Frente al racismo, la pedagogía como política

Las élites dominicanas, rectoras en lo económico, en lo intelectual y en lo político de lo que se produce y distribuye en el país y de lo que solemos pensar y sentir los dominicanos, han solido utilizar el motivo anti-haitiano que se ha sembrado en la cultura nacional, como un instrumento masivo para distraer a la gente de la fabricación verdadera de la dominación ylegitimación institucional de los dominantes y sus intereses
Juan Miguel Pérez - 7 de diciembre de 2018 - 12:08 am - Deja un comentario

A  diferencia del actual momento que viven los sistemas políticos de Brasil, Colombia, Estados Unidos, varias regiones asiáticas y europeas, entre otros lugares, el fascismo aún no ha llegado a costas dominicanas, por lo menos no de forma establecida. Ni siquiera la xenofobia ha podido instalarse como un sentimiento político estable en el escenario nacional. Lo que si ha existido en el país, y desde décadas, ha sido la construcción política de un sentimiento anti-haitiano, que ha logrado existir y prevalecer de manera profusa en los espectros de acción pública y privada de la gente.

Las élites dominicanas, rectoras en lo económico, en lo intelectual y en lo político de lo que se produce y distribuye en el país y de lo que solemos pensar y sentir los dominicanos, han solido utilizar el motivo anti-haitiano que se ha sembrado en la cultura nacional, como un instrumento masivo para distraer a la gente de la fabricación verdadera de la dominación ylegitimación institucional de los dominantes y sus intereses. En la división complementaria de ese trabajo, por un lado se encuentran los sectores reaccionarios, los cuales suelen ser la punta de los lanzallamas en cada ocasión que los sentimientos racistas se atizan. Es la parte más primaria y básica del discurso anti-haitiano.  Como suplemento, luego vienen las élites del conservadurismo progresista, que sin los ribetes racistas de los primeros, establecen como válido el argumento de la migración haitiana en el país, como supuesta marcha de invasores de origen haitiano. La clase política de la partidocracia casi en su nómina entera entra en esa categoría. Estos segundos, legitiman a los primeros, a los cuales critican, tratando de sacar partido político en cada momento de agitación anti-haitiana, y que aprovechan enarbolando la en cada oportunidad la virilidad de sus posiciones ante la cuestión migratoria de haitianos en el país. Pero luego, se tiene a una élite conservadora liberal de corte intelectualista, que se posiciona en franca oposición a las primeras dos, desde una perspectiva de enfrentamiento ante el racismo y ante racistas de todos cortes y estratos. En la mayoría de los casos, el conservador liberal dispara a sus adversarios sin hacer diferencia entre los que conciben y lideran esos procesos,actores-autores de la ideología anti-haitiana, y por otro lado, los actores-víctimas de esas campañas de ideologización masiva que los primeros dirigen. La estrategia de ataque directo que conservadores liberales suelen tener contra los segundos, usualmente exacerba y consolida posiciones que si fuesen asumidas desde una perspectiva pedagógica, pudieran generar resultados distintos. De ahí, la necesidad de reflexionar sobre el racismo, y sobre todo sobre las posibilidades sociales de mejor trascenderlo en el presente. 

Imagen cortesía de Listín Diario.

Imagen cortesía de Listín Diario.

1/Las condiciones sociales de posibilidad del racismo

El racismo no es más que la discriminación negativa y sostenida que padece un tipo de población específica por parte de instituciones sociales instauradas por alguna instancia histórica de carácter político, en la lucha por la hegemonía de puntos de vistas y sus intereses.

Para que exista racismo, tiene que haber una parte discriminadora, una parte discriminada, pero sobre todas las cosas, debe existir una instancia legítima-legitimadora, ante la cual se escenifica la acción de la primera contra la segunda. En trabajos de campo que hemos realizado en comunidades bateyanas del sur del país, observábamos cómo pasaba sin ninguna novedad la convivencia pacífica entre personas de origen haitiano y de origen dominicano, habitantes del mismo territorio, quienes actuaban bajo las mismas dinámicas sociales propias del mundo comunitario al cual pertenecían. La segregación entre ellosemergía cuando alguna agencia del Estado dominicano discriminaba por nacionalidad, cuando era necesario el otorgamiento de algún servicio o beneficio, y era cuando el dominicano legitimaba su condición de nacional señalándose ante la instancia proveedora en contraposición al haitiano, que antesera (y después sería) considerado simplemente como vecino o conocido. Durante mi estadía de estudios en París, Francia, donde viví el racismo del Estado francés por víade los constantes acosos que se operaban desdeagentes oficiales del Estado (policías, choferes de autobuses, profesores, etc.), y por agentes oficiosos delpensamiento de Estado (panaderos, libreros o camareros, etc.).En esas vivencias, entendí que entre dos personas solas, per se, el racismo suele no operar, a condición que exista una instancia superior o tercera que ordene o incentive la actitud racista y la ejecución del acto racista. Siendo así, el racismo es un acto eminentemente social, es decir, necesita de una relación tripartita: entre dos partes iguales que se hacen desiguales por el mundo social que le imprime significación y escala de valor a cada uno, y una tercera parte que se toma como testigo, la cual es la encargada de otorgar alguna retribución o reconocimiento al actuante activo. Así como el matrimonio o la investidura de graduación, el racismo es un acto que requiere decirle al mundo lo que hace, porque forma parte de esos ritos de consagración, cuyos objetivos esenciales son marcar una diferencia social que solo lo social puede decretar.

2/ Ante practicantes de racismo, la pedagogía como política

Lo que no se puede o es difícil ventilar directamente con una población específica, es necesario hacerlos por vías indirectas, cuando dejar de hacerlo no puede ser opción. El mundo educativo esta hecho de esa premisa. La pedagogía es esencialmente estrategias para optimizar procesos y resultados de aprendizajes intencionados. Si consideramos que los mayores practicantes del racismo no son quienes lo conciben, sino quienes los ponen a operarlo (que suelen ser los más cercanos a sus víctimas en términos de condición social e incluso vecindad), es necesario preguntarse cuál es el nivel de elasticidad o apertura que tendría el practicante ordinario de racismo, el de la calle, ante un discurso que, por más bien intencionado que esté, primero lo descalifique, y al mismo tiempo se jacte de esgrimir una superioridad moral sobre su adversario descalificado. Independientemente que en el combate antirracista existan muchos, muchísimos que lo que andan buscando es (auto)publicar en las redes sus papeles de buena conducta moral, no menos cierto es que existen muchísimos otros que libran de manera auténtica, verdaderos combates por hacer emerger la luz sobre la universalidad de los fenómenos migratorios y la dignidad inalienable que conllevan nuestros inmigrantes de origen haitiano.

Siendo el caso, la mejor política anti-racista, no sería lo que hace CNN con los seguidores de Trump cuando se burla de ellos, estableciendo una jerarquía cultural entre los que siguen a Trump y los que no lo siguen. Una efectiva militancia anti-racista pasa primero por conocer la construcción social del racismo: quiénes lo promueven, bajo cuáles presupuestos se produce y reproduce, indagar la estructuras de esos presupuestos; quiénes lo practican, bajo cuáles condiciones sociales escucharon el discurso racista, y por cuáles razones lo asumen y ejercen. Una vez establecidas esas condiciones de posibilidad del racismo y de sus practicantes, entonces generar las condiciones estratégicas posibles para el cambio de actitud. Uno de los grandes aportes de la educación para adultos al mundo, es concebir que la gente debe y pueda tener segundas oportunidades. Es la misma filosofía que secunda la vuelta a la sociedad de los privados de libertad luego de una condena judicial: no es solo la sanción, sino también la re-educación. Mi experiencia de casi ocho años como docente en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, me ha llevado a dialogar con mis estudiantes de manera profunda sobre sus juicios y prejuicios ante lo haitiano. En la inmensa mayoría de casos, he llegado a la conclusión, que esos sentimientos no son irreversibles. Que existe la posibilidad, con un trabajo riguroso, de poder revertir la situación y ponerla en una perspectiva distinta al actual estado de cosas que mantiene en falsas expectativas y dinámicas las relaciones entre los dominicanos y los haitianos de abajo.

Al igual que se concibe ante el hombre machista, la posibilidad de reinventar su masculinidad, ante una perspectiva de género, así mismo, el racista común no puede ser el objeto de la descalificación o condenación absoluta, sino, actuar desde la comprensión de los eventos profundos que lo llevaron a ser y hacer eso. La inmensa mayoría de agresores, sobre todo si provienen de contextos de pobreza material o intelectual. fueron primero agredidos por algún lado, y utilizan la violencia de sus agresiones como el lenguaje aprendido desde una condición anterior de violentado.

Casi 40 años de la revolución conservadora del neoliberalismo han generado políticas elitezcas que han maltratado cuando no olvidado a los de abajo. Esos de abajo, presos de sus frustraciones y esperanzas secuestradas, han sido capturados por discursos de arrebatos, pensados y estructurados para que los jodidos de siempre jodan aún más a los más jodidos de entre todos en una sociedad. Una agenda prospectiva antirracista en República Dominicana debería tomar en cuenta la pedagogía como la herramienta y la ruta esencial para lograr en el mundo social, la interrupción y rectificación de los vicios culturales que la ideología dominante ha hecho prevalecer como razón no auto-razonada en muchos dominicanos.

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