Desde niños escuchamos relatos y siendo adultos, los contamos. Las narraciones fundaron nuestra civilización y en todas las culturas los seres humanos dan sentido al mundo gracias a ellas.
El filósofo Paul Ricoeur nos concibió como seres narrativos. En verdad, las narraciones estructuran nuestra personalidad. Nos autocreamos a partir de las narrativas que elaboramos sobre nuestro pasado. Lidiamos con nuestras fobias, expectativas, deseos y proyectos a través de las narraciones que creamos. Las empatías que nos hacen humanos se logran a través de los relatos.
Las narraciones son el fundamento de nuestra comprensión. Sin ellas seríamos como el resto de los animales, “sin historias y sin Historia”. Los seres humanos somos los únicos animales narrativos. Los únicos que necesitan de narraciones para vivir y para costruir una comunidad.
Con narraciones también elaboramos un imaginario de las comunidades y subcomunidades a las que pertenecemos. Gracias a ellas nos sentimos partícipes de algo que trasciende nuestras limitaciones espacio-temporales.
Y a través de narraciones explicamos científicamente el mundo. Elaboramos sofisticados relatos sobre nuestros orígenes y nuestra conducta, así como metarrelatos para justificar las narraciones que construimos para conocer el mundo y conocernos a nosotros mismos.
Y entre esos metarrelatos, el más extravagante es aquel consistente en creer que podemos vivir sin relatos e intentar justificarlo. Para lo cual, por supuesto, necesitamos también construir un relato.