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Bogotá/Cartagena de Indias: la historia (3)

La premisa menor de Américo Lugo de que la falta de conciencia política y de conciencia nacional le han impedido al pueblo dominicano, desde 1844 hasta hoy, constituirse en nación, es aplicable, como premisa mayor o cuantificador universal, al resto de los países iberoamericanos.

Hay, sin embargo, un grupo de países cuyo desarrollo industrial (México, Brasil, Argentina, Chile, Uruguay y Cuba antes de Fidel) o cuyo desarrollo institucional sostenido en el tiempo (Uruguay, Costa Rica) les hizo creer a los historiadores y a los políticos que tales porciones de humanidad constituían Estados nacionales verdaderos similares a los de los Inglaterra, Estados Unidos, Alemania o los países escandinavos. 

Ni siquiera las invasiones, ocupaciones y control político del Caribe, Centroamérica y algunos países latinoamericanos por parte de los Estados Unidos desde finales del siglo XIX e inicio del siglo XX completo convencieron a tales historiadores y políticos de que esos países no eran Estados nacionales verdaderos, sino Estados oligárquicos basados en el control de la tierra, la centralización administrativa autoritaria y la subordinación de la incipiente fracción burguesa como herencia de la colonización española a sus hijos criollos forjadores de la independencia política en aquel lejano siglo XIX, como lo establecieron intelectuales lúcidos como Miguel Arraes para Brasil, François Bourricaud para Perú, Francisco Villagrán Kramer para Guatemala, Esteban Rosario y Juan Bosch para la República Dominica (véase de, Juan Bosch: Breve historia de la oligarquía en Obras completas (comp. Guillermo Piña Contreras. Santo Domingo: Comisión Permanente de Efemérides Patrias, t. XVI, pp. 3-142). 

Es decir, que los Estados oligárquicos que surgieron luego de la primera independencia política y cultural se han mantenido hasta hoy vigentes como patio trasero de los Estados Unidos, lo cual ha demostrado, en cada época, la vigencia de golpes de Estado en cadena desde Jacobo Árbenz Guzmán hasta las dictaduras brasileñas, argentinas, chilena, uruguaya, centroamericanas y dominicana cuando un régimen político particular ha amenazado ese control estadounidense.

La implantación a escala planetaria del neoliberalismo y la globalización han venido a evidenciar la validez de la premisa mayor, la que se nutre, para su existencia, del clientelismo y el patrimonialismo como forma de mantenimiento del poder local o la intervención directa de los Estados Unidos cuando fuerzas políticas contrarias amenazan la doctrina de la seguridad nacional del imperio y de sus países subordinados. A partir del triunfo de la revolución de Fidel Castro en Cuba, los Estados Unidos recompusieron todos los frentes oligárquicos en América Latina. En Asia fue otro capítulo diferente (Corea, Filipinas, Vietnam, etc.)

La falta de conciencia política y de conciencia nacional se evidencia, por ejemplo, en que, al no existir Estados nacionales verdaderos apoyados en partidos anticlientelistas y antipatrimonialistas, los votantes en las elecciones brasileñas del 8 de octubre pasado han colocado como puntero en las encuestas al ultraderechista Jair Bolsonaro con un 46.7 % de votos. Este 46.7 % de votantes prefiere a Bolsonaro, porque en su imaginario, si esta gana, eliminaría la violencia que arropa al país y la corrupción que embarra a todos los políticos brasileños, específicamente a los del Partido de los Trabajadores durante los últimos doce años de mandato. Estos votantes no están concienciados de que en su Estado clientelista y patrimonialista la corrupción es inseparable del sistema, sin importar que el candidato sea socialdemócrata, ultraderechista o izquierdista, que la impunidad es su valor fundamental y que, además, la ultraderecha es, por definición, sinónimo de violencia. Si no, pregúntenle a Donald Trump y a la ultraderecha europea que ha ganado en Hungría, Turquía, Italia y están en la mira Holanda, Suecia, Austria, Francia, España y hasta Alemania.

Y no es lo mismo que la ultraderecha gane unas elecciones en Brasil o en cualquier país latinoamericano que en los Estados Unidos. En Brasil y Latinoamérica reina un Estado clientelista y patrimonialista y a Bolsonaro le sería más fácil conculcar las libertades públicas y los derechos humanos, mientras que en los Estados Unidos un Donald Trump no puede hacer eso tan fácilmente, porque las instituciones son más sólidas que en Europa. De ganar Bolsonaro en la segunda vuelta (y escribo esto entre 7 y 8 de octubre), los brasileños sabrán lo que cuesta un peine en cabello crespo. Solo necesita un 3.7 % de los votos, y aunque en política no hay milagros, ni siquiera sumados los votos de Fernando Haddad y los demás partidos pequeños que terciaron en esos comicios, algo imposible, se podrá evitar la victoria de Bolsonaro. 

Solo la sorpresa, no el milagro, de una recapacitación de ese 22 por ciento de votantes del Partido de los Trabajadores que se disgustó con su partido y votó por Bolsonaro o se abstuvo, puede revertir mi realismo político y el sentido de la historia de los positivistas historicistas. Y Bolsonario no está solo. Detrás suyo está la oligarquía que estudió muy bien Miguel Arraes: los bancos, los terratenientes, la Iglesia, los diputados y senadores, los gobernadores, los alcaldes corruptos, los periódicos ultraderechistas, los militares, los Estados Unidos que no le perdonaron a Lula el haberse tomado la prerrogativa de quitar y poner, por medio de Ode

brecht,  gobiernos en América Latina y hasta en África y el haber convertido a Brasil en la segunda potencia latinoamericana con el impulso momentáneo de la China Popular. Ese descuido momentáneo de los Busch y Obama (Reagan no incurrió en ese “error”) de poner y quitar gobiernos en América Latina, ha sido revertido por Trump, quien negocia con una pistola en la sien de cualquier gobernante que no se avenga a sus designios.

En un país donde haya un Estado nacional verdadero, los miembros de los partidos políticos mantienen una posición política ideológica firme y definida, basada en principios, no en personas ni héroes providencialistas. Y en caso de que se detecte corrupción desde el poder (ejecutivo, legislativo o judicial), los militantes pueden no votar por un candidato de ese partido, pero jamás depositarían su voto por el candidato contrario y mucho menos pensar que van a pasarse en masa al bando contrario. Esta afirmación equivale tanto para militantes políticos conservadores o liberales, como son los partidos Demócrata o Republicano en los Estados Unidos o, como son, los militantes conservadores, ultraderechistas o socialdemócratas (llamados socialistas en Europa) o los comunistas, trotskistas o anarquistas (también propios de Europa). 

Los países del Mediterráneo (Francia, España, Italia, Portugal y Grecia), aunque son Estados nacionales verdaderos, debido a ciertas debilidades y vulnerabilidad institucionales que los acercan al clientelismo y al patrimonialismo, no tienen el mismo estatuto de los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania o los países nórdicos europeos, donde las prácticas clientelistas y patrimonialistas y la corrupción están reducidas al mínimo y cuando brotan es imposible la impunidad. Los casos individuales son la excepción.

En la mentalidad clientelista y patrimonialista de los votantes iberoamericanos, existe una confusión ideológica debida a su falta de conciencia política y de conciencia nacional: creen que los partidos socialdemócratas o socialistas europeos son de izquierda y los medios de comunicación y los políticos conservadores contribuyen a expandir esta confusión, porque está dentro de sus intereses. En las elecciones de Brasil los medios llaman de izquierda al Partido de los Trabajadores de Lula, que en puridad de verdad es socialdemócrata pro burguesía nacional al estilo iberoamericano, o sea, desarrollista, capitalista, pero todavía dentro del clientelismo y el patrimonialismo.

En México sucede otro tanto. La revolución anti-oligárquica de 1910 terminó vencida por el clientelismo y el patrimonialismo, no traicionada por sus dirigentes, quienes tenían la misma falta de conciencia política y de conciencia nacional que su mismo pueblo.

El institucionalismo uruguayo terminó vencido por los sucesivos golpes de Estado patrocinados por los Estados Unidos (Juan María Bordaberry, Oscar Gestido, etc.), el de Chile terminó vencido por Nixon, la International Telegraph and Telephone (ITT) y Pinochet. El de Costa Rica comienza a ser sacudido por los aires del neoliberalismo y la globalización y en esos conflictos comienza también a verse públicamente el refajo del clientelismo y el patrimonialismo, producto de la falta de conciencia política y de conciencia nacional, agravada por la ausencia de conciencia de clase y la falta de conciencia de ser sujeto.

En Colombia, muchos historiadores han visto el fenómeno que acabo de describir. El que menos ilusiones se hace es Antonio Caballero, cuyo libro Historia de Colombia y sus oligarquías (Bogotá: Ministerio de Cultura/Biblioteca Nacional de Colombia, 2018) está escrito con una estrategia metodológica al modo de Tucídides, aunque el autor está todavía preso por la creencia en la existencia de la nación colombiana, lo que debilita su historicidad.

Al igual que sus pares iberoamericanos, en Colombia una porción de humanidad gobernada desde su independencia por los oligarcas criollos y sus descendientes que heredaron de España saber burocrático, tierras, prestigio social y económico y la sacrosanta religión católica, las costumbres de la nobleza y la aristocracia del absolutismo.

Y en el siglo XIX surgieron, de esa primera independencia política y literaria, los herederos de Bolívar, Santander y Nariño, cuyos objetivos y lucha por imponer sus proyectos e intereses se evidenciaron en la creación de los dos grandes partidos propios de nuestra América: el liberal y el conservador y Caballero señala que, con más crudeza, en Colombia se dará el fenómeno, más típico que en otras partes, de que, liberales y conservadores, luego de las guerras civiles de los siglos XIX y XX, llegaron a la conclusión de que eran la misma cosa. Lo que explica que hayan llegado a un acuerdo de un gran frente “nacional” y que, cuando gana un liberal, el presidente elegido recluta a sus principales ministros y diplomáticos, del lado liberal y cuando un conservador gana las elecciones, este recluta a sus principales ministros y diplomáticos, del lado liberal. Con lo que todos los gobiernos son siempre conservadores.

Es Colombia también el único caso en nuestra América donde el Partido Comunista apoya las guerrillas desde su surgimiento con las FARC y se mantiene vigente en la arena política sin ser molestado por los gobiernos liberales o conservadores. Y antes que, en el libro de Caballero, lo aprendí en el intercambio de ideas con un estudiante de economía, especialista en el capitalismo monopolista de Estado y miembro del Partido Comunista colombiano, con quien convivimos mi esposa y yo en la Casa de Cuba de la Residencia de Internacional de Estudiantes en 1977.

Colombia, al igual que los demás países de Iberoamérica, tuvo su mayor punto de inflexión vis à vis de la dependencia de los Estados Unidos en dos momentos: cuando no pudo hacer nada, dada su debilidad institucional y la falta de conciencia política y de conciencia nacional de la élite dirigente, ante el desmembramiento de su provincia de Panamá, declarada país independiente por los Estados para controlar durante 99 años el canal homónimo y controlar así el comercio internacional y, luego, cuando en virtud de la doctrina de la seguridad nacional, aquel Estado verdadero le impuso a nuestro vecino latinoamericano el llamado Plan Colombia, con el pretexto de combatir el narcotráfico desde Colombia a los Estados Unidos, y cuyas consecuencias están ampliamente analizadas por el historiador Caballero. Pero sin saber que el narcotráfico es un proceso de acumulación originaria de algunos países latinoamericanos al igual que lo fueron el capitalismo mercantil, las guerras de conquista y la esclavitud para los países europeos y los Estados Unidos. (Continuará). 

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