtió rápidamente en alabardero e ideólogo del trujillismo, inauguró en parte el fundamentalismo antihaitiano. Fue él quien diseñó la estructura ideológica seudonacionalista de un régimen que carecía de principios y sólo se sustentaba en la fuerza.

Cayó en desgracia cuando lo vincularon a un complot en el que seguramente no tenía arte ni parte, luego pasó por las manos del brutal Fausto Caamaño durante un largo interrogatorio y finalmente fue destituido de su alto cargo. Desde entonces no volvería a levantar cabeza. Antes y después tuvo que soportar, eso sí, humillaciones, vergüenzas y desplantes de antología.

Manuel Arturo Peña Batlle

Con el propósito de mortificar en lo más hondo su fundamentalismo antihaitiano, Trujillo lo nombró una vez embajador en Haití. Pero la mayor desconsideración se la hizo en Nueva York, cuando Peña Batlle se presentó, como parte de su séquito, en una cena de gala. Trujillo lo paró en seco al entrar, le espetó en voz alta que no estaba invitado y lo echó del lugar.

En la misma Nueva York, Peña Batlle recibió un diagnóstico terrible para su salud. Moriría  en 1954, enclaustrado y despreciado en su hogar, pero el gobierno lo despediría con unas pomposas honras fúnebres y nombraría una calle en su honor.

Virgilio Álvarez Pina, el célebre don Cucho, fue uno de los que tampoco se rindió desde el primer momento a los encantos de la bestia.

Era su pariente lejano y fue su amigo de infancia. Pero fue además un ferviente y leal horacista, alguien que, según dice Crassweler, era de los que le llevaba el desayuno a la cama. Ese mismo Cucho le había advertido en su debido momento a Horacio Vásquez que Trujillo estaba conspirando y le aconsejó destituirlo, cosa que dio lugar a un celebre episodio en la Fortaleza Ozama, un encuentro en el que Horacio no dejó de darse cuenta de que era más un prisionero que un presidente en presencia del brigadier Trujillo.

Después de haber sufrido persecución y cárcel, don Cucho se ablandó, se enterneció, perdonó a la bestia por la traición, por el golpe de estado que le había dado a Horacio y entró por fin a su servicio en el año 1934. Desde entonces, con sus altas y sus bajas, con períodos de bonanza y otros más y menos tormentosos, fue su más fiel consejero. Uña y carne. Uña y mugre. Tuvo además la suerte de sobrevivirlo, de vivir para contarlo. Y lo contó a su manera en un libro infame.

 

(Historia criminal del trujillato [33]. Cuarta parte).

Bibliografía:

Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator

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