Yo, yo, yo, yo, y… yo

Lo compró todo.  Generalizó la corrupción y la convirtió en política de estado, configuró una estructura de poder (lo que Michel Foucault llama “retícula de poder”) y expandió su vocación de eternidad.
Andrés L. Mateo - 23 de agosto de 2018 - 12:12 am - Deja un comentario

En la ya célebre entrevista cosmética, mil veces ensayada, y aún peor actuada; el presidente Danilo Medina empleó el pronombre “YO” en no menos de 174 ocasiones. YO es un pronombre de rasgo imperativo que encarna la primera persona del singular, y la sobreabundancia en el discurso es una forma de subrayar la hegemonía sicológica que tiene el sujeto hablante, haciendo explícita la propiedad, cercanía o relación entre una persona gramatical y un elemento gramatical. La neurolingüística moderna ha sacado a flote los límites y las angustias de un hablante que se enchiva en el YO; y la vertiginosa perplejidad de quien no alcanza a ver más allá de sus propias narices.

Lo que revela ése calvario del YO en el “pensamiento” de Danilo Medina, son sus pobrezas mentales, sus atrasos; y no veo por qué en ello tendría que haber nada de reprobable, si no fuera porque ése YO sobreimpuesto lleva implícita la omisión de alguien: El Estado. En cada uno de los empleos del pronombre YO, explícito e implícito, lo que Danilo Medina sustituía era al Estado. El poder suele volver heroico  a los sujetos. Si en una “Visita sorpresa” le presta fondos públicos a los cafetaleros para modificar la cepa de café, el Estado desaparece y es él como sujeto el político bondadoso que realiza la acción. En el país hay pendientes un poco más de dos millones de soluciones habitacionales, y él entrega el proyecto  de “La Barquita”, que tiene mil seiscientas, como si la humanidad  tuviera los ojos fijos en lo que él hace, y todo el problema se conjugara. Es él, su YO desplegado, no la acción del Estado quien realiza las obras. Ése YO es solo un Dios, un demiurgo, inflado como un paño sagrado.

Lo que la neurolingüística  explica de la asfixia del YO que trabó el habla de Danilo Medina en la entrevista rosa que preparó para tratar de detener el deterioro  de su imagen y el cerco de hastío que cubre  a la población que él gobierna, es que es un hombre cuya mentalidad no pasa del siglo XIX; y que su idea del Estado es patrimonialista, instrumental y corrupta. La historia del pensamiento dominicano nos ha enseñado que las angustias existenciales de los intelectuales pesimistas del siglo XIX se empinaban en esa imposibilidad traumática de constituir el  Estado-nación.  El continuismo, el caudillismo, el afán desmedido de poder, y la concepción patrimonial del estado, hicieron que la aventura espiritual de erigir la nación se convirtiera en un escenario de incertidumbres y frustraciones. Esa mentalidad de un YO hegemónico que en su despliegue crea las cosas, revela que no hemos superado la concepción del Estado del generalato de la manigua, y que la larga tradición autoritaria de nuestra historia se impone en el enfermo narcisismo de un presidente anacrónico, que anula la función del Estado como sujeto plural de la organización social.

En la ideología de ése YO predominante es a partir de él que todo se filtra, como un sueño rosado en el cual los habitantes de éste país real no se reconocen. ¿Por qué Danilo Medina se comporta como un Dios tutelar, como un ser sobrenatural, como un demiurgo que prefigura “hechos” en el silencio? Simplemente, porque él es el Estado. Porque su idea decimonónica del Estado lo gobierna. Y porque en su megalomanía él se ha llegado a creer todo lo que sus panegiristas han zurcido sobre su grandeza, a un costo casi demencial que el país ha pagado con sacrificios para erigir un super YO inaguantable y lejano. En la coyuntura del 2016 él proclamó que “su reelección había remontado el malestar institucional del continuismo”, aunque la realidad fue otra cosa. Siguió en el poder prostituyendo la frágil estructura institucional que desde el 1844 se había dado la nación. Lo compró todo.  Generalizó la corrupción y la convirtió en política de estado, configuró una estructura de poder (lo que Michel Foucault llama “retícula de poder”) y expandió su vocación de eternidad. Lo que trota en ése YO, YO, YO, Y…YO; es el atraso, las limitaciones mentales, el cerco infranqueable del miedo a sus propios actos.   

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