Radio Mil Informando, detrás del telón

Tony Pérez - 9 de enero de 2019 - 12:07 am - Deja un comentario

Era el noticiario líder del país, y locutores veteranos y noveles se desvivían por trabajar en él. Solo que siempre representó una meta difícil, por los requisitos, pero también por los abrojos colocados a lo largo del camino. 

Radio Mil, en los 1180 kilohertz, amplitud modulada, cuidaba con celo extremo su producto estrella. Hasta bien avanzada la década de los noventa del siglo XX, se esmeraba al seleccionar locutores de primera línea, y exclusivos. Y su plantilla de reporteros, en general, competía por hacer el mejor trabajo para contribuir a mantener la hegemonía de “El primero de la primera”. La cobertura era nacional, por la retransmisión a través de las otras emisoras del circuito: Radio Clarín, Radio Continental, en la capital, y, en Santiago, Radio Landia. https://www.com/watch?v=DzEV7tTS_m0.

A mi llegada a la emisora, mediados de los ochenta, el noticiario salía al aire en tres emisiones: 6:00-8:30 am; 12:00-2:00 pm; 5:30-7:00 pm. El director de noticias, Víctor Melo Báez; los locutores noticiosos: Wilfredo Muñoz, Fernando Valerio, José Bejarán y Johnny García, quien acababa de regresar al staff.

Las batallas por el mercado seguían siendo duras. Noticiario Popular y NotiTiempo luchaban por ganar puntos y derribar a Radio Mil Informando.

https://www.youtube.com/watch?v=F6-1NNm7Dcw.

EL DILEMA

La primera prueba de fuego estaba en marcha. “Trajeron dos nuevos”, susurraban. Y los nuevos eran Billy Reynoso y Tony Pérez. Las conjeturas brotaron: ¿Quiénes son? ¿A quiénes quitarán? Ni imaginaban que tales ingresos representaban la apertura de nuevos talentos como Juan Santana, Manuel Ferreras, Johnny Reyes, Freddy Peguero, Carlos Santana.

Aunque la empresa tenía como norma la exclusividad de sus locutores, a la hora del contrato verbal, había persuadido a los ejecutivos para que me permitieran trabajar solo en dos de las tres emisiones, dada mi condición de reportero del diario El Siglo. Pero en los pasillos, la idea no cayó bien. Entendían que todos debían trabajar las tres emisiones (matutina, meridiano y vespertina). El locutor Fernando Valerio (f), uno de ellos. No era ejecutivo, pero, como voz tradicional del noticiario, influía con sus comentarios, y no titubeaba para entrar a la oficina del vicepresidente a presentar su queja. En realidad, la decisión carecía de precedente. Esperaba la reacción.

Valerio, con una acentuada adicción a los tragos y al cigarrillo fuerte hasta su muerte cuando rozaba los sesenta de edad, ironizaba a menudo con “los nuevos”. En algunos casos provocaba risas; en otros, se quedaba corto. De la locución entendía que más allá de Radio Mil, nada, y que era innecesario estudiar porque ya todo lo sabían. Con su voz grave repetía, mientras soltaba bocanadas de humo confundidas con el tufo a MacAlbert: “Estos muchachitos no pueden llegar lejos, porque el locutor que no bebe, no mamá y no coge cuero, no sirve”.

La frase de no era de su repertorio. Él se la atribuía al importador del estilo de Radio Mil, Joaquín Jiménez Maxwell; mas, parece que la expresión sustentaba una conducta enraizada en muchos de los locutores de la época obnubilados por la admiración que despertaban la radio y sus actores en la población, sobre todo en las mujeres.     

Largo y flaco, unos 6,3 pies, padecía una soriasis rebelde que le carcomía la piel de la cabeza, las orejas y las manos. Eso no impedía sin embargo, que La culebra, como llamaban, perdiera su sentido del humor. Era un derroche de cuentos. A cada miembro del personal le ponía un apodo, y a todos les inventaba una historia.

A Wilfredo le llamaba “Cuello duro”, a Fredy Pequero, “Murmullo”; a Billy, “Mamú; a Tony Pérez, “Pelotero” (por el pelotero cubano Atanacio Tany Pérez) y “científico loco” (por los lentes recetados y el libro a mano para aprovechar las pausas, a menudo muy estresantes por los cuchicheos). https://www.youtube.com/watch?v=BzX439LQvX4.

Cada día representaba un pulso por sobrevivir en el trabajo. El inicio para todo el mundo, allí, había sido crucial, resaltaba en los relatos de pasillos. No bastaban los estudios y el esmero por la calidad y la disciplina para anclarse. Predominaba la idea en el imaginario del personal que, además, se necesitaba la “certificación de permanencia” por parte de las estrellas. Su visto bueno. Y por falta de ese aval, muchos no llegaron ni a calentar la silla.

Con 27 años de edad, comenzaba una “guerra” que terminaría casi una década después, en 1997.

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