Armando Almánzar fue tan abanderado del cine comercial al vapor criollo como lo fue Pol Pot de la tolerancia ideológica y religiosa en Camboya. Artículos de opinión en la prensa local y osamentas en tumbas comunes son pruebas irrefragables de lo contrario.
Armando era un abanderado de la originalidad y la calidad en todas las facetas de una producción cinematográfica, mejor dicho, del intento de crear una obra de arte. Producción es línea de ensamblaje, cortar, limpiar y empacar las pechugas como la piden los restaurantes de comida rápida. Eso funciona para esos bienes que van a saciar necesidad urgente y primaria como el Plato del Día. No concebía ese modelo industrial para ofrecer a las masas películas para disfrutar horas de ocio. Aspiraba para todo público un menú de platos gourmet. Podía dar decenas de ejemplos de buen cine hecho con presupuestos altos, medios y exiguos. De ahí su amarga crítica al cine comercial, simplón, repetitivo y alienante de los magnates de Hollywood.
El DominicanWood engendrado por la Ley de Cine se caracteriza por ese modelo que despreciaba. No hacía concesiones a películas malas porque fueran de producción nacional. Daba espaldarazos entusiastas a las excepciones donde la calidad hacia presencia: en los raros casos era así para la película en su conjunto o cuando sólo alcanzaba una faceta del incordio tenía que ver hasta el final por consideración a sus lectores.
Sus últimos años tuvieron que ser de espanto viendo un país pobre cubriendo la factura de todo proyecto cocinado en microondas para aprovechar ventajas fiscales. Al cine se puede destinar un porcentaje excesivamente generoso del impuesto sobre la renta de las empresas, basado en proyectos que aprueba la Ley de Cine “hasta agotar existencia” del monto aprobado en el Presupuesto Público. De ahí la intensidad de la zafra y cabildeos para capturar la mayor parte de la cuota de fondos públicos por parte de aquellos que, en afán de confundir al público, hablan de que “apuestan” o “invierten” en el cine nacional.
Este afán de mecenazgo desbordado ya levanta sospechas de funcionarios y técnicos recaudadores. Eso también debe motivar a una modificación de la ley que saque a los empresarios de un papel protagónico no les corresponde. Hay que quitar la exención impositiva los tiene respirando en la nuca de DGCINE para que sean sus proyectos los escogidos. El mecanismo apropiado debe ser de transferencia directas del Presupuesto al financiamiento de una parte de proyectos ganadores, en concurso donde se participa con pseudónimo y diseñado con requisitos repelen la mediocridad. La selección, por supuesto, a cargo de un jurado de personas con la capacidad, ética e independencia demostró en vida Armando Almánzar.
Así se debería honrar su memoria. Toca a sus familiares proteger el legado de este bravo crítico de quienes ahora buscarán convertirlo en eunuco porrista de prensa rosa del cine con que en vida no simpatizó.