La “maldición” de los recursos naturales

Estamos en un mundo económicamente organizado por medidas políticas, y el que no organiza su economía políticamente es una víctima
Julio Santana - 12 de agosto de 2017 - 12:08 am - Deja un comentario

“Estamos en un mundo económicamente organizado por medidas políticas, y el que no organiza su economía políticamente es una víctima”-Arturo Jauretche, pensador, escritor y político argentino.

Con mucha frecuencia nos acostumbramos a la idea de que la pobreza y los rezagos estructurales son una especie “de fenómeno natural” en países privados en mayor o menor medida de recursos naturales. En relación con ello, podemos constatar dos situaciones contradictorias: (1) la existencia de países (o regiones enteras) dotados de ingentes recursos minerales y energéticos pero cuyas tristes distinciones peculiares son elevados índices de pobreza y sistemas económicos no competitivos; (2) naciones con elevados niveles de vida, desarrollo industrial, recursos humanos calificados y condiciones infraestructurales de avanzada pero con escasa o nula disponibilidad de recursos naturales importantes.

Sin perder de vista la abrumadora cantidad de trabajos muy serios sobre el tema, creemos que allí donde se tienen reservas comercializables, los recursos naturales debieran ser verdaderos pivotes que soporten y aceleren el crecimiento económico, proporcionando, en un marco de sostenibilidad ambiental y social, una ventaja comparativa significativa para las economías en su conjunto.  No obstante, las riquezas naturales no son necesarias ni suficientes para la producción progresiva y la prosperidad económica. Los países más ricos del mundo no deben su riqueza nacional, acumulada en los últimos cinco decenios, a la naturaleza. En muchos otros ejemplos, como son los de Estados Unidos y el Reino Unido, los recursos naturales juegan un papel menor en la generación de la renta y la riqueza nacional.

¿Cuál es la diferencia entonces?

Las naciones más avanzadas se distinguen por sistemas nacionales de innovación tecnológica robustos, surgidos de un gran y sostenido respaldo a la educación.  No resulta extraño, por tanto, que países ricos en recursos naturales, como los Estados Unidos y Rusia, tengan desde hace tiempo una clara y determinada apuesta a la preeminencia sostenible del capital humano en su crecimiento económico y bienestar, además de considerarlo pivote de primer orden del formidable poder militar que ostentan.  De este modo, cuando el capital humano se incorpora como factor dinámico del crecimiento y la prosperidad, los recursos naturales terminan jugando un rol insignificante.

En el caso dominicano, como en muchos otros ejemplos documentados, la relativa abundancia de recursos naturales y el subsecuente fortalecimiento del sector primario, afectaron negativamente los incentivos privados y públicos para acumular capital humano. Una de las razones fue el alto nivel de ingresos no salariales resultantes (dividendos, regalías, participación accionaria, el inmenso “gasto populista” improductivo, los impuestos bajos, considerables ingresos por exportaciones de productos primarios en general).

Nuestro acomodamiento a los altos niveles de renta primaria durante toda una época económica, y la misma naturaleza anti-conocimiento del modelo sentado en ella, determinó no solo la subestimación del factor educación a largo plazo, sino también su forzoso olvido en la agenda pública y en el interés del capital industrial.

¿Por qué las enormes ganancias resultantes del aprovechamiento de los recursos naturales desde finales de los años sesenta no apoyaron el gasto en educación y atendieron de manera productiva las necesidades de una población creciente que pululaba en los alrededores del crecimiento económico?

Podemos avanzar, en calidad de hipótesis meramente perceptiva, que la cultura rentista e inmediatista del sector industrial y el afianzamiento de un sistema estatal clientelista renuente al compromiso con una visión de desarrollo de largo plazo e inclinado a lucrativos negocios personales, determinaron un perfil productivo nacional que privilegia los sobrecostos y las ganancias extraordinarias cortoplacistas. Esas características están determinando su desaparición como sector nacional solidificado y de fácil identificación.

Los referidos comportamientos regresivos minaron y sepultaron del lado público “el atrevimiento innovador”, lo cual explica un sistema educativo desfasado, de muy mala calidad, con nulo potencial adaptativo y desvinculado totalmente de las necesidades del sector productivo nacional que, por lo demás, sigue interesado en mano de obra de bajísimos o nulos niveles de instrucción general.

En nuestro caso particular, los recursos naturales debieron financiar un sistema productivo verdaderamente competitivo, que, como hemos reiterado en varias entregas, priorizara la tecnología y el conocimiento. El resultado ha sido otro: los abundantes recursos naturales no motorizaron la transformación industrial deseada, ni muchos menos una distinción dinámica en la economía internacional, si bien su aprovechamiento parece guardar un nexo positivo con el crecimiento real del PIB. Más aun, ni siquiera pudimos consolidar un sistema primario de alto nivel capaz de generar rentas sustantivas con la garantía de destinarlas a fortalecer el valor infalible del conocimiento, así como nichos económicos concretos con potencial competitivo.

Obviamente, los nefastos comportamientos descritos fueron posibles y se explican en gran medida por un manejo institucional altamente ineficiente, plagado de corrupción y prácticas ilegales: en realidad uno de los más importantes focos de la llamada “maldición de los recursos naturales”.

En resumen, si bien el sector primario ha propiciado el crecimiento económico, no menos cierto es que al mismo tiempo restó importancia al afianzamiento de un sector secundario dinámico y competitivo, es decir, minimizó de hecho el rol crucial de la tecnología como cristalización productiva de conocimientos útiles.  En el medio tuvimos una institucionalidad pública corroída y condicionada por la corrupción y dominada por la falsa sensación de impunidad. Por lo demás, la corrupción administrativa, como sistema soterrado de “alta organización y eficiencia”, igualmente resta importantes recursos a la educación y, por tanto, a la competitividad de la economía.

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