Paradigmas

De la cultura del honor a la cultura del victimismo

En el interesante blog del psiquiatría Pablo Malo, Evolución y neurociencias, he encontrado un artículo titulado ʺLa cultura del victimismo», donde el especialista de la salud mental sintetiza la reseña de un artículo de Bradley Campbell y Jason Manning sobre las transformaciones morales de Occidente, desde una cultura del honor, y otra de la dignidad, hacia una cultura del victimismo.

La cultura del honor se fundamenta en el prestigio moral o la imagen de reputación que los demás tienen de uno mismo. En este contexto, cuando una persona sufre una ofensa o un insulto, debe reaccionar con virulencia ante el agresor, porque el daño a su imagen es una lesión irreparable. No hay diferencia entre lo que somos y lo que los otros creen sobre nosotros.

La cultura de la dignidad se basa en el reconocimiento de que todos somos dignos por el hecho de ser personas. A diferencia de lo que acontece en la cultura del honor, la dignidad no se pierde porque alguien intente arrebatárnosla con una ofensa o la propagación de un insulto. No puede hacerlo, porque la dignidad es inalienable. Lo que somos no depende de la valoración de los demás.

La cultura del victimismo se cimenta en ser víctima por una hipersensibilidad hacia lo que se considera una ofensa –usualmente relacionada con ser partícipe de un género, una etnia, una religión-,  pero no se reacciona de modo violento y personal contra el agresor, sino que se busca en los otros integrantes de la sociedad el apoyo y el escarmiento.

Según Campbell y Manning, la cultura del honor es típica de las sociedades carentes de marcos legales que regulen los conflictos de un modo institucional.

Al mismo tiempo, los autores atribuyen la cultura de la dignidad a las sociedades democráticas. En ellas existe un marco legal de resolución de conflictos que posibilitan dirimirlos ante instancias de autoridad independientes.

Finalmente, la cultura del victimismo es propio de las sociedades digitalizadas. En ellas, muchos conflictos se pretenden resolver generando grupos de presión que actúen en las redes sociales. El problema aquí es que, con frecuencia, por desconfianza o indiferencia se obvian los mecanismos jurídicos propios de las sociedades de derecho, censurando y condenando a los individuos a.priori.

La cultura del victimismo es anti-democrática. No concede el derecho a la réplica, porque en ella la prioridad es juzgar antes de escuchar, se censuran los discursos y textos «despreciables». En ella, se practica la censura y la autocensura.

Sin embargo, necesitamos de un diálogo abierto y problemático sobre nuestras discrepancias. El temor a la ofensa, propio de la actitud victimista, restringe los procedimientos dialógicos que han dado sustento a nuestra ciencia, nuestro arte y nuestra filosofía, así como a nuestras formas democráticas de vida.

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