¿Ahora sí vamos a construir el socialismo?

En 1987, el periódico Granma, «órgano oficial del Partido Comunista de Cuba» publicó en la primera página, en grandes tipos rojos, el siguiente titular: «¡Ahora sí vamos a construir el socialismo!».

La frase recogía, ni más ni menos, el mensaje central del discurso pronunciado el día antes por el entonces líder absoluto del partido, del gobierno ‒de la revolución‒ en el acto político que conmemoraba el vigésimo noveno aniversario de su arribo al poder.

Muchos cubanos, sorprendidos, se preguntaron entonces qué rayos habían estado construyendo hasta ese momento. Los vientos de cambio en los países de Europa del Este ganaban en intensidad, la «Perestroika» lanzada por los líderes soviéticos removía las tapas que ocultaban las imperfecciones, desatinos y atrocidades que habían plagado durante décadas el «socialismo real», y los modelos impuestos en los «países hermanos del campo socialista» empezaban a tambalearse.

Sin embargo, esta afirmación de Fidel Castro, siempre acertado al acuñar frases claves para el sistema de propaganda gubernamental, que en el fondo presagiaba para la isla caribeña un recrudecimiento del autoritarismo y muchas de las fallas denunciadas en la concepción, estructura y dirección de la política de las naciones del bloque, no fueron recibidas por la población como un signo de endurecimiento de un sistema totalitario, sino que atrapados en su buena fe, los cubanos sintieron que se acercaba el momento en que Cuba emprendería un modelo propio de desarrollo social, económico y político en mayor consonancia con su historia como nación, con las ideas de José Martí, e incluso, que retomara los postulados del «Programa del Moncada» del propio Fidel Castro, y como un país independiente de América Latina.

En pocos años, el Muro de Berlín se vino abajo, la Unión Soviética se extinguió, y uno a uno el resto de los países del Este europeo adoptaron otras vías, más o menos democráticas, pero aprobadas en elecciones abiertas a la participación de sus ciudadanos.

Desde entonces han pasado otros 23 años. En Cuba, el partido gobernante es el mismo. Su galería de «cuadros» principales ‒con excepción del líder máximo, a quien en una alocución también durante los años 80 se le escapó el concepto absolutista de que «Yo soy la Patria, la Revolución y el Socialismo», hoy ausente por problemas biológicos‒ exhibe muchos rostros que acusan el paso de largas y agitadas décadas tras 52 años en el poder.

Pero lo verdaderamente importante, creo, no es la edad biológica de los dirigentes, sino los años de responsabilidad compartida, de complicidad, en un supuesto proyecto que contó durante una gran parte del «proceso» con el concurso de la mayoría del pueblo cubano y el respaldo de muchas personas honestas en todo el mundo, en lo que a todas luces ha constituido un rotundo fracaso político, económico y social; en una estafa.

Ahora, tras los resultados expuestos del congreso del PCC, no es que la consigna sea otra, una nueva, sino que se promueve en un contexto histórico en el cual, si bien es diferente a todas luces, los mismos dirigentes autoproclamados durante más de cinco décadas, tratan de acomodarla a sus intereses de perpetuarse ellos y su claque en el poder todo el tiempo que puedan. «Hemos cometido errores», dicen; «tenemos que hacer cambios»; los necesarios, sí, para mantener lo fundamental del «modelo cubano».

Proponen una especie de «socialismo» en el cual desaparecen subsidios y se recortan ventajas sociales establecidas por ellos mismos, que de repente son consideradas negativas, por «paternalistas». Y completando el adefesio, un capitalismo sin garantías, plagado de impuestos, con reglas de juego trucadas para los «trabajadores por cuenta propia» en sectores de poco peso económico, que más que resolver los problemas del desempleo y dinamizar la economía servirán como espacio de entretenimiento. Allegro, ma non tropo.

Quienes se presentan como los nuevos paladines de la salvación del país, siempre hostigado, son harto conocidos. Tienen en sus manos los medios, los recursos, un sistema perfectamente montado para continuar blandiendo el protagonismo que mantienen, impuesto a una población encerrada bajo capas de censura y represión concebidas de manera efectiva, hasta ahora.

Estos amarres les permiten promover como grandes soluciones económicas para salvar al país cambios superfluos y contradictorios en el plano económico, y hasta asumir ciertos aires de permisibilidad de elementos menos tradicionales en el esquema, incluso, un cierto nivel de oposición, por demás, muy difícil de no ser tomado en cuenta. En eso confían.

Y cuentan igualmente con que la comunidad internacional guardará una distancia prudente ‒la que le conviene al régimen‒, con excepción del siempre presente «imperio» y su pertinaz «bloqueo»: una carta de éxito en su papel de víctima­; en realidad, de un embargo parcial, cuya vigencia el liderazgo oficial cubano siempre se ha esforzado en estimular, hipócritamente, a pesar de las denuncias y acusaciones imprescindibles en su programa de propaganda interna e internacional.

La pregunta que ahora, más que por curiosidad busca una respuesta que se base, fundamentalmente, en principios éticos, y que dejo abierta a los señores que hoy prometen ‒además‒ que no se extenderán en sus cargos más allá de otros posibles diez años es: ¿Y qué se va a construir ahora en Cuba?

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