Yo quiero ser diputado

Tony Pérez - 30 de junio de 2018 - 12:08 am - Deja un comentario

Cada vez que al exfiscal del Distrito y exprofesor de Historia de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Julio Ibarra Ríos, le tocaba una pausa como comentarista del Matutino 103, en la FM de la icónica Radio Mil, encendía un cigarrillo de los fuertes y comenzaba a caminar lentamente por el pasillo, soltando nubes de humo y carraspeando, hasta llegar al fondo, al norte, justo frente a la cocina, donde estaba la mesita con el eterno termo con café.

Y este setentón seguía caminando, alternando sorbos con su cigarro que consumía con fruición como si fuese el mejor manjar. No se ufanaba su formación en Derecho y prestigio como abogado, que le llevarían a ser juez de la Suprema, hasta su muerte. Tampoco de sus conocimientos de Historia y de la política dominicana, que durante décadas había dejado en miles de estudiantes en las aulas de la UASD. Hablaba de lo bien que iba su siembra de aguacates, mangos y demás. Con orgullo repetía. “Siembren, siembren, eso es bueno”. Ibarra Ríos repartía humildad y consejos a cada paso, pese a su respiración jadeante.

En esas rutinas, siempre coincidía en el pasillo o en el salón de descanso con un novel locutor que había llegado de Nagua a probar suerte en la capital: Virgilio Baldera, quien alternaba sus pinitos en la locución noticiosa en Radio Mil Informando con sus estudios de Derecho en la academia estatal.

Uno de esos días, en que había dejado en cabina a Manny Espinal y a Henry Pimentel y comenzaba su ritual por el pasillo estrecho del quinto piso del Edificio Metropolitano (Máximo Gómez esquina San Martín), Julito le tiró la mano al hombro a Baldera, y le increpó:

“Míreme a los ojos, míreme bien. Apréndase ésta: si quiere ser abogado, tiene que espabilarse, dar duro en el piso con esos zapatos. Así pequeño y con miedo, nadie le hará caso en el estrado, ¡Pise duro, carajo!”.

Rieron de buena gana, y, a partir de esa mañana, Baldera comenzó a dejar de ser el provinciano timidón de antes.

IMPRESIONE QUE ALGO QUEDA

Ha llovido mucho desde esos años noventa del siglo pasado, pero la anécdota encaja en muchos escenarios de hoy.

Para ser legislador, por ejemplo, aquí solo se necesita estar vivo y tener destrezas para el drama malo. Gritar y pisar duro para impresionar. Y ya.

Corrobore o no, “vote, honorable” o no, un diputado recibe 300 mil pesos, y un senador 320 mil, solo por concepto de salario. Súmele todos los privilegios del mundo: “barrilito”, seguro médico internacional, gastos de representación, exoneraciones full, pasaporte diplomático, armas de fuego, seguridad, contratos, cabildeos, empresas de importación, influencias, inmunidad (y hasta impunidad)…   http://hoy.com.do/los-legisladores-se-hacen-gran-aumento-de-sueldos/.

La Constitución, artículos 79 y 82, establece como requisitos para ocupar una curul o un escaño: ser dominicano en pleno ejercicio de los derechos civiles y políticos, residir en la demarcación y haber cumplido 25 años de edad.  O sea, estar vivo.

Para ser maestro de escuela o liceo del sistema público se necesita tener mínimo maestría y habilitación docente. Sin embargo, con ocho horas de trabajo de lunes a viernes recibe un salario 3.7 veces por debajo del promedio de países desarrollados como Reino Unido y Alemania (US$40,000 al año), según Acción Empresarial por la Educación (Educa).

En la universidad estatal, un profesor, para sobrevivir, debe  trabajar más de 40 horas a la semana, sin un seguro médico de calidad, con sistema de jubilación impredecible y sin las mínimas condiciones ambientales para atender secciones sobrepobladas. Y ni eso basta. Tiene que ir al mercado en busca de otros trabajos.

Al final, un legislador navegará sobre un mar paradisíaco de dinero. Junto a su familia, vivirá como un jeque y, si se enferma, cogerá raudo un avión para alargarse la vida en prestigiosos hospitales estadounidenses porque ni siquiera se ha afiliado al Senasa, el seguro estatal creado por ley de su Congreso.

El maestro no vivirá. Será presa permanente de un remolino de incertidumbre y terminará sus días, tal vez, agobiado por la impotencia de carecer de recursos para detener algún cáncer agresivo.

¿Para qué estudiar y ser licenciado, magíster o PhD, si diputado o senador es mejor? ¿Para qué estudiar si, al final, tiene que repartirse en mil pedazos para juntar un dinerito que le permita vivir con cierta dignidad?

Ese es solo uno de los espejos en los que se ve, desde que amanece, la juventud dominicana. Una sociedad que funciona al revés. Porque hasta muchas familias ya no creen en “cuentos de camino”, sino en dinero.    

El sistema inocula a las mentes de la juventud que el estudiar, leer mucho, no va más allá de la mera satisfacción personal. Que solo don dinero vale, y basta con poseerlo sin importar el método, para comprarlo todo. Y que el método no es ir a la escuela, al liceo y a la universidad porque eso es cosa de pendejos. Porque, con dinero, puede hasta conseguir un título Suma Cum Laude por teléfono, si bulto quisiera ser. Con dinero, paga un programa en medios de comunicación y embarra a todo el que quiera. Con dinero, puede comprar el último celular, las indumentarias y hasta el apartamento en el residencial que, según los parámetros, le dan prestigio. Con dinero usted puede gritar al mundo sobre el auge del narco y la violencia, mientras se da un pase de cocaína. Con dinero, hasta el prestigio, lavado moral y aplausos se compran.

Con una gusanera así, ¿para qué estudiar?

Demasiado grandes son los jóvenes de hoy que aún estudian a sabiendas de que es mucho mejor ser político con discursos más desabridos que una sopa boba, aunque los griten. Mejor ser empresario evasor, narco matón y mafioso. Mejor ser extorsionador y chantajista.

Que 200 mil estudiantes pueblen la Universidad Autónoma de Santo Domingo y, al menos, una parte no quiera mirarse en el espejo del mal, indica que la esperanza no ha muerto y que “algún día matan blanco”.

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