Atalaya del escrutinio

Homo solidarius: del anhelo a la vocación de servicio

En un poema en prosa escrito en 1922, Gabriela Mistral inicia proclamando: “Toda la naturaleza es un anhelo de servicio”.  En esa emotiva oda al placer y alegría de servir a los demás, ella incluso sugiere que, “A Dios pudiera llamársele así: El que sirve.”

A su vez, el evangelista Mateo sintetizó las enseñanzas de su Maestro, al recoger sus certeras palabras: “El que quiera ser grande entre ustedes, debe servir a los demás.” Es claro que el amor al prójimo, mandato esencial de la doctrina cristiana, así como de otras grandes tradiciones espirituales, se manifiesta concretamente en el servicio solidario. Pudiera decirse: ser humano es el que sirve a su hermano.  Sirvo, luego soy.

La ciencia por igual destaca el carácter servicial de Homo sapiens, valorando el papel que ha desempeñado la solidaridad humana en la supervivencia y el desarrollo de la especie. Según Christopher Krupenye, catedrático en antropología evolucionaria e investigador del comportamiento de primates en la Universidad de St. Andrews, la empatía y la voluntad de ayudar a los demás son virtudes endémicas de nuestra especie, pues “…una de las características más notables de los seres humanos es que somos serviciales. Sin esta generosidad innata no habríamos podido sobrevivir cuando éramos cazadores-recolectores.”

Investigadores de la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena recién publicaron un trabajo sobre el sentido de la solidaridad en perros y lobos, concluyendo que: “Los perros tienen cierto carácter solidario gracias a su origen lobuno, pero seguramente ha quedado muy reducido por sacarlos de sus manadas y meterlos en nuestras casas durante miles de años. Los lobos son mucho más solidarios que los perros”. El lobo salvaje es muy solidario con los de su manada, no así con los desconocidos o poco conocidos. El can doméstico es más solidario con los humanos que con los individuos de su propia especie.

En su ensayo de 1970, titulado “El servidor como líder”, Robert K. Greenleaf define al líder servidor como “…el que sirve primero, porque comienza con el sentimiento natural de que quiere servir”.

El impulso de servir a los demás, sin esperar nada a cambio, es clave del desarrollo humano. El servicio solidario fortalece los lazos sociales y fomenta la confianza mutua, pues es una fuerza social fundamental, como lo son el electromagnetismo y la gravedad en la física. Servimos a familiares y vecinos, pero también colaboramos con personas muy distantes de nuestro clan inmediato, y eso nos distingue de todas las demás especies, incluida los solidarios lobos de las estepas. Pensemos en la parábola del Buen Samaritano, paradigma cristiano del rival y hereje que sirve solidariamente a un total desconocido en su desamparo. El amor al prójimo se manifiesta en obras, no solo con palabras y ritos.

El instinto de supervivencia nos ha hecho solidarios y serviciales, cohesionando familias, tribus, pueblos y naciones en torno a servir unos a otros con desprendimiento, pues la comunidad prospera en la medida en que sus integrantes aportan a ella: los que más pueden sirven a los que necesitan más, fortaleciendo la comunidad con su aporte solidario.  La comunidad es más que la suma de sus integrantes, por la solidaridad de su gente. Incluso, en las sociedades más desarrolladas, el líder es el primer servidor, no necesariamente el más fuerte o el mejor guerrero. En su ensayo de 1970, titulado “El servidor como líder”, Robert K. Greenleaf define al líder servidor como “…el que sirve primero, porque comienza con el sentimiento natural de que quiere servir”. El líder auténtico no exige que le sirvan; él sirve a los demás voluntariamente, transformando buenas intenciones en acción. Aporta primero, para guiar por el sendero del servicio a los demás.

Si en algo las personas pueden destacarse, es sirviendo solidariamente a los demás, porque todos nacemos con el anhelo de servir, que es a la vez semilla y fruto de la empatía y la solidaridad.  No todos los individuos pueden competir en actuación, atletismo o astrofísica; pero todos tenemos el potencial para servir con excelencia, pues llevamos en nuestros genes la chispa primordial de querer servir. Sin embargo, el talento innato no es suficiente para alcanzar el potencial pleno, ni siquiera en una actividad tan natural como es correr; pues para sobresalir en lo que hacemos es esencial entrenar, practicar, y reflexionar sobre la experiencia para seguir mejorando continuamente. Lo mismo sucede con el anhelo de servir: dejado desatendido puede no producir abundantes frutos, al menos no en la misma medida que cuando es cultivado sistemáticamente. Esa disposición para servir que heredamos de nuestros antepasados hay que alentarla y guiarla para que se desarrolle en firme vocación de servicio.

¿Estamos los humanos en riesgo de perder ese carácter solidario que nos ha permitido sobrevivir y nos distingue de las demás especies? Es evidente que no estamos en peligro de domesticación por otra especie, con el consecuente debilitamiento de la fuerza social que es la solidaridad para con nuestros semejantes. Pero, el consumismo, la competencia por el poder, los fanatismos ideológicos, los prejuicios, la adicción digital y demás demonios de la actualidad profundizan la brecha entre humanos, socavando silenciosamente el anhelo de servir heredado de nuestros antepasados, los cazadores-recolectores. ¿Y, si por nuestra propia negligencia, despertáramos un día kafkiano siendo más solidarios con los perros o los robots que con nuestros semejantes?

En el pasado, servir solidariamente fue una estrategia del instinto para sobrevivir; hoy, debe ser una elección consciente para ser más humano. La capacidad humana para reflexionar- la consciencia- nos empodera para apreciar, acelerar e intensificar ese proceso evolutivo que nos impulsa a servir a los demás para sobrevivir y prosperar en comunidad.  El educador, como líder servidor que es, puede y debe catalizar en sus discípulos el círculo virtuoso del servicio solidario, cultivando ese don divino, el anhelo de servir, que llevamos en nuestro ADN, para formar personas íntegras y humanas, con acendrada vocación de servicio: el nuevo Homo solidarius. Es una misión primordial del maestro y de la escuela formar líderes solidarios, personas que preguntan: ¿Qué puedo hacer yo por mi comunidad?; en lugar de, ¿Cómo me puedo aprovechar de los demás?  Y actúan en consecuencia.

(Adaptación de la primera parte de “Aprender sirviendo: clave del desarrollo humano”, reflexiones compartidas en la actividad del Servicio de Voluntariado Ignaciano de la República Dominicana (SERVIRD): “Conferencia y Taller: El Aprendizaje-Servicio y su oportunidad en el marco de la educación basada en competencias”, el 1 de mayo 2019 en la Pontifica Universidad Católica Madre y Maestra, Santo Domingo)

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