Atalaya del escrutinio

El que ríe de último

El humor de Ulises Francisco Espaillat es sano y correctivo. En ningún momento nuestro estimable prócer y escritor empleó su notable don para la sátira con intención dañina, destructiva. Al contrario, Espaillat tiene la maravillosa risa que quiere corregir y que por lo tanto no ofende. Nunca se refiere a individuos específicos, ni siquiera hace alusión a sus contemporáneos. Trata los errores generales, los vicios y las mañas nacionales, y nunca acusa de mala intención (ni siquiera a Pedro Santana), atribuyendo las acciones funestas a la debilidad y a las circunstancias adversas.

Esta característica sobresaliente del estilo satírico del gran estadista y líder civilista de nuestro país es lo que el crítico literario, Dr. Joaquín Balaguer, en su análisis del estilo de Espaillat (en Los próceres escritores), califica de «ligereza y tono zumbón». El capítulo sobre los rasgos estilísticos y contenido ideológico de los Escritos es sin duda alguna lo mejor que se ha publicado sobre Espaillat como escritor. En ese minucioso estudio podemos aprender cómo todo en Espaillat está concertado para crear el ambiente de ligereza e informalidad que capta la atención y la confianza del lector: las digresiones frecuentes, la familiaridad del tono, el humor y la sátira a la vez punzante y benigna de las costumbres y la política criollas, y la creación de una «voz» o pseudónimo («María») que el autor mantiene con una consistencia absoluta en gran parte de sus escritos. El estilo ligero contrasta con la gravedad de la materia.

Por tratarse aquí específicamente del humor y la sátira en la obra de Espaillat, tomamos como punto de partida para nuestro breve estudio un pasaje pertinente del Dr. Balaguer, apelando de esta manera a la agudeza de su juicio y al prestigio de su nombre y persona para respaldar nuestras observaciones. Citamos a continuación un párrafo que empieza en la página 193 de Los próceres escritores (Buenos Aires (1971):

«Otro de los rasgos característicos del estilo de Ulises Francisco Espaillat es la ligereza y el tono zumbón con que trata las materias más espinosas. Su genio blando no le impide ser en la sátira incisivo, mordaz algunas veces, sobre todo cuando juzga las costumbres políticas de sus contemporáneos, pero siempre disimula hábilmente la acritud de su juicio, sanamente enderezado hacia la crítica, con una salida irónica o con una expresión desenfadada.

Esta actitud no fue en el comentarista un recurso para hurtarle el cuerpo a la verdad o para alejarse del tema deslizándose por la pendiente de un chiste más o menos ingenioso. Espaillat, por el contrario usa esa forma de crítica zumbona para llegar sonreídamente al centro de los problemas nacionales. Probablemente se dio cuenta que el medio más seguro para apoderarse del ánimo del público, en época todavía ayuna de verdadera ilustración, era el de ofrecerle libres de todo razonamiento abstracto y de todo aparato discursivo los temas más áridos y los comentarios más conceptuosos.

Asuntos que se hubieran prestado en hombre de tan vasta lectura como Ulises Francisco Espaillat, a fáciles especulaciones y a largos despliegues de erudición, aparecen tratados por él con ligereza; pero con ligereza que no excluye la profundidad, ni la energía dialéctica, ni la observación minuciosa.

Léase la serie de artículos que escribió acerca de la inmigración y se verá que no obstante el carácter polémico de ese ensayo y el tono irónico y aún mordaz que prevalece en su conjunto, abundan allí apuntes perspicaces sobre el carácter nacional, y sobre la influencia que éste ejerce sobre las costumbres y en las instituciones.

El problema se halla examinado en tales páginas con visión de estadista y todo el análisis podría servir como evidencia de la propiedad con que las cuestiones más serias se asocian, en el arte de algunos escritores, a cierta actitud  despreocupada y festiva».

Y es precisamente esa actitud aparentemente casual y festiva que daba a Espaillat su amabilidad extraordinaria, pues era en su trato personal igual que en sus obras literarias. La nota al pie de la página que sigue al pasaje citado comprueba esto con dos anécdotas pertinentes. En una nos dice el Dr. Balaguer que Luperón resumió el carácter de Espaillat con las siguientes palabras «…Sus inagotables chistes, su esmero en el hogar y la dulzura de su noble trato, hacían de su laboriosa vida uno de los tipos más envidiables de la República«.

El humor satírico de Ulises Francisco Espaillat carece de amargura o rencor, pero está impregnado por la tristeza y el dolor de un patriota decepcionado por el curso que había tomado la cosa pública de su país. Esto lo notamos hasta en la más celebre expresión jocosa que creó, aquella de la «Academia» para referirse a la gallera. Esta expresión no era fruto sólo de su sentido del humor, sino de su mortificación por la escasez y la mala calidad de las escuelas rurales y centros de altos estudios en la República, donde en cambio proliferaban las galleras.

Al observar cómo se desarrolla esta expresión a través de su obra, vemos claramente lo penoso que era para Espaillat usar su propia creación lingüística. Tras la «ligereza y tono zumbón» se esconde un lamento profundo y sincero por las cosas de su pueblo, particularmente en sus escritos tardíos y después del derrocamiento de su gobierno constitucional. En algunas ocasiones ocurren cambios repentinos en el flujo de un texto, y entonces vislumbramos de forma directa el lamento del patriota adolorido por los males de su país:

«¿Veis ese paseo lindísimo que nos ha costado sobre diez mil pesos? ¿Qué bien trazadas están las calles de árboles? ¡Cuánta simetría! ¡Cuánto gusto! Y que bien se hermanan nuestro antiguo huésped, el sabroso mango, con el recién llegado de tan clásico nombre, el Eucaliptus Globulus!» Hagamos a este último si os place, una profunda reverencia, que bien la merece. ¡Qué agradables ratos he pasado paseándome por sus bien niveladas calles, cubiertas de menudita arena! ¡Y que hermosa es la fuente que vemos allá en donde millares de pececitos de doradas escamas juguetean reflejando a porfía los mil caprichosos cambiantes que la luz produce sobre ellos para solaz de nuestros sentidos! ¡Aquello es magnífico! ¡Y cuanto me he divertido oyendo sin desearlo los lamentos de los más, por las privaciones que imponía la situación económica de la época, de la cual podréis formaros una cabal idea contemplando la presente; y todo esto mezclado con Pepitos! ¡Que encanto! Es tan agradable vivir siempre de encantos, que es lastima no haya durado hasta ahora;…» (Escritos p. 271).

La ironía de Espaillat refleja plenamente su sufrimiento por el despilfarro innecesario del caudal del pueblo en obras de gran belleza, pero de ninguna utilidad para el campesino y la clase obrera. Le dolía en el alma el empeño  del Ayuntamiento de Santiago en comprar un magnífico reloj público (como luego lo hiciera Montecristi), cuando esa ciudad aún no tenía un pozo tubular. Pero Espaillat sabía muy bien que con tono resabioso y amargo no resolvería nada, pues su deseo era construir, corregir, reformar.

La risa de Espaillat nos recuerda al genial Rabelais. Cuando al famoso personaje de este escritor francés le nació su hijo, el padre viudo no sabía si llorar por la muerte de la esposa y madre fallecida en el parto, o regocijarse por el feliz nacimiento de su heredero. Alternativamente lloraba la pérdida de su mujer y se reía y festejaba junto a su hijo. Al cabo del tiempo terminó entregándose a la risa y el júbilo, sepultando su llanto con la fallecida. En una ocasión por lo menos, nuestro prócer escritor hizo una alusión bastante directa a ese célebre pasaje de Rabelais, y talvez por eso el humor y la sátira de Espaillat nos evocan la crítica mordaz que Rabelais hizo a la sociedad francesa de su tiempo.

El pasaje haciendo alusión a Gargantúa y Pantagruel forma parte de uno de los principales ensayos firmados con el pseudónimo de «María» por el gran líder civilista. Este se titula «La fusión, la situación y los partidos». Como de costumbre trata asuntos de suma importancia para la vida nacional que siguen igualmente vigentes en la actualidad. Las observaciones minuciosas están contenidas tanto en anécdotas y alegorías como en la crítica social y política más directa, pero siempre acompañadas del indiscutible buen humor tan característico de Espaillat:

«La situación tiene en su contra: el interés de aquellos que, habiendo perdido pingues posiciones, se avienen de mal grado a someterse a aquella inapelable sentencia del Altísimo: «con el sudor de la frente comerás». Es verdad que es muy suavecito el que suden y sufran otros por nosotros, y que nosotros comamos y gocemos por ellos; pero ¿qué queréis? Nada dura eternamente en este mundo.

No queda pecho de buena mamá, de esas que tienen buen genio y no maltratan al niño. Cuando mi maestro enseñaba gramática (ya veis que aún estoy por aprenderla pero era yo tan distraída y juguetona) me definía con tono doctoral: «Los tiempos son tres: pasado, presente y futuro. Por ejemplo, decía, decía, yo, he mamado, yo mamo, yo mamaré». Pero maestro, le decía yo riendo, ¿porque le gusta a usted tanto la conjugación del verbo mamar?»

«Ay, señorita me respondía, malas mañas no se olvidan. … y yo no mamo». (Escritos p. 50)

Comenta jocosamente el hábil humorista el hecho de que tantos ciudadanos viven descaradamente del erario público, así de la «botella» como por el soborno. Y Espaillat continúa tratando otros problemas graves de la situación contemporánea, hasta llegar al pasaje antes referido, por poco irrumpiendo en sinceras, en bien intencionadas carcajadas:

«Otra circunstancia desfavorable y que tiene en contra la situación es la idea aquella que a ciertos hombres se les ha metido en la cabeza, de que ellos y ellos solamente son los que saben, los que pueden, y los que deben gobernar el país. A mí, que desde que sufrí un terrible ataque de nervios me ha quedado la mala costumbre de reírme de todo y a veces de reír y llorar alternativamente, me cuesta trabajo el no interrumpir en una estrepitosa ‘carcajada’ al pensar en el ensimismamiento de esos señores”. (Escritos p.5l.)

Esta es la risa patriótica de Espaillat que censura toda conducta en contra de los intereses de la República, y cuyo lejano eco a veces creemos escuchar en nuestros sueños.

Por último, tan solo deseamos que el eco de esas carcajadas patrióticas eclipse el doloroso llanto y alcance su estrepitoso crescendo; y que finalmente su patriótica risa tenga el efecto social correctivo que el ilustre civilista tanto añoró durante su vida.

(Artículo publicado originalmente como “La Risa Patriótica de Espaillat” en el Listín Diario, 13 de agosto 1976, como tributo a la memoria del ilustre prócer en ocasión del traslado de sus restos mortales al Panteón Nacional.)

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