La novela de Heather Morris sobre la historia de un tatuador de prisioneros que se enamora de una de las prisioneras del famoso campo de concentración, El tatuador de Auschwitz, ha reabierto el viejo debate sobre las relaciones entre la literatura y la historiografía, entre la ficción y los hechos.
Como reseña El país en un artículo titulado "¿Se puede mentir en una novela sobre el Holocausto?" (24-11-2018), sectores influyentes de la comunidad judía se han resentido de la novela debido a que la misma no es fidedigna a los acontecimientos históricos.
En el núcleo del debate encontramos la contraposición entre quienes conciben las novelas históricas como retratos de los acontecimientos y quienes defienden la autonomía de la creación literaria con respecto a cualquier norma que pretenda someterla al dictamen de la historiografía.
Es un debate que ganan los defensores de la autonomía creadora por tres razones básicas: la demarcación entre literatura e historiografía, la función de la literatura como otorgadora de sentido de la experiencia humana y el carácter ficcional de toda narración.
La primera razón es obvia, pero se pierde de vista con frecuencia. La literatura no es historiografía. El novelista no tiene la responsabilidad de contar los eventos históricos o de darnos una mirada lógico sistemática de los mismos. Un novelista histórico no tiene menos derecho a ejercer su libertad creativa que otros tipos de novelistas. Para el escritor de novelas históricas los acontecimientos no son "la realidad", son un insumo que debe reordenarse y colocarse al servicio de determinadas formas estéticas. En otras palabras, el novelista no pretende hacer ciencia de la historia, como el historiador -aunque pueda tener un estilo de escritura literaria- no aspira a ser un novelista.
La segunda razón se relaciona con la primera. La literatura se enmarca en el campo de las humanidades, lo que la convierte en una actividad que pretende dotar de significado a la experiencias humana. En este sentido, su acercamiento al mundo será siempre una perspectiva sobre "el espíritu de los acontecimientos" más que un esfuerzo por adecuarse a los hechos y muchas veces la forma de lograrlo es generando tensiones narrativas que requieren "distorsionar la realidad".
La tercera razón es más controversial y difícil de aceptar entre los historiadores de orientación cientificista. Toda narración historiográfica es una recreación de los acontecimientos, no un retrato de lo acontecido. El historiador parte de unos documentos, unas historias orales y testimonios a los que tiene que reorganizar en un relato verosímil y sistemático, pero nunca logra representaciones de los hechos. Precisamente, lo que designamos "hechos" son los documentos articulados en una narración. Si esto acontece con el historiador ¿vamos a exigirle al novelista que represente los hechos?
En conclusión, la literatura tiene el derecho a mentir y solo a través de las mentiras que constituyen las creaciones literarias se expresa un tipo de verdad inaccesible a la historiografía, pero -como escribió Aristóteles- más general, intensa y penetrante.